Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Castillo Gris #3
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Castillo Gris #3

—Es una historia muy antigua —le respondió Daleeio, igual que quien cierra una puerta porque no puede mostrar lo que hay detrás, ni bien Albius le preguntó qué significaba aquel dibujo.

El chico se encontraba parado en medio del Patio de Armas, sintiéndose diminuto entre tanta inmensidad… para él… que apenas conocía el mundo más allá de los límites de Gevas, todo lo que se manifestaba ante su pequeño cuerpo, lo enfrentaba a una escala que le costaba asimilar.

Y lo primero que lo maravilló fue darse cuenta de que las murallas no solo eran altas, sino que trazaban una precisa forma hexagonal que encerraba el patio desde todos los ángulos, como si el castillo mismo hubiera sido diseñado por manos que no dejaban librado al azar, ni siquiera la geometría de sus propios muros…

porque el Castillo Gris no imponía solamente por su tamaño, aunque de sobra lo tenía…

sino por esa sensación de que cada piedra colocada, cada ángulo trazado y cada atalaya fortificada, respondía a un propósito calculado…

pues la importancia real de custodiar al Heredero de un reino, no admitía el mínimo descuido…

y además las murallas estaban atestadas de pasarelas por donde los arqueros vigilaban sin descanso, y en cada uno de los seis vértices del hexágono se alzaba una torre esquinera, vigilando el horizonte hasta donde alcanzaba la vista…

y desde cada una de esas alturas, colgaban orgullosos sobre pulcros mástiles de plata, los estandartes del Príncipe de Nordaar, repitiéndose una y otra vez alrededor de todo el perímetro, como si el Castillo entero quisiera recordarle a cualquiera que se acercara, quién sería el futuro dueño de estas tierras…

y no solo se veían en las torres… sino también a lo largo de cada tramo de muralla, donde ondeaban más estandartes menores, atados a postes también de plata clavados entre las almenas, hasta multiplicar el símbolo del Príncipe Octavien de tal modo, que resultaba imposible mirar hacia cualquier punto del Castillo sin toparse con esa estrella y esa corona de ocho puntas…

y también de tanto en tanto, ondeaban las respetadas telas de la Guardia del Heredero, que no flameaban allí igual que un simple adorno cortesano…

sino a la manera de una advertencia silenciosa, resonando junto con ese juramento de lealtad absoluta, que cada Guardia Gris portaba en la sangre y que se manifestaba en esos escudos protegiendo a esa venerada corona.

Pero luego lo maravilló el establo, como no podía ser de otro modo…

porque allí podían contarse no menos de treinta azylinos, cada uno tan imponente como el que lo había traído…

con algunos pastando con tanta tranquilidad, que a Albius le pareció una actitud casi ofensiva, ante el que lo había traído por más de doce intensos Pulsos sobre su lomo, y otros siendo acicalados por trabajadores que seguían una rutina diaria, que dejaba en claro que estas criaturas con sus escamas resplandeciendo bajo la luz de los faroles, no eran una rareza en este lugar…

sino parte del paisaje de cada Halo, igual que algo tan común a los cuervos costeros en el patio de su cabaña en Gevas…

y de pronto un molesto cosquilleo en sus piernas le recordó que debían seguir moviéndose…

y pisoteó un par de veces la tierra hasta levantar algo de polvo.

Junto al establo, la armería hervía con un intenso trajinar…

con decenas de guardias transportando largas cajas hacia carromatos que aguardaban en fila, en las que Albius llegó a ver marcas de quemazón con la forma de espadas en algunas, y escudos en las otras…

y los brazos de los legionarios se movían con una destreza tan natural, que parecía que volver sencillo el trabajo pesado fuera parte de su entrenamiento…

y el cargamento terminaba acomodado sobre esos grandes vehículos de madera, tirados por verdosos caballos de tiro de anchas patas y cuerpos macizos, que tan bien conocía de su pueblo, y que de tan pesados que eran, el suelo mismo cedía por momentos bajo sus cascos…

y una vez repletos con varias pilas de al menos cuatro cajas, abandonaban el castillo con rumbo a lo que parecía ser el puerto, y hacia un propósito que el chico desconocía…

y ninguno de los legionarios que pasaban en esos carromatos, levantó la vista hacia él ni una sola vez, como si un chico de nueve Llamas parado en medio del trajín, fuera simplemente otra parte de ese paisaje…

igual que los postes con faroles clavados en la tierra.

