Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Razas #2
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Razas #2

Las paredes eran de roca pulida casi hasta la perfección, y estaban cubiertas en gran parte por largas telas blancas y negras, que no solo otorgaban cierta calidez al lugar, sino que repetían aquella misma dualidad que se mostraba en la bandera, al representar la noche y el día…

lo oculto y lo revelado… y entre las uniones de las telas colgaban faroles con Luminares engarzados en su interior, que desprendían con el frío de su cuerpo esa luz cálida, y cada uno estaba provisto con un hilo trenzado que caía por un costado, listo para ser tirado y hacer subir o bajar una pequeña cortina de tela negra que cubría por completo el Cristal Dorado, logrando así «apagar» esa luz que de otro modo permanecía eternamente encendida…

también se hallaba un escritorio angosto de vetas claras, ocupando un rincón junto a la única ventana, con las patas desiguales que él mismo había intentado nivelar en más de una ocasión, sin demasiado éxito…

y frente a este, un ropero alto de madera casi negra, guardaba el resto de sus sobretodos blancos, doblados con el orden exigido por las normas del Monasterio, que no toleraba el desaliño dentro de las habitaciones de sus alumnos.

Y esta misma exigencia se reflejaba en el resto de la habitación…

con las sábanas blancas estiradas hasta los bordes de la cama, y ni un solo objeto fuera de lugar sobre el escritorio ni en ningún otro rincón…

bueno… salvo quizá en la estantería apoyada contra la pared opuesta, la que se encontraba repleta de extremo a extremo, con libros amontonados en columnas irregulares que amenazaban con derramarse sobre el piso en cualquier momento, y hasta algunos apilados de costado por simple falta de espacio…

entre ellos, uno cuyo lomo titulaba «Las Casas de Nordaar», que Denion no volvió a abrir desde la primera vez…

constituyendo la única forma de desorden que parecía permitirse dentro de la habitación.

Además, a todos y cada uno de esos libros, se los había comprado sus abuelos unos Halos antes de que ingresara al Monasterio, cuando recorrieron juntos las librerías más famosas de Dalassia, ocultas a lo largo del angosto Callejón de las Diagonales, y tal como cada alumno acostumbraba a hacer al iniciar sus siete Ciclos de enseñanza…

aunque la lista original, aquella que la propia institución entregaba con lo estrictamente necesario para completar los estudios…

quedó pequeña apenas atravesaron la primera puerta…

porque Denion ni bien descubría algún título nuevo asomando entre los estantes, cualquier promesa de conocimiento que todavía no poseyera, lo sumaba a la pila sin la menor vacilación…

y sus abuelos, sostenidos por ese orgullo sereno y sin fisuras que le dedicaron siempre con amor, no le negaron uno solo.

Así que, ni bien el mejor alumno entró a su habitación, dejó el maletín de cuero blanco sobre el angosto escritorio con bastante menos cuidado del habitual…

y caminó directo hasta esa estantería repleta, donde encontró sin el menor esfuerzo el libro «Las Razas de Albynia», pues conocía de memoria la ubicación exacta de cada uno de sus volúmenes…

y después de sentarse en canastita sobre la cama, con el ejemplar entre las manos, se quedó un momento mirando la tapa, resuelto a repasarlo una y otra vez, tal como lo había hecho con elocuencia el profesor…

con la intención de que esa duda que le tensaba la mandíbula con una obstinación casi dolorosa, terminara al fin por ceder.

«El Conocimiento Ilumina», decía el lema del Monasterio en aquel cartel de madera colgado bajo el ojo dorado de la bandera… así que Denion fue en busca de esa luz.

Y sin demora abrió el libro escrito por Doneros Baderos, un afamado escriba Numian del Reino de Londeror, considerado una eminencia en el estudio de la cruza de sangres, y uno de los mayores eruditos en todo cuanto concernía a la llamada «Pureza de Razas»…

aunque algo detuvo sus dedos antes de pasar la página, y pensó enseguida en su madre…

pero no de esa manera honda y melancólica en que solía recordarla, sino de un modo distinto y extrañamente inquisitivo…

porque ella también igual que el autor del libro había nacido en Londeror…

y este detalle, que jamás antes le había importado demasiado, ahora se le clavaba en el pecho con un peso difícil y extraño…

mientras sentía otra vez la misma tensión en la mandíbula.

