Castillo Gris #2
Pues no solo el aire de repente comenzó a oler a piedra vieja y a esa humedad de lugares donde nunca penetra el sol…
sino que además comenzaron a cabalgar en cercanías de ruinas antiguas que exudaban frialdad, de accidentes geográficos que apenas alcanzaba a nombrar, y de monumentos que parecían cargar sobre sus piedras historias más viejas que el propio reino…
y unos lugares que únicamente conocía por el mapa que le había pintado su madre, por aquellos viejos relatos escuchados en esa galería celeste con el tono pausado de un viejo Pauro, que parecía conocer cada historia del mundo…
o por alguna ilustración perdida en uno que otro libro del Maestro Elonio…
pero algunos de ellos, algunos de esos sitios con estatuas extrañas de un mármol oscurecido por la noche, o con estructuras puntiagudas apuntando al mismísimo cielo…
¡ni siquiera sabía bien qué representaban!
… y todos estos… al menos por quién sabe cuánto…
quedarían sin un nombre que ponerles, y convertidos en recuerdos prendidos de su primer viaje desde Gevas.
Y en algún punto entre una ruina y las que seguían, y sin que él mismo lo notara del todo, los ojos empezaron a pesarle…
y entonces apretó el pañuelo azul contra el pecho una última vez, como quien cierra una puerta antes de dormir…
y allí el caballo índigo resopló con un sonido que sonó a «Cansancio»…
aunque él no supo si lo había pensado o lo había dicho alguien…
y los ojos se le cerraron solos, perdiéndose así el momento en que cruzaron el Puesto Norte Gris, y haciendo que enseguida el Guardia Gris sintiera aflojarse el peso contra su espalda.
Albius había cumplido al fin su sueño de conocer un azylino, y todavía sentía en la palma el recuerdo de esas escamas resplandecientes, y la experiencia vivida le dejó algo que ninguna fantasía suya había logrado anticipar…
pues le regaló el sentir el peso real de la bestia latiendo viva bajo su propio cuerpo…
pero este Halo todavía le guardaba un asombro más…
uno de esos que nunca avisan… de esos que simplemente aparecen delante de uno y lo dejan con la boca entreabierta, antes de que el cuerpo alcance a reaccionar…
porque nada, nada en absoluto de lo que el chico había leído en incontables páginas, escuchado alguna vez o soñado a lo largo de sus nueve Llamas de vida, lo había preparado para hacerle frente a los magníficos griharas.
Ahora al fin ya se encontraba dentro del Castillo Gris, y permanecía por completo obnubilado por todo aquello que la roca era capaz de levantar…
y lo primero que lo aplastó fue el tamaño de esas altas murallas de piedra, que culminaban en pasarelas entre paredes de roca, pareciéndoles tan gruesas como el ancho de una callejuela de Gevas, y desde su pequeña mirada poseían un aspecto temible, repletas como se encontraban de guardias que vigilaban cada rincón desde esa ventajosa altura…
y enseguida notó que la ancha entrada se hallaba rematada con unos solemnes arcos de piedra, muy parecidos a esos dibujos que el Maestro Elonio le mostraba cuando hablaba de la arquitectura Nordaara…
y por debajo, se aferraban de los muros dos sólidos portones de hierro fundido y madera reforzada, que en esos momentos estaban abiertos de par en par.
Pero lo que lo detuvo de verdad fue la luz.
La intensidad de todos esos Faroles Luminares que derramaban ese brillo inmutable y cálido sobre la piedra, que lo envolvió de un modo que jamás había sentido…
asombrando a Albius que solo había contemplado ese resplandor dibujado en libros, si es que algo así podía dibujarse, pero que jamás imaginó tan sereno…
tan distinto del de esas antorchas de Gevas, que sin descanso parpadeaban humeando, con ese ardiente olor a aceite de Balee quemado…
y unos faroles que no solo iluminaban el aspecto impenetrable del Castillo…
sino también las inexpugnables empalizadas de troncos cruzados que protegían la periferia de los muros.
