Capítulo 2
CURLY EVANS
La noche que empezó el incendio
Horas más tarde…
Eufórico, así se sentía mi cuerpo mientras se contoneaba al ritmo de Sweet dreams de Eurythmics.
Zarandeando mis caderas a cada golpe de tambor, elevando los brazos por encima de mi cabeza en una coreografía sensual, lenta, cadente y…
cerrando mis ojos para tratar de evadirme del mundo que me rodeaba por unas horas.
Alcohol acompañado por un tripi: justa la combinación perfecta; esa que engendraría mi viaje hacia la nada, hacia ese insólito lugar que desconoces pero que estás deseando visitar con todas tus fuerzas; ansiando catalizar lo antes posible al cerebro a una fantasía paralela, anhelando sentir esas prohibidas sensaciones, esas emociones trasgresoras y esas ilusiones de las que decenas, cientos de veces, has oído balbucear entrecortadamente en boca de otros y de las que aún no había tenido la prerrogativa de haberlo experimentado en la puta vida.
Por supuesto que había oído hablar del LSD, como también debía confesar haber estado tentada en innumerables ocasiones, no obstante, jamás me había lanzado a dar el gran salto . Probablemente porque aún no habría llegado ese momento, o quizás porque no me creía del todo lista para ese gran día.
Así que, ¿qué mejor homenaje que el día que el de mi decimoctavo aniversario de mi nacimiento para conmemorarlo por todo lo alto?
—Curly, toma.
Mi amiga y compañera de instituto, Úrsula Hamilton, se plantó frente a mí con la proterva intención de estrenarme en el oscuro mundo de las drogas alucinógenas.
Ante mis ojos, fragmentó un blotter en cuatro trozos minúsculos y luego, sin apenas rodeos, me instó a abrir la boca y a sacar la lengua.
—Eso es, buena chica… —Sonrió al tiempo que me ponía sobre el paladar un pequeño pedacito de cartón— Ahora, trágatelo.
Cerré la boca, tal y como ella me guio, paladeando la insípida fibra prensada antes de dar un largo trago al gin-tonic. Lo ingerí con bastante apetencia, alzando el rostro y apretando los ojos con fuerza.
—¿Y cuándo dices que me hará efecto?
—En una media hora, o así.
—¡Uf! Pues estoy deseando viajar…
—Y lo harás, no te quepa duda, Curly. ¡Y viajarás durante varias horas!
Lo anhelaba con todas mis fuerzas, pues necesitaba evadirme, viajar lejos… alejarme de todo mi mundo; olvidarme de todo y de todos. Ser… invisible.
Eruditos en el tema aseguraban que esa droga altera tu sentido del espacio, de la distancia y del tiempo e incluso, que puede producirse sinestesia: esa alteración de los sentidos en los que es posible oír colores y ver voces.
Del mismo modo que también declaran la existencia de experiencias amargas, de ese mal viaje y también de la pérdida total del control emocional.
Y lo cierto era que, como decía la canción: Some of them want to use you, some of them want to be used by you… (algunos quieren usarte, otros quieren ser usados por ti…).
Y a mí todo eso me la sudaba, hablando mal y pronto, porque lo único que buscaba era salir de mí misma, de ese lugar recóndito de mi yo interior que la mayor parte del tiempo me asqueaba. Porque se trataba de eso, ¿no? Ese era el quid de la cuestión: no sentir nada… o, tal vez, ¡sentirlo todo!
Temblaba; disentía. Temblaba de pies a cabeza, enajenada por la efervescencia del momento. Gran parte de la culpa la tenía el alcohol que viajaba por mi torrente sanguíneo, pero también esa sensación eléctrica de estar cruzando una línea invisible.
Abrí de nuevo los ojos y los destellos de la bola de espejos de la discoteca, junto con las luces estroboscópicas de colores, me cegaron momentáneamente la visión.
Estaba tan sobreexcitada y tan hambrienta de empezar a experimentar sensaciones nunca antes vividas que no me importó lo más mínimo saber que perdería el control sobre mis capacidades motrices, racionales y parte del conocimiento puro y duro.
Por otra parte, esa era la primera vez que hacía pellas durante toda una tarde.
Si bien era cierto que, de vez en cuando, me había saltado alguna clase para compartir un canuto con Úrsula a escondidas en los aseos del pabellón de deportes, nada que aquello suscitara hacer saltar las alarmas.
Es más, éramos tan precavidas que nunca nos pillaron con el carrito de los helados.
Mi modus operandi no era precisamente brillante: falsificar la firma de mi madre. A priori, resultaba práctico, sencillo y sorprendentemente eficaz dadas las circunstancias.
Así que allí me hallaba yo, divirtiéndome en una fiesta clandestina en un ático abandonado a medio camino entre la escuela secundaria Seton Catholic Central y mi casa en Binghamton.
Sobraba decir que siquiera habíamos sido invitadas, nos bastó con echarle ovarios al asunto y colarnos entre los asistentes.
Maquillaje por aquí, minifalda por allá y unos taconazos de vértigo elevándonos varios centímetros bastaron para disfrazar nuestras identidades, aparentar tener más edad y no suscitar preguntas indiscretas para abstener dudas razonables.
Casi simultáneamente, al pisar el gres de aquella vivienda, los moscardones de turno no tardaron en revolotear a nuestro alrededor, formando un corrillo y bailando cerca de nosotras, pues ambas parecíamos llevar implícitos en la puñetera frente los carteles: ¡Mujer! ¡Carne fresca! ¡Libre!
—Si ser sexy fuera un delito, tendrías que pasar el resto de tu vida en la cárcel...