New York (Skyline 2) capítulo 9 #2
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capítulo 9 #2

—Quita, quita… —le aparté la mano sin contemplaciones y negué con la cabeza—. Ni de coña pienso tomarme eso y acabar acostándome contigo.

—¿Y quién te ha dicho que yo quiera? —respondió, tan tranquila.

La miré como si acabara de salirle un pene en mitad de la frente y estuviera escupiendo fuego por la boca.

Y no, mi reacción no era exagerada. Porque en más de una ocasión, estando las dos a solas, Úrsula había dejado caer que, aunque era heterosexual, a veces ciertas mujeres le llamaban la atención.

Y, casualmente, en su lista de «quizás»… aparecía yo.

—¿Entonces? —arqueé una ceja.

—Entonces, nada… —se encogió de hombros.

Guardó las pastillas en una pequeña cajita metálica y la deslizó dentro del bolsillo interior de su mochila.

—…las probaremos esta noche.

—¿Esta noche?

Sonrió. De esa forma suya que siempre significaba problemas.

—En una mega fiesta.

—¿Esta noche? ¿Te has vuelto loca? ¡Es miércoles!

—Sí, ya sé que es miércoles.

Puso los ojos en blanco ante la obviedad.

—Pues entonces sabrás perfectamente que, aunque me muera de ganas, no podré ir. Entre semana no me dejan salir. Me encierran en la celda de mi maravilloso palacio de cristal y tiran la llave, no vaya a ser que la princesita se contamine con el mundo real.

Empezamos a caminar en paralelo por el pasillo en dirección a nuestra aula, la tercera puerta a la izquierda.

Úrsula era más baja que yo, morena de piel y de pelo, con unos ojos oscuros y rasgados que siempre parecían estar evaluándolo todo.

Tenía un rostro bonito, afilado, y algo que siempre me llamaba la atención: olía exactamente igual todos los días.

El mismo perfume desde hacía años. A eso se le llama fidelidad.

A medio camino nos detuvimos frente a nuestros casilleros, alineados a ambos lados del pasillo como soldados metálicos. Abrimos las puertas para dejar las mochilas y coger solo lo imprescindible para la clase.

—No me cabe ninguna duda de que vas a darle vueltas al coco —murmuró mientras rebuscaba entre sus cosas—. A esa cabecita loca llena de rizos pelirrojos… y que te las vas a ingeniar de putísima madre para no dejarme sola esta noche rodeada de decenas de tíos buenorros.

Giró la cabeza para mirarme y sonrió de lado, pícara. Demasiado pícara. El plan era demasiado tentador como para descartarlo sin más. Ya encontraría la forma de escabullirme. Siempre lo hacía.

La conversación murió ahí mismo. Ni ella volvió a mencionar la fiesta ni yo las pastillas.

Como si ambas hubiéramos decidido dejar el tema flotando en el aire, en pausa.

Ni en el almuerzo, ni entre clase y clase, ni siquiera durante la academia de ballet.

Todo quedó suspendido, como si alguien hubiese pulsado el botón de stand by .

A media tarde, después del entrenamiento, cuando el sudor aún perlaba mi piel y el corazón seguía latiendo rápido por el esfuerzo, me desnudé en el vestuario, me calcé las chanclas y caminé hacia las duchas.

El agua fría cayendo sobre mi cuerpo era lo único capaz de recomponerme después de una sesión de ballet.

Una especie de recompensa silenciosa al castigo que suponía cada ensayo.

Solía ser de las primeras en meterme bajo la alcachofa…

y también de las últimas en abandonar los baños.

Úrsula solía hacer lo mismo. Excepto ese día.

Por algún motivo que desconocía, había desaparecido antes de tiempo.

Me sequé con la toalla, me extendí crema hidratante por todo el cuerpo, me desenredé el pelo con paciencia y después eliminé la humedad y lo sequé. Cuando estaba a punto de colgarme la mochila al hombro, cerrar la taquilla y marcharme del centro, Úrsula apareció de la nada.

Y casi me mata del susto.

—¡Cacho perra! —me llevé la mano al pecho—. Joder… casi me da un infarto.

Aproveché que estaba delante para observarla mejor. Algo no iba bien. Estaba pálida. Muy pálida. Demasiado.

—¿Te encuentras bien? —fruncí el ceño—. Pareces mareada.

Dejé la mochila en el suelo, apoyada contra la pared, y le puse la mano en la frente.

—Ehm… sí, sí… Curly… —tartamudeó—. Creo que me ha dado una bajada de azúcar o alguna mierda así…

La agarré del brazo y la conduje hasta el banco sin darle tiempo a protestar.

—Siéntate.

—Estoy bien, Curly. De verdad…

—Que te sientes —insistí, cabezota, empujándola suavemente por los hombros—. No tienes buena cara.

—Ya te lo he dicho, no me estás escuchando… Me ha dado una bajada de glucosa.

—¡No me tomes por tonta! Que yo sepa, no eres diabética.

Esta vez me permití observarla con calma. Demasiada calma. Tenía un aspecto apagado que no le había visto nunca. Y no era por nada, pero después de tantos años haciendo ballet juntas y de tantas duchas compartidas, conocía su cuerpo casi tan bien como el mío. Sabía cuándo algo iba mal.

Sin previo aviso, le agarré la muñeca y coloqué los dedos índice y corazón en la parte interna para tomarle el pulso.

Su piel estaba fría. Y el latido… demasiado débil. Conté unos segundos y solté su brazo con un chasquido de lengua.

—Sé sincera conmigo —le clavé una mirada inquisitiva—. ¿Te has metido algo?

