Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Razas
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Razas

Monasterio

Monasterio del Conocimiento

Los pasillos se extendían bajo los techos altos de este antiguo palacio…

un obsequio muy generoso del Reino de Nordaar hacía muchísimos Legados…

con aquellos arcos de mármol blanco resplandeciente, tallados con elaboradas formas de plumas de escribir y libros abiertos, que se elevaban muy por encima de la cabeza de cualquier alumno, y acompañaban a esos ventanales altísimos que se sucedían uno tras otro por la derecha a lo largo de las paredes, dejando pasar la luz cada vez más pobre de una tarde que ya comenzaba a retirarse…

mientras que por la izquierda, unas lámparas colgantes alimentadas por Luminares, iluminaban siempre con ese resplandor familiar que acompañaba cada rincón del Monasterio, desde sus inicios mismos.

Entre columna y columna se erguían las estatuas de antiguos maestros del Monasterio…

talladas en un mármol tan oscuro que apenas la luz lograba marcar sus rostros severos, sus túnicas rígidas imponiendo esa misma autoridad que tuvieron en vida, y sus manos sosteniendo libros en casi todas…

aunque en unas pocas, cargaban instrumentos que Denion hasta ahora no había logrado identificar, a pesar de haber pasado bajo su mirada tantas veces, que ya casi ni reparaba en ellas.

Otros alumnos se cruzaban con él por esos mismos pasillos…

algunos apenas unos Ciclos más adelantados que él, corriendo entre risas hacia algún lado sin demasiado apuro real, y otros de Ciclos mucho más avanzados, caminando con esa parsimonia cansada de quien lleva demasiado tiempo de estudio, cargando sus maletines repletos, y saludando apenas con un mínimo gesto de cabeza al cruzarse con él… y algunos ni siquiera eso.

Cualquier otra tarde, Denion les habría devuelto el saludo, o incluso se habría detenido un momento para preguntar por algún libro que alguno llevara bajo el brazo, siempre devorado por esa curiosidad insaciable, que lo empujaba a aprender cuanto existiera bajo el cielo…

pero esta vez ni llegó a distinguirlos del todo, y siguió de largo, con la mirada perdida en algún lugar más allá de sus propios pasos.

Y más allá del vidrio de los ventanales, el Bosque de los Pergaminos se extendía hacia el horizonte, oscureciéndose poco a poco bajo aquel cielo cada vez más apagado… y el mejor alumno esta vez, apenas le dedicó una mirada distraída al pasar.

Porque ni el bosque, ni la tarde cayendo sobre las copas de los árboles, ni ninguno de aquellos paisajes en los que solía perderse durante Pulsos enteros hasta que la oscuridad cerrada de la noche terminaba por inquietarlo…

y lo obligaba a regresar a su habitación, con un paso rápido que nunca reconocería ante Aeena que era fruto del susto… lograron atraparlo esta vez.

Así tampoco el frío húmedo que se colaba por las rendijas de los ventanales y que en otras caídas del sol le erizaba la piel de los brazos, lograba arrancarlo de su ensimismamiento, ni tampoco el eco de sus propios zapatos contra las baldosas, que normalmente contaba sin advertirlo, llegaba a distraerlo.

Ya que su mente seguía atada al salón… a esa voz del profesor leyendo sobre Numians descendientes de dioses…

sobre Nenders cuya existencia parecía haber sido escrita para servirlos…

y sobre Nurus que… ¿de verdad eran animales?

… mientras él sentía crecerle un nudo en el estómago, y nada de cuanto podía encontrar allí afuera encontraba espacio para competir contra esto otro que le volvía la respiración incómoda.

Así que siguió caminando, con la mirada fija en las baldosas gastadas por generaciones enteras de pisadas Numian, y dejó que los ventanales que le mostraban el mundo, las estatuas que hablaban su versión de ese mismo mundo, y toda la solemnidad envejecida del Monasterio construido para un mundo, que ahora tal vez estaba cambiando…

pasaran de largo, sin conseguir detenerlo.

Realmente no se hallaba a gusto con lo que la clase reflejó, y ya se había sentido profundamente incómodo durante el Halo en el que hablaron de las Casas de Nordaar, y con aquel alocado espectáculo que acarreó consigo… pero esta vez lo que sintió fue peor… mucho peor.

Y no porque el salón hubiera estallado de nuevo en gritos eufóricos y vítores ensordecedores… igual que esa otra vez, con los pupitres temblando bajo los golpes de puños y las gargantas aullando en coro los nombres de las Casas.

No.

Esta vez fue exactamente lo contrario.

Pues nadie habló.

Nadie interrumpió.

