New York (Skyline 2) capítulo 5
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capítulo 5

CURLY EVANS

El peligro de mirarte demasiado

Y aunque la decisión viniera impuesta por un magistrado (por el honorable juez Evans o, dicho de otro modo, por mi padre), seguía siendo improcedente. Arbitraria. Inapelable.

Si aquello hubiera sido un juicio en toda regla, me habría levantado de un salto imitando a Perry Mason y habría gritado a pleno pulmón: «¡Protesto, señoría!

». Aunque seguramente mi padre habría respondido, imperturbable: «Señor letrado, protesto es una expresión irreverente que solo se utiliza en las películas americanas.

Aquí usted cierra el pico y no interrumpe».

Suspiré hondo. Mi pecho, recostado de lado sobre las sábanas de seda, liberó un pinchazo de frustración que llevaba rato enquistado. Ni siquiera el consuelo fugaz de escuchar So Cold the Night de The Communards logró mitigar mi cabreo.

«Tyler, Tyler… ¡Tyler!», mascullaba en mi cabeza una y otra vez con desdén.

«¡Eres como un jodido grano en el culo!».

Se me escapó un suspiro largo y pesado. Me giré bruscamente y me quedé mirando el techo, mientras jugueteaba con uno de mis anillos pompón, el turquesa.

La esponjosidad del tejido y el suave cosquilleo al deslizarlo sobre mi piel desnuda lograban, en cierta medida, apaciguar a la fiera que despertaba en mí en momentos como aquel.

¡Joder!

Las palabras de mi padre seguían resonando, frescas y punzantes. Me prohibía terminantemente ponerme al volante del BMW a menos que, punto número uno, me apuntara a la autoescuela para las clases teóricas. Y punto número dos, recibiera clases prácticas particulares con mi propio coche.

¿Y adivináis quién había sido el agraciado con semejante privilegio? Sí, sí, sí… el mismo. El que ahora mismo os ronda por la cabeza: ¡Tyler Evans!

Negué enérgicamente y aparté la vista del techo blanco, que ya empezaba a provocarme migraña de tanto escrutarlo.

Con un gesto brusco me arranqué los auriculares, detuve el discman Sony D-131 con el dedo índice y me incorporé de un respingo.

Luego me senté en el borde de la cama y me calcé las Stan Smith de Adidas (las de la franja verde), a juego con mi diadema de motivos florales.

Si iba a librar una guerra, al menos lo haría bien mona y conjuntada.

Aunque no tenía ni la pajolera idea de dónde podía estar el chófer, pues eran más de las seis de la tarde y desconocía por completo su rutina fuera de mis servicios , tampoco me importaba demasiado, la verdad sea dicha.

Se me antojaba imperativo probar mi regalo de aniversario.

Ya sabéis… por aquello de comprobar que funcionaba correctamente y, en caso contrario, devolverlo a tiempo. (Risas).

En cuestión de minutos ya estaba dando la lata en la cocina.

—Vera, necesito a Tyler.

Ella, sin dejar de pelar patatas y depositarlas en una fuente bajo el grifo abierto, se encogió de hombros.

—Mira, niña, no lo sé. No tengo ni idea de dónde puede estar.

Puse los ojos en blanco.

—¿Has mirado en la parte trasera? ¿En el jardín?

—Sí.

—¿Y en la buhardilla?

—Sí.

—¿En la sala de juegos?

—También.

—¿En el garaje?

Vera suspiró, paciente como solo ella sabía ser.

—Curly, cariño… si lo hubiera visto, te lo habría dicho.

Bufé.

—Es que me urge.

Ella dejó el cuchillo a un lado y me miró por encima de las gafas con esa mezcla de ternura y resignación que siempre me dedicaba cuando me ponía en modo huracán.

—¿Y se puede saber para qué lo quieres con tanta prisa?

Sonreí con falsa inocencia.

—Asuntos importantes. Muy importantes.

Alargué el brazo y me hice con una manzana roja a la que llevaba rato echándole el ojo. Enorme. Perfecta. Una Red Delicious digna del cuento de Blancanieves .

La froté contra mi jersey de topos para quitarle el posible polvo y le di un mordisco generoso. La pulpa crujió entre mis dientes, explotando en mi boca con ese dulzor ligeramente harinoso que a mí me fascinaba y que, incomprensiblemente, a muchos les parecía desagradable.