—¡Nooo! ¡Qué va! —torció la boca, ofendida—. Joder, Curly… Te dije que lo reservaba para esta noche. Que lo probaríamos tú y yo esta noche.

—Vale, vale… —fruncí el ceño—. Pero ¿y otra mierda? ¿Te has metido otra mierda?

Negó con la cabeza.

No sabía si me decía la verdad o me estaba tomando por imbécil, pero decidí dejarlo correr.

Al cabo de unos minutos parecía encontrarse mejor.

El color regresaba poco a poco a sus mejillas y sus ojos recuperaban ese brillo travieso de siempre como si no hubiese pasado nada; como si el susto hubiese sido cosa mía.

—Vamos —miré alrededor. A esas horas el vestuario estaba desierto—. Recoge tus cosas. Mi chófer y yo te llevamos a casa.

Tyler llevaba ya rato esperando fuera. Yo llegaba bastante tarde por culpa del numerito en los vestuarios. En cuanto nos vio aparecer, salió del coche y rodeó el Cadillac con rapidez para abrir las puertas traseras.

—Buenas tardes —dijo aclarándose la garganta mientras sostenía la maneta.

Ni me molesté en devolverle el saludo. Aún estaba lo bastante cabreada como para ignorarlo sin remordimientos.

—Antes de llevarme a casa, acompañaremos a Úrsula a la suya.

Él la miró un segundo. Después asintió.

—No hay problema.

Ayudé a Úrsula a acomodarse en el asiento trasero y le pasé su mochila. Tyler cerró la puerta.

—Deme —murmuró señalando las mochilas con esa voz grave y áspera que tenía, tan masculina que a veces resultaba irritantemente atractiva—. Las pondré en el maletero.

Cuando le entregué las mochilas, nuestras miradas chocaron a menos de medio metro y se apartaron casi al instante.

Como si quemaran. Era imposible no notarlo.

Algo cambiaba en el aire cuando estábamos cerca.

Algo pequeño, casi invisible para cualquiera…

pero tan intenso para nosotros que parecía capaz de detener el mundo durante un segundo.

Descargas eléctricas silenciosas.

Yo sabía que él también lo sentía. Se notaba en su mirada, en sus movimientos ligeramente torpes, en esa incomodidad repentina que aparecía de la nada.

Tyler Lewis era el tipo más seguro de sí mismo que había conocido jamás…

y, aun así, cerca de mí a veces parecía perder el equilibrio.

Y si tenía que ser sincera conmigo misma, saber que yo provocaba eso en él me inflaba el ego de una manera peligrosamente deliciosa.

También me excitaba. Negarlo sería estúpido.

Había demasiada tensión entre nosotros. Demasiada química.

Demasiada electricidad acumulada bajo la piel.

Y lo peor era que ni siquiera sabía cómo llamar a aquello.

Cuando pasó a mi lado, su perfume se mezcló con el olor cálido de su piel y se coló por mis fosas nasales sin pedir permiso. Lo inhalé sin querer, como si fuese una droga.

Maldita sea.

Era una fragancia masculina, limpia… y jodidamente sexy. Dios. Tan absurda como inexplicablemente tranquilizadora. Nunca me había pasado algo así con el olor de un hombre. Pero en esa historia el único culpable tenía nombre y apellidos: Tyler Lewis.

Rodeé el coche por el lado contrario y entré por la otra puerta.

—Joder, Curly… —Úrsula se lanzó hacia mí invadiendo mi espacio—. Es el mismo tipo que el otro día te sacó de la fiesta envuelta en una sábana y cargada como un saco de patatas.

—Sí, es el mismo —murmuré.

Eché un vistazo rápido hacia Tyler, que acababa de cerrar el maletero de un golpe seco y caminaba hacia su puerta.

Entonces caí en la cuenta de algo. Úrsula nunca lo había visto antes.

Por tres razones muy simples: yo siempre salía la última de la academia por quedarme más tiempo en las duchas; por las mañanas solía llegar antes que casi todo el mundo al instituto; y, por supuesto, mi madre tenía terminantemente prohibido que mis amigas pisaran la finca.

Traducción: nadie de mi vida social había puesto jamás un pie en mi casa. ¡Otra de sus ridículas normas!

—Joder, tía… pero si está cañón… —Úrsula miró por la ventanilla buscándolo con los ojos—. Madre de Dios… ¡qué calor!

Se abanicó con la mano.

—Este es de los que te agarran del culo, te levantan con la punta de la polla sin despeinarse y luego te empotran contra la pared.

—No seas exagerada… —protesté, aunque en mi cabeza estuviera pensando exactamente lo mismo—. Y baja la voz, que va a oírte.

Le puse un dedo en los labios justo cuando Tyler se sentaba al volante. Aproveché el golpe de la puerta para inclinarme hacia el oído de Úrsula.

—Puede ser el hombre más sexy del planeta —susurré—, pero si su personalidad no encaja con la mía… puede irse a tomar por el culo.

—Que se vaya a tomar por el culo… —respondió ella sin pestañear—, pero primero que me pete el mío.

Abrí los ojos como platos y le di un manotazo.

—¡Serás guarra!

Intenté actuar con normalidad cuando los ojos de Tyler se cruzaron con los míos en el retrovisor.

No lo conseguí. Sus pupilas estaban tan dilatadas que apenas se distinguía el verde de sus iris.

Me observó en silencio. Durante un segundo tuve la absurda sensación de que me estaba desnudando con la mirada…

o quizá solo era mi imaginación jugando sucio.

Fuera lo que fuera, rompió el contacto visual, arrancó el motor y fijó la vista en la carretera.

Como si nada de aquello hubiera pasado.

Como si ese segundo… nunca hubiera existido.