Nadie sonrió a gusto, ni aporreó la madera, ni se giró ningún anillo entre los dedos, con esa satisfacción ruidosa de siempre… sino que de un modo casi milagroso, nadie dejó de escuchar al profesor.

Y cada palabra que el educador soltaba, caía sobre el salón entero pareciendo que cada sílaba pesaba más del doble…

clavándose hondo, fascinando enteramente la mente de los alumnos…

como si por fin les estuvieran confirmando en voz alta, algo que ya llevaban sabiendo desde mucho antes de aprender a leer.

A todos.

Aunque no a todos.

Porque el lápiz dorado de Aeena, se había detenido apenas empezó el pasaje sobre los Numians, y permaneció inmóvil durante el resto de la clase…

algo que Denion, sentado apenas un banco más adelante, notó antes que cualquier otro gesto y sin necesidad de girarse por completo, porque conocía demasiado bien el sonido de aquel lápiz…

incluso le pareció que al alumno de lentes, los ojos se le escapaban y regresaban al pupitre sin descanso, y el chico que se sentaba a su lado, directamente no apartaba la vista de esa madera gastada…

y lo más extraño fue advertir que Brono, con toda su espalda ancha a cuestas, permanecía inmóvil en una rigidez excesiva, propia de quien pone su voluntad solo en no mover ni un solo dedo.

Nadie habría notado nada de esto si no hubiera estado buscándolo…

y Denion buscaba… buscaba rostros distintos entre esos otros rostros absortos…

fascinados por lo que el profesor decía acerca de ellos…

pero esta vez lo hacían envueltos en un silencio, que golpeaba más hondo que cualquier clamor y que cualquier estallido de júbilo, y aquello le resultaba mucho más perturbador…

que el mayor de los griteríos que hubiera podido llenar el salón…

y aunque no habría sabido explicar qué esperaba encontrar exactamente, cada rostro distinto que hallaba, le devolvía la certeza de que no estaba completamente solo en esto.

Y todavía caminando por esos pasillos rumbo a su habitación, se apartó el pelo de la frente con ese gesto de siempre, a pesar de que ningún mechón se hubiera movido realmente.

Y luego otra vez.

Y después una tercera vez sin darse cuenta… el leve temblor de sus propios dedos rozándole la piel, le hizo notar cuánto le estaba costando mantener quieto eso que parecía habérsele despertado por dentro, y que no daba la menor impresión de querer volver a dormirse.

No le faltaba mucho para llegar a su pequeño lugar dentro del gigantesco monasterio…

tan solo recorrer unos pocos pasillos y tomar un par de recodos…

pero el recuerdo de la clase seguía persiguiéndolo, arrastrándolo una y otra vez hasta el instante preciso en que el profesor comenzó a leer en voz alta el pasaje sobre los Numians, y le pareció descubrir algo extraño en aquella mirada profunda, algo que se detuvo un instante de más sobre la clase antes de volver al libro…

porque esa voz siempre firme, siempre segura de cada palabra que pronunciaba frente a la clase, tropezó apenas…

fue una fracción de instante, casi nada, un aliento perdido entre dos frases…

pero Denion lo notó, pues siempre notaba esas cosas, y vio cómo la mano del profesor abandonaba el libro durante un respiro, para buscar el broche triangular que llevaba prendido al cuello, apretándolo entre los dedos…

y luego el gesto desapareció tan rápido como había llegado, y la voz regresó a su cauce firme y nadie más en el salón pareció advertir nada extraño…

nadie, salvo él… bueno, y seguramente Aeena…

cuyo lápiz ya se había detenido incluso antes de que la mano del profesor buscara el broche, como si a ella no le hubiera hecho falta ese tropiezo en la voz…

para ya saber que algo así iba a ocurrir.

Aunque seguramente esta percepción fue solo una mala interpretación de su parte…

ya que los Numians no dudan acerca de estas cosas, pues la superioridad de la raza no se discutía, sino que simplemente existía igual que un hecho inamovible…

igual que las inmensas montañas y los acaudalados ríos…

o al menos eso repitió rotundo para sí mismo, con la misma cadencia mecánica con la que memorizaba las características de las Casas, sin que la afirmación pareciera exigirle más esfuerzo que recordar el nombre de un blasón…

salvo que esta vez… su mandíbula se apretaba por sí sola, obligando a la afirmación a sonar mucho más firme de lo que él mismo alcanzaba a sentirla…

esa misma mandíbula que sin que él lo notara del todo, llevaba apretada desde que la voz del profesor había tropezado.

Y con ese pensamiento todavía atravesado en la garganta, empujó la pesada puerta de madera de su habitación, dejando que el chirrido habitual de las bisagras lo recibiera como lo hacía cada tarde… y pareciendo que el propio Monasterio llevaba, de algún modo, la cuenta silenciosa de sus regresos.