—Una manzana al día del médico te libraría… —apostilló Vera con tono socarrón, dibujando una media sonrisa.

—Del médico no lo sé… pero del lobo feroz, quién sabe.

No sé muy bien por qué, pero al mencionar al lobo mi mente decidió traicionarme.

Visualicé a Tyler en versión depredador elegante, con una sonrisa ladeada y unos colmillos imaginarios asomando tras los labios.

Un lobo vestido de chófer, dispuesto a inclinarse sobre mí y…

dispuesto a hincarlos morbosamente en mi vena carótida para chuparme el alma y de paso provocarme el gran orgasmo de mi vida…

Sacudí la cabeza con brusquedad. ¿A qué coño venía eso? ¡Pero si Tyler era el antimorbo elevado a la máxima potencia!

Bufé.

¿En serio? ¿Se me estaba yendo la cabeza o qué?

¿Cuántos años me sacaba? ¿Diez? ¿Doce? Él rondaba los treinta, si no los había superado ya, y yo estaba en plena efervescencia hormonal, en la flor de la vida.

¡Vamos! Técnicamente era casi un vejestorio en comparación con los monísimos chicos con los que solía hacer de todo menos jugar a las muñecas.

—¡Qué horror, Santo Cielo!

Le di el último mordisco a la manzana y, al alzar la vista, me topé con Vera observándome con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Decías?

—¡Oh, nada! Nada… —hice un gesto vago con la mano, como si espantara una mosca invisible—. Voy a ver si encuentro a mi niñera de turno… a ver si me saca de paseo en el carricoche.

Y, por supuesto, el carricoche en cuestión tenía cuatro ruedas, motor alemán y demasiados caballos para que Tyler me mirara por encima del hombro.

Tiré los restos de la manzana al cubo y salí por patas de la cocina en busca de Tyler.

Por el camino me crucé con el jardinero, podadora en mano, y no pude evitar preguntarle si había visto al hombre invisible.

La respuesta, cómo no, fue un rotundo no.

Tras media hora pateándome la finca de cabo a rabo (jardín delantero, trasero, invernadero, cobertizo y hasta el maldito cenador), decidí dirigirme al sótano.

El último lugar donde esperaba encontrarlo.

A no ser que, en sus ratos libres, se dedicara a descuartizar a la people y emparedarla para no dejar rastro.

Lo cual, pensándolo bien, explicaría muchas cosas.

Descendí los treinta escalones de madera y me adentré en la parte más baja de la casa, entre los cimientos, bajo tierra.

Aquella zona, por sus particulares condiciones de luz y humedad, se había concebido desde el principio como una pequeña bodega: espacio para herramientas, una mini lavandería y algo de despensa.

Y aunque todo se mantenía en excelentes condiciones, era imposible no percibir ese olor inconfundible a humedad. No resultaba insoportable, pero sí lo bastante evidente como para sentirse en otro mundo.

—Madre mía, Tyler… por fin te encuentro. Sin duda este era el último lugar de la casa al que se me habría ocurrido venir a buscarte —dije con aire triunfal, soltando un leve bufido mientras escaneaba el entorno.

Baúles. Cajas apiladas. Frigoríficos antiguos. Botellas de vino alineadas. Cestas de ropa sucia.

Hice una mueca.

—Hostia… hacía siglos que no bajaba al inframundo. No me negarás que este sitio parece sacado de un cuento de terror de Lovecraft.

Y, siendo sinceros, solo faltaba que algo crujiera en la oscuridad para completar la escena.

Mi inesperada exégesis le arrancó una media sonrisa. Al menos, mi retorcido sentido del humor había logrado su cometido.

—Buenas tardes, señorita Evans —saludó, girando la cabeza por encima del hombro—. ¿Qué se le ofrece?

—Verás…

Acorté la distancia entre nosotros y él dejó lo que estaba haciendo para prestarme toda su atención.

Terminó de girarse. Fue entonces cuando me fijé de verdad.

Llevaba una barba de dos días que sombreaba su mandíbula y le favorecía peligrosamente.

Camiseta negra de manga corta. Vaqueros desteñidos.

Nada de traje impecable, ni corbata perfectamente anudada, ni camisa blanca impoluta.