capítulo 9
CURLY EVANS
Pecados a puerta cerrada
Como cada mañana, antes de ir a clase, observaba el lienzo de corcho que cubría parte de la pared de mi habitación.
Estaba salpicado de instantáneas Polaroid y, desde hacía unos días, también ocupaba una de las esquinas un trozo de papel manuscrito que debía memorizar.
Se trataba de las siete rigurosas normas de oro para conquistar el mundo, según Susan Elisabeth Andrews. Es decir: mi madre.
Perfección Disciplina Autocontrol Carácter Pasión Compromiso Competitividad
Era obvio que no hacía falta añadir que vivía obsesionada en su propio mundo y que, además, pretendía que los demás fuésemos partícipes de su particular enajenación de la realidad.
Siendo más específica, desde que nací trató de que fuese un apéndice más de su anatomía.
No una persona independiente, con personalidad propia y autoridad suficiente para tomar mis propias decisiones.
¡No, qué va! Todo lo contrario. Siempre prefirió que fuese una especie de parásito de sí misma y de sus mandatos.
Así había sido siempre. Y asumí que lo seguiría siendo mientras habitara bajo el mismo techo que ella pues no me quedaba otra.
A los tres años empecé ballet, aunque se aconseje empezar a los siete. A los cinco me inicié en el solfeo. A los seis ya tenía clases particulares de francés. Ser bailarina nunca fue una elección. Fue una obligación.
Llegar a ser lo que ella no fue era mi condena.
Hacer realidad sus sueños, no los míos. Cumplir sus metas, no las mías.
Complacerla se convirtió en mi prioridad durante años.
Hasta hace relativamente poco, cuando por fin me di de bruces contra la verdad y desenmascaré la mentira en la que vivía.
Me di cuenta de que estaba viviendo su vida , no la mía.
Sin embargo, y a pesar de aquella imposición desde una edad tan temprana, el ballet clásico (la madre de todas las danzas) acabó incrustándose tan adentro de mí que terminé amándolo.
Sí. Aunque suene a broma de mal gusto. A veces, de tanto comer mierda, al final acabas acostumbrándote al sabor.
«Disciplina, autocontrol, perfección, carácter, pasión, compromiso, competitividad», repetía en mi cabeza como un mantra. «Disciplina, autocontrol, perfección, carácter, pasión, compromiso, competitividad».
Y a eso le añadía: Equilibrio. Alineación corporal.
Fuerza. Flexibilidad. Belleza. Sacrificio.
Control. Tener el control absoluto sobre mi cuerpo era una sensación demasiado poderosa como para ignorarla.
En resumen, ser bailarina era sinónimo de libertad.
Libertad de mente, de cuerpo y de alma. Liberarme de todas las ataduras terrenales que me oprimían el pecho hasta dejarme exhausta y sin aliento.
Era experimentar las sensaciones magnificadas al extremo: la felicidad, el deseo, el amor…
Y después esculpirlas. Hasta hacerlas tuyas.
A diferencia de los últimos días, Tyler Lewis no había abierto la boca salvo para esbozar un escueto: «Buenos días, señorita Evans» mientras me sostenía la puerta para que me acomodara en el asiento trasero del Cadillac DeVille.
Mecánico. Forzado. Como si lo hubiera ensayado delante del espejo antes de salir de casa.
Y después… silencio. Se mantuvo más callado que de costumbre. Casi como una tumba.
—Por lo que veo, hoy estás poco hablador.
De repente nuestros ojos se encontraron a través del espejo retrovisor interior, apenas un segundo. Luego retiró sus ojos verdes de los míos y volvió a mirar al frente. Giró la llave en el contacto y engranó la primera marcha.
—Si no le importa, preferiría mantenerme en silencio durante el trayecto hasta el colegio —contestó, volviendo a tratarme de usted. El usted . Ese «usted» que siempre usaba cuando quería levantar un muro entre los dos.
—Hable ahora… o calle para siempre —solté con retintín, casi más para mí que para él. Pero sabía perfectamente que me había oído. Y también sabía que lo había dicho con mala intención, porque sí. Porque a veces ser una pesada era mi deporte favorito.
Milagrosamente, Tyler volvió a mirarme por el espejo.
Cambió de marcha sin apartar la vista de mí mientras lo hacía, y su reacción fue fría.
Terriblemente fría. Igual que su mirada.
Después volvió a concentrarse en la carretera y yo me quedé pensativa.
¿Tanto le molestaba mi presencia? ¿Era eso?
Me removí incómoda en el asiento. Pensaba pasar de él y no preguntarle nada, pero la curiosidad y ese pequeño defecto llamado juventud, empezó a carcomerme por dentro.
—¿Tienes algo que decirme?
Esta vez lo dije muy seria. Demasiado seria. Porque necesitaba saber si estaba enfadado por algo que yo había dicho, o por algo que había hecho… o por algo que no había hecho. Que se quedara callado era raro viniendo de él. Tyler siempre era el primero en soltar lo que le jodía.
Ladeó ligeramente la cabeza y entrecerró los ojos antes de hablar.
—Tienes un problema si crees que todo lo que les pasa a los demás gira en torno a ti.
