Castillo Gris #4
Sabiendo perfectamente lo que encontraría en la cima, el chico comenzó a levantar la mirada y a perseguir con los ojos la altura de la Torre Campanario, aunque trastabilló y casi cayó de espaldas…
pero aun así no abandonó su empeño, intentándolo de nuevo apoyando apenas los talones en el suelo y buscando un equilibrio distinto, para lograr alcanzar con la vista esa lejana cúspide cónica…
que al mismo tiempo parecía perforar el cielo con su punta y resistirse a ser mirada de frente, y que tenía el grandísimo honor de albergar a la bellísima Octaviana Plateada…
sin embargo, a pesar de llegar incluso a ponerse en puntas de pie, desde el lugar donde se encontraba no hallaba manera alguna de distinguirla.
Por supuesto que conocía cada mínimo detalle de esta famosa campana…
porque Landion no paraba de contar sobre la misma con una fascinación tan contagiosa, que Ictus terminó transformándose en un fanático de la misma, y luego Albius también cayó presa de su belleza, cuando los escuchó hablar de ella una tarde, en la que se lanzó en una carrera directa hacia la cabaña del Maestro, hasta encontrarla en una página brillante luciéndose con todos sus detalles, y desde ese momento no necesitó que nadie se la contara…
pues esta extraordinaria pieza sonora fue forjada íntegramente en plata, y adornada con exquisitos labrados cincelados a lo largo de toda su superficie, y resultaba ser más grande que una cabaña entera, tal como su padre le había confirmado…
y constituía una obra extraordinaria, nacida del talento de los maestros artesanos del Reino de Dolania, la cuna del arte en las tierras de Albynia…
que fue encargada por el Rey Apolonion para honrar el nacimiento de su primogénito Octavien…
y que dentro de pocos Halos, hará oír su imponente melodía por primera vez en su historia, en el instante preciso en que el Príncipe sea investido Regente del Reino de Nordaar…
tal como lo dictaba la antigua y sagrada tradición.
Pero la Torre Campanario no custodiaba únicamente esta joya ilustre, y cuando el chico de Gevas bajó resignado la vista al no conseguir ver la campana, luego de su intento número mil, notó que la torre también albergaba las amplias barracas de los miembros de la Guardia del Heredero…
y recordaba esto gracias también a aquellas largas charlas con Landion, cuando este aún soñaba con vestir el uniforme de Legionario, y que por esto mismo, conocía hasta el último detalle de cualquier cuerpo armado de Nordaar…
entonces le contó a él y a Ictus, que los integrantes de esta Guardia, eran conocidos en toda Albynia con el apodo de Guardias Grises…
y eran un cuerpo de elite tan reducido como temido, pues no cualquiera podía vestir ese penacho celeste, y se decía que por cada Guardia Gris que finalmente juraba, cientos o incluso más, quedaban en el camino…
descartados por la más mínima grieta de duda, por el más leve titubeo frente al peligro, y quienes finalmente lo conseguían, portaban ese célebre sobrenombre con un orgullo silencioso…
mientras existían dispuestos a entregar sus espíritus, sin vacilación en sus espadas ni ceremonia alguna, con tal de glorificar el juramento insobornable que los sostenía.
Aquel juramento que se leía en esa sagrada oración cincelada con refinada grafía en la Octaviana Plateada, que Albius prácticamente conocía de memoria de tanto leerla en unas páginas brillantes, y que indudablemente resonaba cada vez que los Grises la proclamaban con las gargantas enrojecidas, al consagrar su lealtad absoluta al Príncipe Heredero de Nordaar…
esa proclama que defendían con el acero de sus espadas de doble hoja…
que amparaban con la resistencia de sus escudos bruñidos…
y que grabada a fuego en sus corazones, continuaba gritando incluso cuando sus labios permanecían en silencio…
¡Por el Príncipe Octavien, el honor ante todo!
Al fin luego de retroceder unos cuantos pasos, Albius consiguió ver apenas la inmensa campana, por entre las columnas del campanario…
y recordó a su padre, allá en el ahora lejano Gevas, cuidando en soledad aquella cabaña que sin duda le había quedado demasiado grande…
y por supuesto, recordó también a su madre…
que se había marchado antes que él, huyendo en la noche para escapar de los Custodios de la Fe.
Y ya los extrañaba con locura…
A su padre, con sus manos que nunca paraban de moverse.
A su madre, con sus besos que ahora entendía.
Y mirando fijamente a la Octaviana Plateada en esa lejana cúspide… recordó la promesa que hicieron con su madre.
Cuando la veas, piensa en mí.
Te amo, amá , pensó tocando el broche de su alforja. Te amo .
Entonces una voz lo devolvió al patio de golpe.
—Desde lejos se ve mucho mejor, Albius. Desde aquí no podrás percibirla en todo su esplendor. —dijo Tarsius, para sorpresa del sobrino del capitán.
Quien giró hacia el origen de las palabras, y se encontró con el Oficial de Castillo de pie a pocos pasos de él… quien se presentó con rapidez ante la mirada intrigada y todavía maravillada del chico de Gevas.
—Hola Albius, soy Tarsius, amigo de tu tío.
Podría subirte a mis hombros para que veas la campana…
—se llevó los dedos a la boca, pensativo—.
Pero mejor ven conmigo —señaló enseguida, levantando el dedo índice como quien acaba de pensar una mejor decisión—.
Tu tío ya me ha retado bastante por hoy.
Te llevaré a su oficina. Es que no hay tiempo que perder.