capítulo 10
TYLER LEWIS
Lo que empezó como un juego
Cada vez se me hacía más cuesta arriba estar cerca de Curly. Su sola presencia me alteraba y no siempre para bien. El olor de su piel me aturdía hasta el punto de perder cualquier capacidad de razonar con lógica.
Me debatía conmigo mismo frente al espejo, preguntándome si lo que me pasaba con esa cría era un simple calentón… o algo mucho peor. Las dos opciones me escandalizaban por igual.
No era propio de mí sentir lo que estaba sintiendo.
Yo nunca había permitido que mis emociones fluyeran sin control, sin límites.
Y ahora, de repente, aquello estaba ocurriendo con ella.
Maldita sea. Yo rebasaba ya los treinta, treinta y dos, para ser exactos.
Siempre había actuado con la cabeza fría y midiendo cada paso.
No era de los que avanzaban a ciegas. Y, sin embargo, allí estaba.
Enfadado conmigo mismo. Porque nadie tenía la culpa de aquello salvo yo.
Yo era el único responsable de estar permitiendo que ese capricho, porque debía de ser solo un capricho, creciera poco a poco dentro de mí.
Apoyé las palmas de las manos en la pica del lavabo, dejando caer el peso del cuerpo sobre la loza mientras sostenía mi reflejo en el espejo. El tipo que me devolvía la mirada parecía un desconocido.
Abrí el grifo y dejé correr el agua fría.
Me mojé la nuca y noté cómo los remolinos de mi pelo se humedecían.
Volví a levantar la vista y seguía sin reconocerme.
Tenía la boca seca. Bebí un trago de agua, pero no bastó para calmar la sed que llevaba dentro.
Porque la sensación persistía. Y la única capaz de saciarla era la pelirroja.
Arranqué la toalla de mano de la barra y me cubrí la cara con ella, cerrando los ojos. Inspiré hondo entre las fibras ásperas del tejido. Tenía que acabar con aquello. Antes de que empezara de verdad. O tal vez ya había empezado.
Sacudí la cabeza varias veces. Necesitaba salir de allí. Respirar aire fresco. Sentía que me estaba asfixiando. Quizá un cigarrillo me ayudaría… o una copa. Cualquier cosa que lograra sacar de mi cabeza esos ojos azules como el cielo de primavera y ese maldito pelo rojo, brillante como una hoguera.
Salí del baño y bajé las escaleras con la intención de dirigirme al jardín, hacia las caballerizas. Era el único lugar de la finca donde podía estar solo conmigo mismo. Pero antes de llegar escuché una melodía.
Un piano.
La música provenía del fondo del pasillo de la planta baja. La puerta estaba entreabierta. Algo extraño, porque normalmente permanecía cerrada con llave. La curiosidad me arrastró hacia allí.
A cada paso que daba, la música se hacía más clara. Más tarde supe que aquella pieza formaba parte de un ballet: El piano de la primera bailarina .
Sabía que Curly se dejaba la piel en esas clases. Yo la esperaba a menudo a la salida de la academia. Pero nunca imaginé que en su tiempo libre también entrenara de esa manera.
Me apoyé en el quicio de la puerta, con las manos en los bolsillos y la vi.
El suelo de parqué brillaba bajo la luz.
Las barras de ensayo recorrían la sala. Los espejos cubrían todas las paredes.
Curly danzaba en medio de la estancia. Llevaba un maillot gris claro ajustado a su silueta y una falda cruzada de gasa rosa que giraba con cada movimiento.
Se elevaba sobre las pointe shoe como si el peso del mundo no existiera.
Giraba sobre sí misma con una precisión perfecta.
Como si aquello fuera lo más sencillo del mundo.
Y aunque supiera que estaba mal espiarla sin que ella lo supiera, me resultó imposible apartarme de allí. Me quedé clavado en el sitio.
Hipnotizado.
Hechizado.
Su elegancia era algo casi sobrenatural.
Cada gesto, cada giro, cada extensión del cuerpo transmitía una emoción distinta.
No exageraría si dijera que me dejó completamente enajenado.
Parecía otra persona. Frágil y fuerte al mismo tiempo.
Delicada y poderosa. Hermosa de una forma casi dolorosa.
Un ángel. Un puto ángel caído del cielo que estaba a punto de alzar el vuelo.
Por un instante juraría que pude imaginar unas alas desplegándose a su espalda, como las de una mariposa morpho, azules y brillantes.
Verla bailar era… felicidad. Un golpe de emociones que estallaban dentro del pecho y se expandían por todo mi cuerpo: cabeza, brazos, estómago, sangre. Corazón. Su cuerpo gritaba libertad. Como si quisiera escapar de todo. Como si solo tratara de transmitir una única cosa: soledad.
Sentí un nudo en el pecho.
Curly acababa de desnudar su alma delante de mí… sin saber que yo estaba allí y entonces ocurrió. Algo dentro de mí se abrió paso desde lo más profundo de mis entrañas. Algo que me desgarró por dentro. Una necesidad brutal de protegerla. De cuidarla. De comprenderla.
De repente dejó de girar y se detuvo. La falda cayó sobre sus piernas y nuestros ojos se encontraron a través de la distancia.
