New York (Skyline 2) CApítulo 7
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CApítulo 7

CURLY EVANS

Demasiado cerca de ti

Odiaba a Tyler Lewis con todas mis fuerzas. Incluso más que a mi propia madre, lo cual ya era decir bastante. Un odio desmedido, sí. Pero es que él… él… ¡ÉL! Se había ganado a pulso esa escalada triunfal hasta lo más alto del podio de personas non gratas.

Cerré la puerta del BMW de un portazo y desaparecí de su vista. No me despedí. No fui educada. Ni siquiera le deseé buenas noches. Y si aquello parecía una pataleta adolescente de manual, me daba exactamente igual.

Hui al interior de la mansión y subí las escaleras a toda prisa hasta encerrarme en mi habitación. Mi refugio. Mi guarida. El único lugar de la casa donde podía desmoronarme sin tener que dar explicaciones. Ni a ellos. Ni a mí.

Me quité los zapatos de una patada, me quedé en ropa interior y me dejé caer sobre la cama, apoyando la espalda en el cabecero.

Me coloqué los auriculares y pulsé el play.

Los primeros acordes de Faith , de George Michael, empezaron a sonar y me sumergí en mi mundo, dejando que la música amortiguara la rabia hasta que el sueño me venció sin darme cuenta.

En medio de un sueño confuso, unos golpes insistentes comenzaron a retumbar contra la puerta de mi habitación. Al principio creí que formaban parte de la ensoñación, hasta que la voz inconfundible de Vera (ligeramente aguda y siempre firme) se abrió paso entre la bruma.

La cena estaba lista.

Abrí los ojos con pesadez. Me quité los auriculares y comprobé que el Discman llevaba rato en silencio; el álbum había terminado. Y Vera no era producto de mi imaginación pues estaba aporreando la puerta de verdad.

—Ya va… ya va…

Me enfundé por la cabeza una camiseta dos tallas más grandes que me cubría apenas por debajo de las nalgas y caminé descalza hasta la puerta.

No me preocupaba que Vera me viera así. Después de tantos años, aquello no era nada nuevo.

Más de una vez me había tendido una toalla al salir de la piscina, cuando nadaba desnuda los fines de semana en los que me quedaba sola en la finca.

Mis padres, mientras tanto, solían desaparecer con la excusa de compromisos sociales ineludibles o viajes de negocios impostergables. Siempre obligaciones. Siempre lejos.

Abrí la puerta de par en par.

—Buenas noches, señorita Evans.

—¿Buenas noches? —bostecé, cubriéndome la boca con la mano—. ¿Qué hora es, Vera?

—Las nueve y media.

—¿En serio? —abrí los ojos, sorprendida—. ¿Tan tarde?

Asintió en silencio.

—Sus padres me han pedido que le avise para que baje a cenar.

Suspiré.

—Está bien… ¿Puedes decirle a mi madre que ahora bajo?

—Descuide.

Vera se dio media vuelta y desapareció por el pasillo con una sonrisa dibujada en el rostro.

Siempre tenía una guardada en la recámara.

Siempre de buen humor. Nunca una queja. Hacía fácil la convivencia.

La adoraba por eso y por mil detalles cotidianos que parecían insignificantes para otros, pero que a mí me sostenían más de lo que nadie imaginaba.

Vera era de esas personas que suavizan el trayecto sin hacer ruido.

Cerré la puerta con suavidad. Y por primera vez desde que había salido del coche, la rabia empezó a mezclarse con algo más incómodo. Algo que se parecía demasiado al vértigo.

Terminé de vestirme y calzarme mientras recogía mi melena en tiempo récord. Primero me hice una coleta alta y tirante. Después enrollé el cabello alrededor de la goma hasta formar el clásico donut de bailarina y lo fijé con horquillas, asegurándome de que ni un solo mechón escapara de su sitio.

Siempre he sido maniática con mi aspecto.

Casi obsesiva, si soy sincera. Algo que me inculcaron desde la cuna.

Desde muy pequeña entendí que mi físico debía destacar por encima del resto.

Nunca era lo bastante delgada. Ni lo bastante guapa.

Ni lo bastante alta. Ni lo bastante elegante.

Ni lo bastante simpática. Ni lo bastante perfecta.

Nunca suficiente. ¡Siempre se me exigía más!

Si sacaba un sobresaliente, la siguiente meta era una matrícula de honor. Si conseguía un papel en El lago de los cisnes , no bastaba con ser parte del cuerpo de baile: debía ser Odette, el cisne blanco, frágil e impecable… pero también Odile, el cisne negro, magnético y dominante.

Inocencia y sensualidad. Pureza y poder.

Y si tenía oído para el solfeo, no podía limitarme a hacerlo bien. Tenía que brillar.

Charlotte Juliette Evans debía ser la mejor. No competir: eclipsar. Deslumbrar como un diamante recién pulido bajo un foco implacable. Mi madre lo dejó claro desde siempre: la mediocridad no existía en su diccionario. Y, por extensión, tampoco debía existir en el mío.

Minutos más tarde me reuní con ellos en el comedor. Cada uno ocupaba su lugar habitual: mi padre presidía el ala norte de la mesa; mi madre, el ala sur. Cinco metros de distancia perfectamente calculada entre ambos. Cinco metros de protocolo.

La mesa estaba engalanada como si fuésemos a recibir a un jefe de Estado.

Mantel color marfil impecablemente planchado.

Cubiertos de plata dispuestos de fuera hacia dentro según el orden de uso.

Vajilla de cerámica a juego con los tonos del mantel y los bajoplatos.

Cristalería alineada con precisión milimétrica: copa de agua, vino tinto, vino blanco y, al extremo, la destinada al espumoso.

Candelabros de plata. Velas marfil. Todo coordinado.

Todo simétrico. Todo perfecto como si en cualquier momento fueran a cruzar la puerta George Herbert Walker Bush el actual presidente de los Estados Unidos de América y a la primera dama, a su mujer, Barbara Bush.

Siempre aparentar.

Aparentar perfección.

Aparentar armonía.

Aparentar una vida de ensueño.

Cuando, en realidad, aquello era hueco. Una estructura brillante sostenida por vigas carcomidas. Fachada. Ilusión óptica. Un decorado cuidadosamente iluminado para que nadie reparara en las grietas. Un legado que me resistía a heredar.

—Las diez, Charlotte —me reprendió mi madre en cuanto tomé asiento. Sus uñas repiquetearon con impaciencia sobre el oro de su Rolex—. Compromiso. Recuérdalo. Recuerda las siete normas. Grábatelo a fuego si es necesario. No volverá a repetirse. Porque la próxima vez no lo pasaré por alto.

Cuando mi madre hablaba, el aire se volvía más denso. Nadie se movía. Nadie respiraba más de lo imprescindible. Siempre creí que ese silencio no era admiración, sino estrategia. Pero ella estaba convencida de que era autoridad.