New York (Skyline 2) capítulo 10 #2
20%

capítulo 10 #2

Bueno… Curly tenía una excusa perfecta: la estupidez de la juventud. Ese fantasma que se apodera de tu espíritu y no te suelta durante una década entera, obligándote a hacer cosas de las que, en circunstancias normales, te avergonzarías hasta el final de tus días.

Negué con la cabeza, todavía algo aturdido. No entendía absolutamente nada. Pero de una cosa sí estaba seguro: si en ese momento alguien me hubiera pinchado para sacarme sangre, no habría salido ni una gota.

¡Se acabó!

La situación empezaba a rozar lo surrealista.

Apagué la radio de un manotazo y detuve el Audi en cuanto encontré un claro junto a la carretera.

—Pero ¿qué haces? —protestó, desconcertada—. ¡Me encanta esta canción! Vuelve a ponerla.

En menos que canta un gallo se incorporó desde el asiento trasero y empezó a avanzar hacia la parte delantera a gatas. Apoyó las palmas sobre el respaldo y estiró el brazo para alcanzar el botón de la radio.

Chasqueé la lengua.

—Ni de puta coña, pelirroja…

Por desgracia para ella, esta vez fui más rápido. A medio camino le atrapé las muñecas y se las sujeté con firmeza, como si mis dedos fueran unas esposas.

—Ni se te ocurra encender la radio —sentencié, arqueando una ceja.

—¡Suéltame, Tyler!

—¿Prometes quedarte quietecita?

Nos quedamos mirándonos, en silencio y sin apartar los ojos el uno del otro. Estábamos tan cerca que la proximidad, unida al olor de su piel, me golpeó los sentidos sin piedad. Joder. Olía increíble. Dulce… con un toque cítrico. Una mezcla atrevida, peligrosa. Exactamente como ella.

Desde aquella distancia, sus facciones resultaban aún más hipnóticas: el óvalo suave de sus mejillas, la curva de sus pestañas rizadas, esos ojos felinos de un azul imposible.

Maldita sea.

Seguro que ardería en el infierno por pensar lo que estaba pensando en ese instante.

Por imaginar cómo sería morder esos labios carnosos que parecían diseñados para hacer pecar a cualquiera una y otra vez.

Pero dejemos algo claro. Eso jamás iba a suceder.

No sería ni el primer ni el último hombre sobre la faz de la Tierra capaz de darle la espalda a la tentación… y seguir adelante como si nada.

Tragué saliva. La nuez subió y bajó por mi garganta con torpeza.

—Relájate, ¿vale? El estrés no beneficia al cutis… ni a las arrugas. Esas que ya empiezan a marcársete en la frente —sonrió de medio lado, con una picardía casi insolente.

Y yo me derretí un poco más.

Habría puesto la mano en el fuego y no me habría quemado: estaba seguro de que se había dado cuenta.

En las distancias cortas mi mirada siempre resultaba demasiado transparente.

Ese viejo tópico de que los ojos son el espejo del alma, en mi caso, daba en el clavo.

Era un pésimo comediante. Y me jugaba el pescuezo a que también había percibido lo mucho que me atraía.

Tanto, que a veces me hacía perder los papeles.

Porque Curly estaba terminantemente prohibida.

Un treintañero y una jovencita. A ojos de cualquiera aquello rozaba la depravación: algo fuera de las reglas, condenado de antemano a no tener futuro.

Su media sonrisa lo confirmó.

Curly sabía perfectamente cuánto me alteraba su cercanía. Sabía, y eso era lo peor, que estar a su lado me encendía por dentro como ninguna otra mujer lo había hecho antes. Por más que intentara controlarme, era inútil. ¡Me atraía de forma insultante!

En resumen: estaba experimentando un deseo sexual peligrosamente intenso hacia la pelirroja. O, dicho en términos menos elegantes, que las muy cabronas de mis feromonas, dopamina, oxitocina y testosterona estaban haciendo horas extra.

Osada y revoltosa como siempre, se inclinó hacia mi oído en un gesto muy peligro e íntimo.

—¿Me devuelves la mano, Tyler Lewis?

Lo susurró despacio. Su aliento cálido rozó el lóbulo de mi oreja y ese contacto, mínimo y casi imperceptible, me recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica. Un escalofrío descendió por mi cuello, atravesó el pecho, el vientre… y se perdió bajo el cinturón del pantalón.

Hostias.

Un latigazo punzante me tensó la entrepierna. Si seguía provocándome de esa manera, iba a perder los papeles. Y entonces ya no sería responsable de nada. Estar tan cerca de ella era jugar con dinamita.

Cuando se apartó apenas unos centímetros, mis ojos se quedaron clavados en su boca. Sus labios tenían el color y la textura de una fresa madura, de esas que explotan en la boca cuando las muerdes. Solo imaginarlo casi me provoca un paro cardiorrespiratorio.

El corazón empezó a galopar en mi pecho como un caballo salvaje y mis manos, las que aún sujetaban sus muñecas, comenzaron a sudar. Aquella atracción no era racional. Y no debería estar ocurriendo.

