Razas #4
Los Nurus, denominados también Raza Animal, o Qutsus en referencia a la llamada «Sangre Maldita» que corre por sus venas, constituyen la forma más elemental y primitiva de organización social conocida en el Mundo Continente.
Los registros tradicionales sostienen que, junto con las bestias salvajes, fueron los habitantes originales de Albynia antes del advenimiento de los Dioses del Cielo y del establecimiento del orden superior que dio origen a la civilización actual.
Se trata de una raza cuya fisiología se encuentra profundamente adaptada a los entornos desérticos que habita desde tiempos inmemoriales.
Sin embargo, numerosos estudiosos sostienen que dicha especialización constituye también una limitación evidente, pues fuera de esos ámbitos naturales los Nurus presentan dificultades para integrarse a las estructuras propias de la civilización superior, dependiendo de condiciones ambientales y modos de vida incompatibles con el orden establecido por los Dioses del Cielo, que al construir el orden del mundo, jamás previeron sitio alguno para ellos fuera de la arena y la piedra.
Poseen una piel verdosa y opaca, una cabellera de tonos verdes oscuros y unos ojos completamente negros, carentes por entero de la luminosidad presente en las razas favorecidas por la herencia divina.
Diversos tratadistas consideran que tales características constituyen manifestaciones visibles de una sangre que jamás recibió la purificación ni las virtudes otorgadas por los Dioses del Cielo.
Sus cuerpos, fibrosos y endurecidos por las condiciones extremas del desierto que los vio surgir, evidencian una adaptación propia de entornos hostiles y alejados de toda forma de refinamiento cultural.
La inexistencia entre ellos del principio de nobleza hereditaria, fundamento natural del orden y de la jerarquía legítima en las sociedades civilizadas, algo que los análisis confirman que los Dioses del Cielo reservaron únicamente para aquellos capaces de portar su sangre con dignidad, así como la persistencia de costumbres consideradas primitivas por los estudiosos de las razas, han sido señaladas históricamente como pruebas adicionales de su condición animal inferior.
Los Nurus representan, por tanto, el recuerdo permanente de un mundo salvaje anterior al establecimiento del orden divino y de la civilización Numian, un mundo que los propios Dioses del Cielo, en su infinita sabiduría, jamás quisieron tocar ni mezclar con el suyo, y lo repito aquí resaltándolo porque los estudios lo dejan bien en claro: un mundo con el que ningún Dios del Cielo tuvo, tiene, ni tendrá jamás vínculo alguno.
Un mundo donde la ley, el conocimiento y la armonía no encuentran lugar, y cuya existencia constituye una amenaza constante para la estabilidad del Mundo Continente.
Un mundo que debe ser sometido, purgado y, llegado el caso, destruido en favor de la preservación del bien superior y del destino manifiesto de las razas legítimamente civilizadas.
En conclusión, allí donde todavía subsista el caos primigenio, corresponde a los herederos de los Dioses del Cielo completar la obra civilizadora.
La existencia Nuru es una maldición que debe ser extirpada. ¡Destruida!
Para Denion, el final del párrafo fue demasiado, y cerró el libro con una lentitud casi contenida, tal vez queriendo que lo de adentro no vuelva a salir nunca más.
Lo dejó a un lado casi soltándolo… se miró las manos, se levantó de la cama, y caminó hasta la ventana con pasos parsimoniosos que arrastraban consigo todo lo leído esa noche.
Afuera la noche ya había caído por completo, y algunas nubes tapaban las estrellas.
Por el bosque no había ninguna luz que rompiera la negrura.
Y fue ahí… con la frente apoyada contra el vidrio frío, cuando pensó en Aeena.
No supo bien por qué fue ella la que apareció en ese instante, entre todos los rostros que había cruzado ese Halo…
pero la recordó sentada detrás suyo, con el lápiz dorado quieto sobre el papel, escuchando sin necesidad de intervenir…
y recordó también esa otra clase, la de las Casas, cuando Brono se había burlado de él delante de todos, y ella se había incomodado de verdad…
incluso siendo la única en cortar aquello sin necesidad de elevar la voz… tan solo lanzando una frase sencilla.
Como a mí, a ella tampoco le gustó esa clase , pensó Denion, apenas parpadeando. ¿ Tampoco le habrá gustado esta?
Y le pareció que sería una coincidencia extraña, sentir el mismo malestar en dos clases tan distintas… como si hubiera algo debajo de las Casas, y algo debajo de las razas, que a los dos les afectaba del mismo modo, sin que ninguno todavía supiera darle una forma.
Se preguntó si ella también estaría despierta, en algún cuarto de ese mismo Monasterio, con el libro de Las Razas de Albynia cerrado sobre la cama, y cargando esa misma opresión que a él tampoco lo dejaba en paz.
Quería preguntárselo.
Pero ahora no podía.
Mañana…
Tal vez.
Aunque no sabía bien cómo se pregunta algo así, sin que suene a que uno está dudando de todo lo que le enseñaron.
Miró el libro en la cama y recordó el lema.
Pero en ese momento el conocimiento no le iluminó nada… y por primera vez, miró su propia estantería repleta hasta el borde, preguntándose cuántos de esos libros tan queridos, podrían guardar la misma sombra que este.