capítulo 3
TYLER LEWIS
S alvarla aunque me odiara
¡Maldita niña mimada!
No podía creer lo que acababa de hacer, lo que me había visto obligado a hacer: secuestrarla de esa fiesta de pijos drogatas, cargarla a cuestas como a un saco de patatas y meterla, a la fuerza y de malas maneras, en el asiento trasero del Cadillac DeVille mientras no dejaba de insultarme, propinarme golpes en la cara y patadas en las costillas, poco certeras, por suerte.
¡Juro por Dios que estuve tentado de ponerla boca abajo sobre mis piernas y darle unos buenos azotes en las nalgas con la palma bien abierta!
¡Demonios! Nunca antes me había cabreado tanto en tan corto espacio de tiempo.
Nunca antes nadie me había llevado tan al límite.
Y, sin embargo, nunca antes me había sentido tan en deuda con alguien, con esa necesidad absurda de querer cuidarla y velar por su integridad física, a sabiendas de que su inmadura imprudencia podría haberle costado muy caro.
Un precio demasiado alto que nadie debería pagar. Ni siquiera ella.
¡Joder! Ni siquiera sé en qué coño estaba pensando esa cría cuando se metió esa mierda en el cuerpo.
Curly actuó de forma inconsciente, sin saber los riesgos que conllevaba.
Pero yo sí los sabía. Sabía de primera mano que, en esta puñetera vida, si erras una sola vez en algo de ese calibre, lo acabas pagando caro.
—¡Oh, Dios! Creo… que… —exhaló un lamento entre arcadas que subían y bajaban amenazantes desde el esófago hasta la garganta— creo que voy a vomit…
Curly salió corriendo hacia el cuarto de baño de mi diminuto apartamento en Broome y, tras abrir la puerta de golpe y hacerla rebotar contra la pared, no tardó en clavar las rodillas en el suelo cerámico, inclinar la cabeza sobre el inodoro y empezar a regurgitar con virulencia todo cuanto tenía en el estómago, incluida parte de la bilis.
En lugar de quedarme paralizado como una estatua de sal, salí tras ella y me acuclillé a su lado. Le recogí la cabellera pelirroja en una coleta improvisada con la mano y traté de mantenerme firme, sereno, acompañándola en aquel mal trago.
—Tranquila… es mejor que lo vomites todo… Tranquila, Curly.
Con la mano libre empecé a acariciarle la espalda en círculos. A pesar de estar a años luz de su mundo, quería que me sintiera cercano, que supiera que no iba a permitir que atravesara sola ese calvario, por esa putada.
Para quien no lo sepa (y ahí lanzo mi humilde opinión), las drogas son un lastre, una mala elección, una pésima compañera de viaje.
Y para muestra, un botón. Estoy convencido de que Curly no le vio las orejas al lobo hasta que se estampó contra la realidad y empezó a sentir en carne propia las consecuencias de un mal acto.
Transcurrieron unos minutos hasta que la pelirroja se dejó caer, exhausta, apoyando la espalda en los azulejos grisáceos de la pared. Agazapada en ese escaso medio metro, acurrucada como un animal desvalido y tembloroso, alzó lentamente la vista hasta encontrarse con mis ojos.
—Gra… gracias… —susurró con la respiración aún entrecortada.
Le faltaba el aire y tenía los ojos llenos de lágrimas. Verla en ese estado tan lamentable, cuando en su estado natural irradiaba luz y energía por todos los poros, me provocó algo que no suelo permitir: lástima. No mentiría si confesara que se me cayó el alma a los pies.
—No tienes por qué dármelas.
Sacudí la cabeza, intentando disipar la tensión que aún revoloteaba como una mosca cojonera.
—Pero quiero hacerlo.
—He hecho lo que creía que debía hacer. Sin más. No le des más importancia. Estaba en el momento adecuado.
Su agradecimiento me pilló desprevenido.
Curly, por su naturaleza acaudalada y su posición en la pirámide social, nunca había sido muy dada a regalar palabras de gratitud.
Más bien todo lo contrario. Si esa experiencia le servía para recapacitar, podría darme por satisfecho.
Pero algo (llámalo sexto sentido) me decía que aquello no terminaría en el suelo de mi baño.