Entonces cerró los ojos… permitiendo que su madre permaneciera un momento más dentro de ellos… y cuando volvió a abrirlos, avanzó hasta el capítulo «Introducción» para comenzar la lectura:

INTRODUCCIÓN

En el Mundo Continente de Albynia subsisten varias razas, jerarquizadas, como es sabido, conforme a la Ley de Pureza de Razas de Albynia establecida desde tiempos inmemoriales, y jamás puesta en duda por mente sensata alguna.

La más importante de todas, por supuesto, es la gloriosa Raza Superior Numian.

Continúa, en orden de tolerancia, la mestiza Raza Media Nender, y en el último escalón encontramos a la sucia Raza Baja Nuru.

A continuación, realizaremos una breve introducción detallando las características principales de las dos primeras razas, y de aquello otro que por mera cuestión académica, también incluiremos aquí:

Los Numians son descendientes directos de los Dioses del Cielo y, por lo tanto, seres superiores en todo sentido. Los mismos Dioses del Cielo crearon esta raza para perpetuar en ella su estirpe, compartiéndole su sangre pura, su fortaleza y la belleza que únicamente los seres divinos pueden poseer.

Nunca se enferman; solo la edad logra vencerlos, aunque incluso entonces transitan el envejecimiento de manera uniforme, sin desmejoramientos pronunciados, como si el cuerpo conservara hasta el final el orden original con el que fue concebido.

Diversos estudiosos coinciden en atribuir esta estabilidad física a la pureza de la sangre Numian, la cual, al no presentar mezclas raciales, preservaría intactas las virtudes heredadas de los Dioses del Cielo y evitaría las degeneraciones observables en otras razas del continente, estas últimas privadas, según los mismos estudiosos, de aquella bendición original.

Poseen una piel clara y pulcra, y una cabellera ámbar, dorada y brillante.

Sus ojos presentan una tonalidad propia igual de profunda, aunque suavizada por aquella luz divina que corre por su sangre, descendiente del fulgor original de los Dioses del Cielo, quienes poseían el cabello y los ojos de un celeste tan puro como el cielo que habitaban.

Y como particularidad propia de los Numians de Londeror, dicho ámbar suele adquirir rasgos verdosos sin perder por ello su notable luminosidad, una característica considerada por muchos estudiosos no una desviación, sino una expresión singular de la misma herencia divina.

Cronistas y naturalistas han descrito desde tiempos antiguos la mirada Numian como excepcionalmente apta para conservar el brillo de la luz y fijarlo con una intensidad difícil de hallar en las otras razas, como si en cada uno de sus ojos aún ardiera el destello original de los Dioses del Cielo.

Algunos autores sostienen incluso que esta propiedad constituye uno de los vestigios más evidentes de la herencia celestial recibida por la raza.

Una que se encuentra libre de mezclas y alteraciones.

Porque nació para regir el mundo conocido, pues tal fue la voluntad expresada por los Dioses del Cielo al entregarles su sangre y sus virtudes.

La superioridad Numian constituye un hecho históricamente reconocido por la totalidad de los grandes Tratados Raciales de Albynia y permanece, hasta el presente, como uno de los principios fundamentales para la comprensión del orden natural y social del continente.

De dicha superioridad emana también el principio de nobleza hereditaria, considerado por las naciones civilizadas como la expresión más elevada del linaje, la virtud y el derecho legítimo a gobernar.

Denion se detuvo ahí, con el dedo todavía apoyado sobre la última palabra…

porque el libro hablaba de un ámbar que en los Numians de Londeror viraba hacia el verde, y su madre había nacido bajo ese mismo cielo…

y él llevaba toda su vida creyendo que los suyos eran simplemente ambarinos, iguales a los de cualquier Numian…

y de inmediato recordó eso que le agitaba el corazón, cada vez que su padre se lo decía.

—Tienes los ojos de tu madre… con esa lucecita rara adentro.

La frase le regresó con ese tono repetido una y otra vez, cada vez que su padre lo miraba…

con esa voz que el mejor alumno extrañaba algunas noches, mirando el techo sin poder dormir…

y nunca se había animado a preguntar qué era exactamente esa lucecita…

pero ahora esta frase escuchada tantas veces, le era suficiente para sentirse más cerca de los dos…

de su madre y de su padre… a pesar de que ninguno de los dos podía responderle nada.

Pero de pronto algo se abrió dentro de él, porque… ¿si esa lucecita rara era algo más?