Junto a todo esto se encontraban lo que le parecían un sin número de aquellos Guardias Grises, que había visto grabados en muchos libros sobre las legiones, con sus pecheras grisáceas ajustadas al cuerpo sobre el uniforme del mismo color, y sus yelmos coronados por el alto penacho celeste…
llevando esas famosas espadas dobles firmes a sus costados, y el símbolo de la Guardia del Heredero bordado con orgullo sobre cada capa, mientras portaban anchos escudos de defensa, donde ese mismo emblema volvía a imponerse, aunque coloreado sobre el metal sellando un juramento…
y Albius no pudo evitar notar que ninguno parecía cansado, ni mucho menos distraído, como si el uniforme gris llevara consigo una promesa que iba más allá de la carne…
y sus pisadas resonaban acompasadas contra la piedra, en un ritmo constante que parecía formar parte del Castillo mismo…
mientras algunos se relevaban en las pasarelas con gestos automáticos, sin una sola orden gritada, sin una sola mirada de más…
solo colmados de movimientos ensayados tantas veces que ya no necesitaban pensarse, y otros permanecían inmóviles igual que estatuas de acero, sin dejar que nada les quebrara esta disciplina absoluta…
y de cuando en cuando, se oía el chirrido metálico de una espada siendo revisada, o el crujido de una bota bajando o subiendo escalones, sumándose sin piedad al rumor constante de un patio que nunca dormía…
y Albius no pudo evitar sentir que cada uno de esos ojos lo seguía…
aunque en realidad, ninguno se molestaba siquiera en mirarlo…
con la excepción de un solo par de ojos, que desde lo alto de una torre esquinera, se detuvieron en él un parpadeo de más antes de volver a la vigilancia constante, llenándose de alivio al ver a ese chico de Gevas allí…
porque la Guardia Gris no vigilaba por obligación…
sino porque cada uno de ellos sabía perfectamente, que un solo instante de descuido podía costarle la vida al Príncipe que juraron proteger.
Y todo esto le hizo recordar el momento en que vio el Castillo Gris surgir impetuoso sobre la colina, apenas despertó del sueño mientras cabalgaban hacia este un rato antes, emergiendo así por entre la espesura de los árboles del bosque, y haciendo que algo en el pecho de Albius se contrajera ante una tremenda majestuosidad, que por latidos le resultaba asfixiante…
pues los Cristal Dorados suspendidos a lo largo de las murallas, bañaban cada palmo de piedra con una claridad dorada, haciendo que la fortaleza semejara un sol erguido en mitad de la negrura…
favorecido además por la ausencia de las nubes y de los rayos que los habían acompañado durante casi todo el viaje, pues el cielo en este paraje desde hace largo rato ya se extendía oscuro y con esa profundidad de la nada misma…
y algo en el chico que había estado tenso durante todo el viaje, se alivió por un instante.
Allá arriba sobre la colina de pasturas frondosas, con todos los estandartes flameando bajo el viento nocturno, el Castillo Gris imponía la inconfundible sensación de que lo controlaba todo…
y la Torre Campanario rozando casi el firmamento, dejaba perfectamente en evidencia quién era el amo y señor de las tierras de la periferia…
incluso hasta podría decirse… si uno se dejaba arrastrar por la impresión que provocaba su presencia…
que anhelaba extender su dominio por el vasto mundo continente.
Albius descendió del azylino con una considerable ayuda del jinete gris, pues sus piernas casi habían olvidado cómo funcionar…
y mientras el chico intentaba volver a sentir un mínimo de control sobre sus propios miembros, al legionario no dejaba de darle vueltas en la cabeza lo insólito que resultó esta misión…
ya que jamás imaginó que terminaría con los músculos molidos en una cabalgata relámpago, para buscar al sobrino del recién titulado Comandante Marnus y traerlo hasta el Castillo Gris…
aunque igual que el Oficial Tarsius, comprendía que este asunto no admitía ni un parpadeo de vacilación, porque sin lugar a dudas la sangre de Marnus y los suyos era su misma sangre, y protegerse los unos a los otros era una cuestión de supervivencia.
El cumplir con la asignación fue agotador en extremo, consumiéndole casi veinticuatro Pulsos entre la rápida ida y el tenso regreso… por lo tanto, el jinete gris ya comenzaba a saborear por adelantado la idea de un humeante estofado de cerdo, y un mullido colchón que acogiera su merecido descanso.
—Mueve las piernas y pisa fuerte —le dijo a Albius, y el chico comenzó a obedecer mientras se apoyaba sobre el azylino, sin dejar de disfrutar el roce agradable de esas suaves escamas índigo bajo las manos…
a la vez que sus ojos se mantenían abiertos enormes, incapaces de decidir dónde posarse entre tanto que lo asediaba.
El jinete gris era un Nender joven, de unas veinticinco Llamas…
y pertenecía al reducido grupo de legionarios en quienes Marnus depositaba su confianza más absoluta, siendo esta precisamente la razón por la cual había sido elegido para la sigilosa misión…
su nombre era Daleeio y apenas se bajó la capucha y se quitó el yelmo coronado por el alto penacho celeste, que el viaje bajo la lluvia y la capucha misma dejó caído sin gracia, apareció una larga cabellera negra apretada en una especie de trenza, además de un tatuaje circular con una especie de «V» invertida en el centro, grabado bajo la oreja izquierda…
y Albius conocía de la existencia de estos dibujos hechos en la piel, pero jamás había contemplado uno en persona, de modo que la expresión de curiosidad que le atravesó el rostro, resultó imposible de ocultar…
haciendo que el jinete gris llevase su mano instintivamente hasta acariciar la marca bajo la oreja.