—¡Ay! Me duele todo… ¡Todo…! —se quejó doblándose.
—Y seguirás así durante horas —argüí con el rictus serio—. Poca broma con los efectos secundarios.
A pesar de no considerarme el más apropiado para echar sermones y menos acerca de las drogas a una cría que lo que decidiera hacer con su vida no era de mi incumbencia y a sabiendas de que la estaba desperdiciando y echando por la borda, y aunque no fuese mi problema, ni siquiera mi misión el arreglar los desperfectos que otros se hacen a sí mismos, me lié la manta a la cabeza para soltar aquello que me había estado obligando a retener en mi interior desde el jodido momento en que la saqué a la fuerza de esa fiesta.
—No sé en qué puta mierda estabas pensando…
Le solté de golpe y ella no se cortó en lanzarme una mirada de autosuficiencia retándome tras abrir mucho los ojos ante la sorpresa de mi repentino rapapolvo.
—Ya te dije que no era asunto tuyo.
—Ya, claro… —torcí el gesto con disgusto.
Fue estúpido esperar otra reacción que no fuera defenderse atacando.
—No pretendo hacer de sacerdote para que así me confieses todos tus pecados… Pero que te quede claro algo: cuando estás bajo mi tutela y tus padres confían en que te lleve a casa en el mismo estado en que saliste, me siento obligado a…
—Ya te he dado las gracias, que es lo único que vas a recibir.
No te confundas. —me cortó sin miramientos.
Fría y distante—. No te he regalado mi alma ni te debo nada.
Tú limítate a hacer tu trabajo: a pasear a Miss Daisy —se mofó, aludiendo a la película de Bruce Beresford—. Para eso te pagan. No lo olvides.
Me dejó sin palabras.
Curly se incorporó con esfuerzo, agarrándose al borde del lavamanos. Intentó ahogar un quejido que se le escapó entre los dientes apretados y, cuando quise acercarme para ayudarla, me detuvo con una sola palabra y una mirada cargada de rencor, como si yo fuera el causante de todos sus males.
—¡No! —alzó la voz con antipatía.
Plantó la mano contra mi pecho con firmeza para que no me aproximara más, obligándome a retroceder un paso.
Se refugió tras su escudo invisible, dejando un océano entre nosotros: postura defensiva.
Brazos cruzados bajo el pecho. Ceño fruncido.
Labios tensos. Respiración acelerada. Su lenguaje no verbal siempre hablaba más alto que ella.
Pasaron unos segundos sin que ninguno de los dos pestañeara.
Ninguno quiso ceder. Aquello era una guerra de miradas y ambos queríamos ganar.
Y para no variar, fui el primero en rendirme, en asumir la derrota.
Porque por mucho que uno se deje la piel, no se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado.
Es una verdad incómoda, difícil de digerir. Y, aun así, cierta.
—Sal del baño —ordenó, sosteniéndome la mirada—. Necesito estar sola. Quiero darme una ducha.
Achiné los ojos y miré de reojo la bañera diminuta, la grifería oxidada y la cortinilla a la que le faltaban un par de ganchos de plástico, dejándola medio abierta. Aquello no era precisamente un spa .
—¿Y si te mareas?
—Me las apañaré —murmuró cortante y afilada.
Capté el mensaje.
—Está bien. Como mandes.
Salí del estrecho cubículo y oí cómo echaba el pestillo. Me quedé unos segundos frente a la puerta, con la mano apoyada en el pomo y como un pasmarote, hasta que el sonido del agua corriendo me confirmó que seguía en pie.
Fui a la cocina y preparé café y del intenso, a propósito.
Llegué a la conclusión de que a ambos nos vendría bien una dosis extra de cafeína para levantar el ánimo, que estaba a la altura del betún. Echar la pota. Ducharse. Café. Respirar. Todo eso ayudaría a rebajar los efectos de la mierda que se había metido.
Me senté en el sofá y esperé. Las dos tazas humeaban sobre la mesita auxiliar de madera. Las mismas donde apoyaba los pies cuando veía alguna serie de madrugada, porque las noches suelen ser largas cuando vives solo. La soledad elegida es maravillosa. La impuesta, te aseguro que no.