No.

No debía pasar.

No estaba bien.

No debía pensar lo que estaba pensando… ni sentir lo que estaba sintiendo. Así que tomé una decisión.

—¿Vas a seguir tocándome los cojones? —mascullé con mala leche—. Porque últimamente parece que te hayas sacado un máster en llevarme al límite.

Seguí en mi línea: borde hasta decir basta. Era mi mejor defensa. Aunque ella, sin hacer el menor esfuerzo, había conseguido levantarme otra cosa.

—Uy, uy, uy… —canturreó—. No seas malhablado, Tyler. No te pega nada.

Tragué saliva otra vez.

Si seguía tan cerca de mi boca, corría el serio riesgo de sufrir un brote de enajenación mental transitoria y abalanzarme sobre ella como un halcón sobre su presa.

Por mi propio bien, cerré los ojos un instante y me dije a mí mismo: «Respira y ten la cabeza fría».

Tenía que mantener a raya las ganas que le tenía a la pelirroja.

Al fin y al cabo, de los dos, yo era el adulto.

El que debía tener más cabeza. El que debía poner fin a aquello.

El que debía dar ejemplo. Salvo por un pequeño detalle.

Yo no estaba hecho de hierro. Estaba hecho de carne, huesos… y demasiadas sensaciones.

—Si te suelto, no hagas que me arrepienta —advertí.

—Prueba —me retó.

Nuestras miradas chocaron.

Curly alzó una ceja rojiza y respiró hondo. Entonces, poco a poco aflojé la presión de mis dedos y liberé sus muñecas.

—¿Ves? —me guiñó un ojo con descaro—. Cuando quiero, puedo comportarme como una persona normal.

Era evidente que a Curly le encantaba jugar con fuego. Y lo hacía sin miedo a quemarse. Lo que no sabía era que había dado con la horma de su zapato. Yo no estaba dispuesto a perder. Ni siquiera a las canicas.

—Así me gusta —aseveré—. Buena nena. Ahora quietecita en el asiento de atrás.

—Sí, señor…

Se apartó el pelo hacia un lado y volvió a acomodarse detrás de mí.

—Ahora que parece que ya nos hemos relajado —continué—, va siendo hora de que me expliques por qué narices te has escondido en mi coche como una delincuente.

Arrugó la nariz.

—Quiero que hagas algo por mí.

—No acostumbro a ir regalando favores.

—Ni yo tampoco —replicó—. Pero deberías esperar a oírlo antes de negarte.

La miré entrecerrando los ojos. Olía a gato encerrado a millas.

—Ve al grano, Curly.

Se mordisqueó la uña del meñique.

—He quedado con Úrsula para preparar un trabajo de clase.

Sonó tan poco convincente que casi me dio la risa.

—Ni hablar —corté en seco—. Ahora mismo doy media vuelta, volvemos por donde hemos venido y te dejo en tu casa antes de que…

—Solo serán unas horas, te lo prometo —me interrumpió juntando las manos—. A las doce vuelvo. Sin protestas.

—¿Qué te crees, Cenicienta ?

—No me creo nada… no me jodas —replicó, fulminándome con la mirada—. Es la hora a la que mis padres ya están sobando. Así puedo entrar en casa sin que me pillen.

—¿Y no has pensado que la mejor manera de que no te pillen es no hacer nada?

Puso los ojos en blanco. Luego cruzó los brazos bajo el pecho.

—Sí, claro. Me porto bien como una monjita de clausura, me encierro en casa para siempre y dejo caer mi pelo por la ventana como Rapunzel… a ver si sube algún príncipe y me echa un quiqui de vez en cuando.

No respondí.

La observé en silencio.

Para mí el sexo era algo importante. Fundamental, incluso.

Pero siempre me había sorprendido lo natural que le resultaba a la pelirroja hablar de ello, como si fuera tan cotidiano como respirar.

Aquello despertaba en mí dos reacciones contradictorias: rechazo… y una atracción peligrosamente intensa.

—Bueno —dijo al cabo de un momento—. ¿Me vas a llevar o qué?

Lo preguntó con una despreocupación insultante, como si diera por hecho que acabaría cediendo.

Me pasé una mano por el pelo, comprando unos segundos de tiempo.

—No suelo ceder a los caprichos de los niños.

—No, claro, abuelete. Haces bien.

Con ella las discusiones podían durar horas. Así que opté por lo práctico. Cuanto antes acabara aquello, antes estaría de vuelta en mi apartamento disfrutando de mi bendita soledad.

—Bueno… ¿qué?

Levantó las cejas, expectante. La hice esperar unos segundos más. Y entonces, como siempre, terminé sucumbiendo a todos sus caprichos.

—Está bien. Tú ganas. Te llevo, te recojo y te devuelvo a casa a las doce.

—Cojonudo.

Sonrió.

Una sonrisa luminosa que dejó al descubierto una hilera perfecta de dientes. Yo, en cambio, sonreí con cierta rigidez. Porque, por alguna razón, ya empezaba a arrepentirme.

Y todavía no sabía de qué.