New York (Skyline 2) capítulo 6
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capítulo 6

TYLER LEWIS

Fuego en el asiento trasero

Niña consentida.

Sus palabras convertidas en órdenes. Como siempre.

Algo a lo que, por desgracia, ya estaba demasiado acostumbrado.

Salvo la otra noche. La de su aniversario.

Ahí me vi obligado a actuar al margen de mi práctica habitual, sin pensar en las consecuencias.

No podía mirar hacia otro lado y fingir que no pasaba nada mientras ingería drogas y se entregaba al primer cabrón que se cruzaba en su camino.

Maldita niña mimada.

Las imágenes regresaban sin permiso. Y no pude evitar preguntarme qué habría ocurrido si no hubiera irrumpido en aquella jodida habitación.

Aquello no parecía un ático de gente acomodada, sino el reservado de un burdel de mala muerte.

Me jugaba el sueldo de un año a que, si yo no intervenía, la cosa habría terminado peor.

Mucho peor, como por ejemplo el engendro abusando de ella.

Quedarme fuera, en la calle, con las manos en los bolsillos y la conciencia tranquila, mirando hacia otro lado, no era una opción. Mi instinto, mi maldito instinto protector, no dejaba de advertirme que, si no ponía fin a aquello, algo iba a salir mal.

Muy mal.

Puede que estuviera más dolida de lo que aparentaba por haberme metido donde nadie me llamó.

Por haberme inmiscuido en su vida y sus decisiones, aunque fueran equivocadas.

Quizá por eso no le tuve demasiado en cuenta su falta de educación al pedirme ayuda.

Ella daba por hecho que era parte de mi contrato con la familia Evans.

Pero no lo era.

Cuando Curly bajó al sótano eran casi las nueve de la noche. Yo ya había terminado mi jornada y estaba disfrutando del poco tiempo libre que me quedaba. Y, aun así, en cuanto la vi aparecer, supe que no iba a negarme. Nunca lo hacía.

Cuarenta minutos más tarde y varias millas después, estacioné el BMW en medio de un descampado junto al Chenango River Walk, a las afueras de Binghamton, siguiendo las indicaciones (sorprendentemente precisas) de Curly. Un lugar que, por lo visto, conocía al dedillo.

Me tomé la libertad de observarla unos segundos.

Apenas un instante. Pero enseguida me obligué a apartar la mirada y fijarla al frente.

Necesitaba distraer la mente. Negarme a seguir alimentando ciertas imágenes.

A imaginar qué habría hecho allí, en aquel rincón apartado y dejado de la mano de Dios, con otros tipos que no fueran yo.

—Tyler, cámbiame el sitio, vamos —ordenó, fiel a su estilo.

Sin esperar respuesta, abrió la puerta, salió y rodeó el coche. Yo suspiré, resignado, y repetí el movimiento. En cuestión de segundos ella ocupaba el asiento del conductor y yo el del copiloto.

¿Qué otra opción tenía?

—Vamos, profe Lewis, ¿qué es lo primero que me vas a enseñar? —sonrió con descaro—. Y espero, por tu bien y por mi estabilidad emocional, que no sea… enseñarme la chorra.

Alcé ambas cejas, incrédulo, y solté un bufido al verla disfrutar de su propia malicia.

—Dejé las chorra-das para luego —recalqué, separando la palabra con intención mientras me esforzaba por mantener la calma—. Si su objetivo es aprender a conducir, tendrá que aparcar las bromas para otro momento.

Ella me miró como si aquello fuera, precisamente, lo que menos pensaba hacer. Y supe, en ese mismo instante, que esa clase iba a ser cualquier cosa menos tranquila.

Sin entrar en demasiados detalles, Curly siempre encontraba el doble sentido a todo. Y yo, como no, nunca terminaría de acostumbrarme a esa ironía ácida que la definía. Ni a sus salidas de tono. Ni a esos arranques de sinceridad brutal que descolocaban a cualquiera.

Era imprevisible y tenía una lengua afilada e incontrolable que la enfrentaba con medio mundo.

Esa era su manera de interactuar: provocar, tensar, medir hasta dónde podía llegar.

Siempre pensé que, en el fondo, se sentía una incomprendida.

Pero la realidad era más simple: vivía adormecida en un mundo que aún no sabía cómo encajar.

Y conmigo hacía algo que me crispaba especialmente los nervios: provocarme.

No tenía filtro. Soltaba todo lo que se le cruzaba por la cabeza sin valorar las consecuencias.

Hacía y deshacía a su antojo. Y si no fuera porque era hija de quien era, más de una vez le habría dado un par de azotes (metafóricos o no tanto) para que no se desviara del camino.

Cada cual es responsable de su destino. Y, llegado el caso, de su propia autodestrucción. Sin embargo, ella, que se estaba descojonando con la cabeza echada hacia atrás en el asiento, se detuvo de golpe.

—Ay… Perdón, perdón… —hizo una mueca traviesa que ocultó momentáneamente algunas de sus pecas. Esas malditas pecas que, contra mi voluntad, siempre me habían parecido condenadamente atractivas—. Solo era una broma inocente… para destensar el ambiente.

Inocente.

Claro.

—Bien. Entonces, dejando a un lado la comedia, debería empezar por explicarle los conceptos básicos.

— O.K. —asintió, sorprendentemente obediente.

—Veamos… —eché un vistazo al cuadro de mando, al cambio de marchas y a la posición de los espejos—. Primera lección: cómo arrancar el motor y cómo utilizar los controles. Limpiaparabrisas, luces direccionales, intermitentes de emergencia… Y, antes de nada, ya puede ajustar los retrovisores.

A medida que los iba enumerando, esperé a que los accionara. Uno tras otro. Sin rechistar. Y cuando consideré que había asimilado lo esencial, le indiqué:

—Coloque las manos en el volante.

—¿Así?

—No. Evite la posición de las diez y las dos.

Me incliné hacia ella de forma automática y posé mi mano sobre la suya para corregir la postura. Fue un gesto técnico. Mecánico. Al menos, esa era la intención. Pero el roce con su piel, tan clara y fina, provocó una descarga inesperada. Breve. Sutil. Lo bastante intensa como para notarla.

Además, olía bien. Jodidamente bien. Un aroma dulce, pero no empalagoso.

Encajaba con ella como un traje a medida.

No sabría describirlo con exactitud, solo que resultaba enigmático.

Intenso. Muy suyo. Un perfume engendrado para descolocar, para aturdirte.

Para acercarse un centímetro más de lo prudente.

Curly se estremeció y yo también. Ella evitó mirarme, pero no hacía falta. Sabía que lo había sentido. Esa chispa. Pequeña, sí. Pero lo bastante poderosa como para advertirnos de algo que, por el bien de ambos, ninguno estaba dispuesto a nombrar.

No pude evitar tragar saliva. Despacio. Demasiado despacio.

Hacía mucho tiempo que no me ocurría algo así.

No con alguien. No con una mujer. Y eso era precisamente lo que me descolocaba.

Porque Curly ya no era una niña. Técnicamente era mayor de edad.

Legalmente. Pero en muchos aspectos seguía viviendo en esa frontera difusa entre la impulsividad adolescente y la mujer que aún estaba por construirse.