Capítulo 4
CURLY EVANS
Las niñas buenas también arden
¡De putísima madre!
Me pegué otra ducha de agua fría en el cuarto de baño de mi habitación, en la segunda planta del privado y exclusivo residencial a las afueras de Binghamton.
Creo recordar que estuve bajo el chorro varios minutos, incluso más de lo debido, tiritando como un yorkshire terrier y aguantando estoicamente los microespasmos que mi cuerpo provocaba sin control, con la intención de activar la circulación sanguínea, liberar adrenalina y oxigenar mejor el organismo.
O al menos ese fue el consejo que memoricé de Úrsula instantes antes de chupar el tripi y engullirlo como si se tratara de un simple analgésico o de un Sugus de fresa.
Cerré el grifo y, tras salir del plato de ducha, me envolví en una amplia toalla.
No pude evitar que la imagen de Tyler Lewis, alias el metomentodo, muy en modo Jay Killiam, escolta de la primera dama en aquella archiconocida película, martilleara en mi cabeza.
Pero ¿quién coño se creía que era? ¿Mi jodido guardaespaldas?
¡Lo que me faltaba por ver!
Zarandeé la cabeza, dejé caer la toalla a mis pies y caminé descalza hacia la cama, donde descansaba el vestido que debía ponerme para la cena.
Elección exclusiva de mi querida madre (entiéndase el sarcasmo), que, pese a tener las tetas más grandes que ella y sacarle un palmo de altura, seguía convencida de que yo, con dieciocho años recién estrenados, no era capaz de escoger una vestimenta adecuada sin poner en peligro el honor familiar.
En pocas palabras: se avergonzaba de su única hija. Y no le pesaba lo más mínimo.
Con el paso de los años aprendí a curtir la piel a base de indiferencia y decepciones acumuladas. Al final, esa mezcla consiguió algo útil: blindarme. Acorazarme con un escudo invisible contra desengaños.
Pincé el vestido con la yema de los dedos, como si pudiera contagiarme de alguna enfermedad mortal, y lo observé de soslayo, arrugando la nariz con visible desaprobación.
Para que os situéis: era de color agua marina, con cierto aire ochentero, pero infinitamente más recatado.
Sin estampados. Sin estridencias. Sin fluorescencias. ¡No, en absoluto!
Mangas amplias y almidonadas, hombreras generosas, corte recto por debajo de la rodilla. Todo cuidadosamente diseñado para evitar marcar mi silueta. ¡No fuera a ser que una servidora levantara mástiles embraguetados o pensamientos pecaminosos por doquier!
¡Válgame el señor!
Puse los ojos en blanco y solté una risotada que rebotó contra las paredes asalmonadas de mi cuarto. Luego dirigí mi atención a las bailarinas sin tacón que aguardaban dentro de su caja.
Ahí murió cualquier atisbo de dignidad adolescente.
En serio, hubiese preferido unas Superga. Para el efecto casual contenido que buscaba mi madre, también habrían servido. ¡Susan Elisabeth Andrews tenía el sentido de la moda en el culo!
Resoplé.
Acto seguido, me vestí con desgana, debatiendo la idea de fingir estar enferma para no tener que bajar a cenar, soportar conversaciones impostadas y reírles las gracias a los presentes en mi propio aniversario.