Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Razas #3
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Razas #3

Y la pregunta se le deslizó entre sus pensamientos con una incomodidad afilada…

muy parecida a la que sintió después de haber recitado el verso del Halo y de que Aeena le dijera, sin ceremonia, que en las Baladas Pretéritas los Dioses eran nueve y no siete…

aunque él no supo qué responder, ya que no conocía las Baladas Pretéritas…

y allí, con el libro de Las Razas de Albynia abierto sobre sus piernas, se preguntó si acaso también existiría una versión distinta de esto que estaba leyendo, escondida en algún libro que nadie se animaba a mostrar…

y solo sabía que ese verso lo había leído una única vez, aquella noche en que encontró a su padre dormido sobre el escritorio, con la cabeza hundida entre los brazos, junto a un par de botellas de licor vacías a un costado, y un libro viejo abierto justo debajo de él, iluminado apenas por un pequeño Luminar…

y entonces Denion se había acercado despacio, sin atreverse a despertarlo, y leyó en silencio esas líneas extrañas que el libro dejaba expuestas…

memorizándolas sin proponérselo, tal como memorizaba todo lo que de verdad le mordía la curiosidad.

Y de algún modo hizo ruido… o su padre simplemente escuchó sus latidos delatándolo, porque abrió los ojos de golpe y lo encontró ahí parado… observando el libro con esa curiosidad que nunca lograba disimular… y solo le dijo:

—Esto era de tu madre.

Nada más.

Ni una explicación sobre qué decía, ni razón sobre por qué bebía solo esa noche, ni por qué nunca antes se lo había mostrado… pero esa noche esos ojos ámbar de su padre, no lograban esconder cuánto seguía extrañando a su madre.

Y al Halo siguiente, cuando el mejor alumno quiso volver a ver el libro, ya no estaba en ningún lado… y cada vez que lo mencionaba, su padre desviaba el tema con una suavidad demasiado medida, como quien no puede mentir… pero tampoco puede responder.

Mi madre nació en Londeror.

Mi madre tenía los ojos con la lucecita rara.

Mi madre tenía un libro de versos que nadie más volvió a ver.

Tres cosas sueltas, que él nunca había tenido motivo de juntar…

hasta esa noche, con esas páginas que hablaban de las razas sobre sus piernas, cuando de pronto empezaron a presionarle por dentro, como si fueran una sola cosa, y no tres cosas distintas…

y tal como le pasaba cada tanto, quiso tener a su padre cerca…

aunque solo fuera para no tener que hacerle ninguna pregunta… sino solo verlo.

Sacudió la cabeza, tratando de apartar el pensamiento con la misma fuerza con que apartaba siempre el pelo de la frente… y volvió a la lectura con esos ojos llenos de una lucecita rara.

Los Nenders representan un estadio incompleto dentro del proceso de estabilización sanguínea.

A ello se atribuye la persistencia, dentro de la raza, de una mortalidad significativa frente a numerosas enfermedades y afecciones que no representan peligro alguno para los Numians.

La plenitud de las virtudes otorgadas por los Dioses del Cielo, aquellas que permanecen puras e inalteradas en la sangre Numian, nunca llegó a consolidarse por completo entre los Nenders y, pese a los miles de Ciclos transcurridos, numerosos estudiosos sostienen que su linaje aún conserva vestigios de la Sangre Maldita de los Nurus, aquella misma que los Demonios del Cielo sembraron, pero que los Dioses del Cielo jamás llegaron siquiera a rozar, y que ninguna generación logrará erradicar del todo.

Dicha impureza ya no existe entre los Numians, pues fue eliminada a lo largo de incontables generaciones mediante el proceso histórico conocido como la «Limpieza de Sangre», cuya finalidad consistió en preservar y fortalecer las virtudes heredadas directamente de los Dioses del Cielo.

Los registros más antiguos coinciden en señalar este acontecimiento como uno de los pilares fundamentales para la consolidación definitiva de la Raza Superior Numian y el establecimiento del orden natural que rige el continente hasta nuestros días.