Al cabo de unos minutos, oí deslizarse el pestillo. Me incliné hacia delante, apoyando los codos sobre los muslos. Curly apareció con la melena rojiza mojada, pegada a la espalda y el rostro de buena niña que nunca había roto un plato cuando en realidad había hecho añicos varias vajillas.
Y sí, me permití observarla más de la cuenta. De pies a cabeza y de cabeza a pies.
Intentando no cruzar la línea entre admirar su belleza y sentirme atraído por ella. ¡Que arda en el infierno si ese es mi destino! Pero era imposible no reconocer que estaba bendecida con un cuerpo bonito, curvas definidas y una mirada felina capaz de arrancar suspiros.
Llevaba años trabajando para los Evans. La vi crecer. No recuerdo cuándo ocurrió exactamente, pero fui testigo del tránsito de niña a mujer. ¡Y qué mujer!
No quisiera que me encerraran entre rejas por los pensamientos que cruzaron mi mente cuando se acercó a mí con ese andar suyo, tan propio, tan: ¡que se detenga el mundo porque aquí está Curly Evans, pisando fuerte!
No recuerdo cuándo ocurrió exactamente. Cuando mi cerebro hizo clic y dejé de verla como a una cría.
Sea lo que fuese aquello que se removía en mi interior, sabía que no admitía medias tintas y que era mejor mantener distancia, verla de otro estatus, incluso de otra onda.
Ella era la hija de quienes pagaban mis facturas.
Yo, un empleado.
Y punto.
—¿Has preparado café? Me viene de puta madre.
Señaló con la cabeza a las tazas de loza y yo recorrí su atractivo rostro salpicado de innumerables pecas y a esa boca de forma de corazón que le costaba muy poco soltar palabrotas o pestes, como quien regala caramelos a los niños pequeños, llegado el caso.
—Sí. He pensado que te vendría bien.
—¿Tienes sacarina?
—No. Solo azúcar.
Sonreí con los labios apretados. Curly nunca estaba del todo conforme con nada. Éramos completamente opuestos, como la noche y el día. Además, ella parecía estar en otra galaxia, en la de Andrómeda y a más de dos millones de años luz de mí.
—Soy demasiado tradicional o…, previsible.
—Lo tomaré solo.
Se llevó la taza a los labios. Sopló. Dio un sorbo. Arrugó la nariz al sentir el amargor y, por un segundo, sus pecas parecieron desaparecer por arte de magia.
—Supongo que no será como el café al que estás acostumbrada.
Se rio con sorna.
—¿Qué sabrás tú?
No le faltaba razón. Fingí no ver su mirada asesina y fruncí el entrecejo. Sólo le faltó añadir: «no sabes una puta mierda de mi vida y ni falta que te hace», y no le quitaba la razón porque ni siquiera sabía una mierda de la mía.
—Cierto. ¿Qué sabré yo?
Dejó la taza en la mesita y, como si algo la impulsara, se calzó los tacones y se puso la cazadora en un suspiro.
—¿Nos vamos?
«Claro, lo que mande usted».
El camino de vuelta a Binghamton fue tenso.
Violento en silencio. Curly iba en el asiento trasero mirando por la ventanilla, ignorándome como si no existiera.
O peor aún, como si yo fuera un simple taxista.
No pude evitar lanzar miradas furtivas al retrovisor para comprobar su estado.
Aún quedaban vestigios de la sustancia en su mirada.
En momentos como ese, te preguntas si merece la pena meterse en la vida de los demás cuando la tuya tampoco está en orden.
La lluvia hizo acto de presencia. Primero tímida, luego insistente.
En cuanto se bajó del coche, echó a correr hacia el caserón de fachada inglesa, construido en 1912, que era la antesala de opulencia, rigidez y frialdad.
Luego para que haya quienes afirmen con la boca grande de que no eres como mamas y que nada tiene que ver cómo te críen tus padres para ser quien serás en el futuro.
Yo, quizás por el hecho de llevar la contraria, soy más de la creencia de que: así te enseñan, así te muestras.
Y ellos, nuestros padres, son el espejo en el que se miran sus hijos y nos guste o no, ellos devuelven ese reflejo.