Saltaba a la vista que no esperaba encontrarme allí.
La música terminó. El silencio se derrumbó sobre la sala.
Solo se oían sus jadeos tras el esfuerzo…
y mi corazón golpeando el pecho como un tambor.
Nos invadió una incomodidad espesa. Me había pillado, pero no dijo nada ni yo tampoco. Por primera vez ninguno atacó ni se defendió. Curly apagó el reproductor de música. Se secó el sudor de la frente y el cuello con una toalla. Se puso una chaquetilla negra ligera que cubría sus brazos.
Apagó las luces. Y salió, no sin antes pasar por mi lado sin mirarme.
Como si yo no existiera. Como si fuera invisible.
Yo seguí inmóvil, clavado en el mismo lugar.
Sintiendo cómo un peso enorme se asentaba en mi pecho, aplastándome las costillas una a una.
Recuerdo haber susurrado su nombre. Para disculparme.
Pero ella ya no estaba allí. Nunca me había sentido tan pequeño.
Bueno… mentía. Solo había habido otro día.
Un día que jamás olvidaría: el 11 de abril de 1983.
Subí de nuevo a la segunda planta. Entré en el pequeño cuarto que Vera utilizaba como vestuario, almacén de limpieza y zona de planchado.
Cerré el pestillo. Saqué una cerveza de la pequeña nevera que había escondido tras unas cajas (una compra que nunca tuvo el visto bueno de los Evans) y me encendí un cigarrillo.
En aquella casa todo estaba prohibido. El tabaco no iba a ser una excepción.
Me dejé caer al suelo con la espalda contra la pared.
Doblé las piernas y utilicé un papel arrugado como cenicero improvisado.
La última calada del primer cigarro me supo a poco.
Encendí el segundo con la colilla del primero.
Me froté la frente y dejé caer la cabeza hacia atrás.
Cerré los ojos, intentando tranquilizarme.
Cuando volví a abrirlos, miré el reloj. Faltaban pocos minutos para terminar mi jornada en casa de los Evans.
Después podría regresar a mi apartamento, en el barrio de Broome. Mi escondite.
Hacía casi diez años que me había independizado de mis padres. Un paso que me vendí a mí mismo como crecimiento personal, responsabilidad, búsqueda interior…
Pura mierda existencialista.
Porque la verdad era otra. Hacía mucho tiempo que el hormigón alrededor de mis pies se había secado. Solidificado. Y yo seguía allí. Clavado. Anclado para siempre en el mismo punto. Aferrado a un pasado que no me soltaba.
9:17 p.m.
Los faros del coche rasgaban el camino adoquinado y la espesa arboleda que lo flanqueaba, escoltándome hasta la carretera pavimentada de la urbanización. El enrejado metálico se cerró a mi espalda con un chirrido seco y, unos metros más adelante, apareció una pequeña plazoleta.
Giré el volante a la derecha y, al tomar la segunda salida, pisé el acelerador y metí tercera.
Crazy , de Seal, empezó a sonar en cuanto encendí la radio. La canción invadió cada rincón del interior de mi Audi Sport negro de cinco cilindros, como si el coche entero respirara al ritmo de la música.
Entonces ocurrió.
Curly apareció de la nada.
Salió de su escondite en el asiento trasero y se dejó caer con toda la tranquilidad del mundo, como si aquello fuese lo más normal del planeta. Acto seguido empezó a tararear, en voz alta, el estribillo:
— But we’re never gonna survive unless we get a little crazy… No, we’re never gonna survive unless we are a little crazy…
Del sobresalto, clavé el freno.
El coche dio un pequeño bandazo y tuve que corregir el volante para mantenerlo en la calzada. Lo correcto, en una situación así, habría sido reducir la velocidad con varios toques suaves al freno, no con uno brutal. Pero el susto había sido demasiado repentino.
Aun así, logré mantener el control.
—¡¿Qué coño estás haciendo aquí, Curly?! —le espeté, con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera escapar por la boca.
La observé por el rabillo del ojo, procurando no apartar demasiado la atención de la carretera.
—Mira tú por dónde… —respondió con sorna—. Con qué facilidad vuelves a tutearme. Ya veo, ya… Me he dado cuenta de que suele pasarte cuando te dan esos arranques de esquizofrenia tuyos.
—¡Responde, maldita sea! —gruñí, sabiendo que aquello solo echaría más gasolina al fuego—. Curly, habla.
—Cuando te tranquilices, Tyler. No pienso ser responsable de que te dé un jamacuco por estar tan alterado. Mírate… tienes las venitas de la sien a punto de reventar.
Le lancé una mirada asesina a través del retrovisor pero ella ni se inmutó, solo se mordió el labio para contener la risa y siguió canturreando la maldita canción como si nada de lo que hacía provocara consecuencias. Que, por lo general, solían ser desastrosas.
—¡Buuuuum!
Lo soltó de repente.
«¿Pero a esta niña se le ha ido la pinza o qué?», pensé.
¿A santo de qué se le había ocurrido colarse en mi coche, esconderse en el asiento trasero y escaparse de casa a esas horas?