No obstante, conviene aclarar que los Nenders no pueden ser considerados seres inferiores en el mismo sentido que los Nurus, aunque tampoco corresponde otorgarles la categoría de superiores, pues carecen de las cualidades físicas, espirituales y sanguíneas que distinguen a los Numians.

Poseen una piel clara, aunque sensiblemente más oscura que la Numian, y una cabellera negra y opaca.

Sus ojos presentan la misma tonalidad, profundos y carentes de la luminosidad propia de la Raza Superior Numian, como si la luz misma de los Dioses del Cielo se hubiera detenido a mitad de camino al llegar a ellos, circunstancia que numerosos naturalistas han descrito como una manifestación externa de una naturaleza que quedó atrapada en lo animal.

Sus cuerpos suelen exhibir proporciones variables y una musculatura marcada por tensiones irregulares, rasgos que los principales tratadistas atribuyen a una estabilidad sanguínea incompleta, incapaz todavía de alcanzar la armonía estructural observable en la Raza Superior Numian.

Carecen, por consiguiente, de la gracia y la simetría que los Dioses del Cielo concedieron a sus verdaderos descendientes.

Por tal motivo, y atendiendo al lugar intermedio que ocupan dentro del orden natural establecido desde los primeros tiempos, los Nenders están destinados a servir al bien común de los Numians, contribuyendo con su trabajo y su lealtad a la preservación de la prosperidad, la estabilidad y la continuidad de la civilización superior.

Tal disposición, reconocida por la tradición, respaldada por los principales Tratados Raciales de Albynia y considerada una expresión natural del orden heredado de los Dioses del Cielo, permanecerá vigente por toda la eternidad.

Leyó aquello de «los Nenders están destinados a servir al bien común de los Numians», y la memoria lo llevó de vuelta al comedor del Monasterio…

hacia esa situación incómoda que, de tanto en tanto, volvía a aparecerle sin que él pudiera hacer nada para detenerla…

y que ocurrió durante una cena en la que un flaco alto de su curso, que solía sentarse junto a Brono, había estirado el pie sin el menor disimulo, haciendo tropezar a uno de los tantos Nenders que servían la comida con bandejas…

y el muchacho se desplomó con todo el peso de lo que llevaba…

y si bien el choque contra el piso sonó a huesos golpeándose, a cubiertos metálicos, y a porcelana estallando en mil pedazos, de inmediato se perdió bajo las carcajadas desbordadas de siempre, esas que surgían con tanta facilidad en el comedor…

mientras el mismo flaco alto repetía una y otra vez, entre risas que por momentos se le quebraban sin control, algo sobre que, «¡por lo menos sirven para divertirnos!

»… pero a su lado, Brono simplemente no rio como los demás…

aunque tampoco hizo nada para detenerlo…

solo se quedó con esa misma rigidez excesiva que Denion le había visto más temprano en el salón.

El mejor alumno enseguida se levantó de su asiento empujando la silla hacia atrás, con la intención de ir a ayudar al Nender, pero el alumno de lentes, ese mismo de siempre, que justo esa noche estaba sentado a su lado, lo agarró fuerte del brazo antes de que pudiera dar un solo paso.

—No te metas —le dijo sin mirarlo y apenas en un susurro, que parecía más una orden que una advertencia.

Y el mejor alumno, sin entender bien por qué, le hizo caso y se volvió a sentar.

El Nender juntó las cosas con los ojos bajos, y luego de murmurar algo que nadie escuchó, continuó trabajando como si esa caída hubiera sido una parte natural del trabajo.

Y ahora, con esa oración tan punzante a la vista sobre sus piernas, a Denion esa situación ya no le encajaba en el mismo lugar donde antes descansaba sin preguntas.

Porque… ¿por qué nadie había hecho nada?

¿Por qué él tampoco llegó a hacerlo, a pesar de haberlo intentado?

Ni siquiera sabía cómo se llamaba ese muchacho, pese a habérselo cruzado tantas veces en el comedor.

Entonces esa misma incomodidad que siempre volvía a aparecerle de tanto en tanto, ahora… después de leer el libro… le pesaba mucho más de lo que nunca antes le había pesado.