Un poco más allá, los inmensos almacenes de la fortaleza lo dejaron con la boca abierta, pues estaban abarrotados de enormes sacas de arpillera colmadas de hierbas secas y cereales dorados, toneles rebosantes de vinos espesos y licores ambarinos apilados hasta rozar las vigas, y canastos desbordantes de verduras que parecían recién arrancadas de la tierra…

al lado de ruedas de quesos de aromas punzantes, que no eran solo de Darinia, junto con largas tiras de carnes secas conservadas en salmuera, colgando de ganchos oxidados, por arriba de fardos de gruesas telas apilados uno sobre otros…

el chico, ¡jamás había contemplado semejante abundancia de víveres juntada en un solo lugar!

… porque comparados con aquellos pequeños almacenes de Gevas en los que él siempre se colaba de niño para robar algunas zanahorias, y de los que dependía el pueblo entero cuando llegaban las tormentas y las barcas no atracaban, y además los caminos se cubrían de nieve espesa, estos de la fortaleza parecían pertenecer a otro mundo…

y por lo que logró calcular a simple vista gracias a esos portones abiertos…

todos los víveres de este Castillo Gris, alcanzarían al menos para alimentar a Gevas entera, ¡durante dos inviernos completos!

Y entonces llegó a sus ojos la herrería…

que no se parecía en nada a aquel pequeño edificio de Grouto en Gevas, donde los golpes llegaban espaciados y conocidos, casi como una voz familiar…

ya que aquí se derramaban en un incesante torbellino de sonidos metálicos, que por momentos parecían intentar construir alguna forma extraña de música, aunque la ilusión se deshacía enseguida, porque el tan, tin, ton, tan, tin, tin, ton, tan, tin, ton, tan, tin, tin…

irrumpía una y otra vez fuera de todo compás reconocible, convirtiendo la escucha en algo casi insoportable… ton, tan, tin, ton…

La molestia en sus oídos crecía sin descanso…

tan, tin, ton, tin… pero en el instante en que Albius levantó los ojos y descubrió aquella estructura elevándose por sobre todo lo demás…

tan, tin, tin, ton, tan… olvidó en un relámpago que sus tímpanos llevaban un largo rato implorando un poco de silencio.

Pues en el centro del Patio de Armas, con su entrada alineada justo frente al establo, y rodeada de Faroles Luminares colgados en filas a lo largo de sus paredes, que no solo no producían aquel crepitar ni el humo de las antorchas…

sino tampoco ese calor que el chico esperó sentir, ni bien pasó la mano con cautela cerca de uno colgado a un poste clavado en la tierra, temiendo que la luz pudiera quemarlo igual que una llama…

pero en el que no encontró calor alguno…

solo una claridad serena, que iluminaba el Castillo con una paciencia que las llamas jamás podrían sostener…

se erigía una torre redonda tan ancha como cuatro calles de Gevas, y tan alta como treinta legionarios parados uno sobre otro, provista de numerosas ventanas que bañaban de luz su amplio interior y coronada por una cúspide de forma cónica, destinada a cumplir la doble función de puesto de vigía y cuna del campanario.

Y desde donde Albius estaba parado, el viento que se colaba entre sus ventanas producía un silbido profundo, como si la torre respirara…

dándole al chico la sensación de que se enfrentaba a algo tan descomunal que llegó a pensar que esa misma Torre Campanario era sin lugar a dudas, ¡la más inmensa del mundo!

… una certeza que solo le durará por un par de Halos, cuando descubra cuán inocente había sido al suponerlo…

es que para su razonamiento aún infantil, esta torre que presenciaba, ¡sencillamente no cabía en sus pupilas!

… y pensaba decirle esto mismo a Ictus, con esas mismas palabras, apenas vuelvan a encontrarse.