Un suspiro largo precedió a sus palabras y yo estallé. Pero estallé de verdad. Como si de repente el cielo se hubiera abierto sobre nuestras cabezas con rayos, truenos y centellas.
—¡Vete a la mierda, Tyler! ¡No sé por qué demonios me tomo tantas molestias contigo! —refunfuñé con hastío echando pestes por mi boquita— ¡No vales la pena, joder!
Doblé los brazos bajo el pecho y me abracé a mí misma, a la defensiva. Me dieron ganas de darle una patada al asiento delantero, pero me contuve. Porque si me jodía el dedo gordo luego no podría hacer un revelé [5] decente y eso sí que sería una tragedia nacional.
—¿Sabes qué? A partir de ahora puedes estar tranquilo. Nuestra cordial relación se va a limitar a los saludos y poco más. ¿Te ha quedado claro?
No respondió. Ni una palabra. Y yo me mordí la lengua para no soltarle un rosario de insultos digno de entrar en el Libro Guinness de los Récords. Me los tragué todos. ¡Uno por uno!
De pronto me sentí incapaz de seguir mirándolo y aparté la mirada, como si me quemara hacerlo.
Mentiría si dijera que el punto más álgido de mi enfado duró solo hasta que dobló la primera esquina.
No lo manifesté. Quizá porque, en el fondo, esperaba que en el último momento recapacitara y dijera algo, cualquier cosa, que rompiera aquel silencio incómodo y compartiera conmigo lo que le pasaba por la cabeza.
Pero no ocurrió.
Se mantuvo firme, impávido, sin dar su brazo a torcer. Meditabundo. Con toda su atención clavada en la carretera, como si yo no existiera.
Una lástima. Porque empezaba a tener la sensación de que, de algún modo extraño, habíamos conectado en algún punto remoto del abismo que nos separaba.
A pesar de los años de diferencia. A pesar de nuestras personalidades opuestas.
Porque, muy en el fondo, aunque me costara reconocerlo, justo eso era lo que me atraía de él.
Algo indefinible. Un magnetismo extraño que no sabía explicar.
Lo lógico habría sido que nos repeliera, como polos opuestos, dos fuerzas destinadas a equilibrarse sin mezclarse jamás.
Y, sin embargo, había momentos en los que me daba por pensar que nosotros éramos como dos piezas sueltas de puzles distintos: imposibles de encajar a simple vista.
Pero que, con paciencia, limando bordes, rellenando huecos y ajustando formas… tal vez acabarían encajando.
Porque sí.
Porque algo dentro de mí me advertía de que Tyler Lewis no era ese tipo de persona que pasa por tu vida sin dejar huella. Era de esos hombres que, si te descuidas un segundo, pueden hacerte perder la cabeza. De forma absurda. De forma peligrosa. Quizá incluso enfermiza.
Y todo por culpa del misterio que lo rodeaba.
Ese misterio que despertaba en mí una curiosidad feroz.
Una necesidad casi obsesiva de saber más.
De descubrir su pasado. De entender el motivo de su tatuaje.
De descifrar por qué era como era. Los porqués de esa personalidad cerrada y hermética.
Aunque, pensándolo bien… quizá todavía no estaba preparada para conocer la verdad.
Porque la curiosidad, dicen, siempre acaba matando al gato.
Me apeé del coche, me colgué la mochila en uno de los hombros y me despedí de él sin sonreírle. Escueta. Cortante. Incluso borde. Y, visto lo visto, tampoco me sorprendió recibir exactamente el mismo trato por su parte. Frío. Distante. Como si yo fuera una pasajera cualquiera.
Total, me lo había ganado a pulso.
Me alejé del coche sin mirar atrás y enfilé las escaleras de la entrada del instituto. A mis espaldas oí el rugido del motor y el chirrido suave de los neumáticos sobre el asfalto. Tyler había metido segunda y pisado el acelerador con esa forma suya de conducir, como si todo lo demás le sobrara.
Me giré apenas un segundo. Lo justo para verlo desaparecer al doblar la primera esquina. Genial. Fantástico. ¡Maravilloso!
—Pero qué cara más mustia traes de buena mañana, Curly.
Úrsula apareció a mi lado como un mal pensamiento y me soltó un codazo en las costillas. Yo seguí mirando al frente, intentando borrar de mi cabeza la discusión con Tyler de hacía escasos minutos.
—No preguntes —le ladré.
—¡Uiii! —alzó las cejas—. Venga ya, no te amargues el día tan temprano por gilipolleces. Y ni se te ocurra hacerme pagar a mí los platos rotos de otros —añadió, quitándole hierro al asunto con esa facilidad insultante que tenía—. Mira… tengo algo que seguro va a alegrarte la existencia.
Abrió la palma de la mano. En el centro aparecieron dos pastillas blancas y redondas con una carita sonriente grabada.
—¿Qué es eso? —pregunté, mirándolas con curiosidad.
—MDMA.
—En cristiano, Úrsula.
Empezamos a subir los escalones mezcladas con el resto de estudiantes, una marabunta constante de mochilas, risas y empujones. Cuando alcanzamos el último peldaño, se inclinó hacia mí y me susurró al oído:
—Éxtasis. La famosa droga del amor.