Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Castillo Gris
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Castillo Gris

La Guardia del Heredero

Castillo de la Guardia del Heredero de Nordaar

Albius abrió los ojos de golpe cuando el azylino comenzó a aminorar el paso, y tardó un instante en entender dónde estaba, pero cuando lo entendió… ¡no podía creer que se estuviese acercando al famoso Castillo de la Guardia Gris!

Y era la primera vez que el chico se encontraba tan lejos de la provincia de la Casa Lareon y dentro de los dominios de la Casa Desarius…

ese nombre que el Maestro Elonio pronunciaba siempre con una mesura particular, como quien menciona algo que merece respeto antes que admiración…

y Albius no sabía muy bien qué sentir al estar parado sobre esa tierra, si el asombro que le abría el pecho o algo más parecido al vértigo…

y por supuesto, también era la primera vez que se hallaba sin la compañía de sus padres…

sin la voz de su madre diciéndole algo… sin la mano de su padre apoyada en su hombro…

y el Castillo de la Guardia Gris se alzaba alrededor de él con una indiferencia monumental…

sin saber ni mucho menos importarle, que para ese chico de Gevas…

cada piedra de sus muros era la primera piedra que conocía de un nuevo mundo desconocido.

El último Halo con el Maestro le dejó muchas enseñanzas, aunque muy a su pesar por cierto…

porque animales, durante esas últimas clases, no mencionó ninguno…

y así y todo, algo de todo aquello fue quedándose adherido en algún rincón, sin que él supiera bien dónde…

como ocurre siempre con las cosas que se aprenden sin querer.

Claro que aún le quedaba muchísimo por aprender, y el Maestro lo sabía mejor que nadie…

y quizá por eso mismo, la última tarde antes de que partiera, el viejo se despidió con esa mirada quieta que parecía calcular en silencio, todo lo que ya no habría tiempo de decirle…

y solo al final, cuando Albius ya tenía la alforja colgada al hombro y un pie afuera de la cabaña…

el Maestro le apoyó una mano en la cabeza, dejando por un instante esos dedos quemados que el chico sentía cálidos como las brasas de propio mismo hogar, y después de una larga pitada a su cigarro de celentina, le dio un último consejo con esa voz rasposa que sonaba a una firme orden, aunque dijera lo contrario.

—No olvides los apuntes y repasa todo mientras navegas —le había dicho, con esa calma con la que decía las cosas importantes—. ¡Pero léelos! Cada hoja. Dos veces en lo posible. Porque cada Pulso en el que no estudias, es un Pulso que el mundo de afuera te lleva de ventaja.

Y en ese mundo de afuera fueron algo más de doce Pulsos de cabalgata, y las piernas de Albius estaban por completo entumecidas…

porque doce Pulsos sobre el lomo de un azylino no eran doce Pulsos sobre el lomo de cualquier caballo…

y el chico lo comprendió desde el primer tramo, cuando el jinete hizo arrancar a la bestia con una potencia que le aplastó el aire en el pecho, y lo dejó preguntándose si sobreviviría al viaje antes siquiera de llegar a destino…

porque el azylino no flaqueó ni un instante, sosteniendo esa velocidad imposible con una regularidad ofensiva para un equino normal, como si doce Pulsos de galope fueran para él poco más que un paseo matutino…

pero en algún momento entre los primeros Pulsos, Albius aprendió a disfrazar el miedo de asombro…

o quizá simplemente se inundaba de una fascinación a la que elegía entregarse, entre los momentos de pánico contenido que aparecían bajo cada aceleración…

y bajo la enormidad de sentirse solo en un mundo desconocido…

mientras el jinete gris avanzaba en silencio, con esa rigidez de quien cumple una misión que no admite distracciones…

y Albius terminó interpretando esa mudez, como la señal de que no había nada que decirse entre un legionario y un chico de Gevas, que ni siquiera sabía muy bien qué hacía ahí…

aunque de tanto en tanto el jinete aflojaba apenas las riendas, cuando sentía que Albius se tambaleaba, o ajustaba el ángulo de su capa, para cubrirlo un poco más de las gotas…

porque proteger al sobrino de Marnus no era solo una orden, era parte de la supervivencia misma…

y aun así el frío se le colaba al chico igual entre las mantas mojadas, haciéndolo tiritar con una insistencia que la velocidad del galope no hacía más que empeorar, a la vez que se aferraba con fuerza el pañuelo azulado contra el pecho buscando el calor allí…

y cuando el jinete gris se detuvo por fin en medio del Patio de Armas del Castillo de la Guardia del Heredero, el chico de Gevas sintió que sus extremidades inferiores ya no ocupaban el lugar que les correspondía, de tan adormiladas que las llevaba cosidas al cuerpo.

La travesía fue dura, pero gracias al azylino el viaje duró apenas la mitad de lo que habría tomado normalmente, y Albius…

que durante esos Pulsos pensó en muchas cosas, ningún pensamiento le duraba tanto, como los que dedicaba a esa increíble criatura que lo transportaba…

asombrado en cómo algo tan grande podía moverse con tanta precisión, en cómo las patas no tropezaban nunca aunque el camino se volviera irregular, en cómo la respiración del animal se mantenía pareja incluso en los tramos más exigentes…

y se prometió que en cuanto pudiera, le preguntaría al Maestro…

aunque el Maestro Elonio ya no estaría dándole clases…

y esto le cayó encima con una fuerza que le cerró la garganta, justo en medio de aquel galope…

en medio de esa intensa lluvia que le calaba por demás el corazón.

Durante el viaje los movimientos de rienda del jinete gris incitando al azylino a correr, parecían revitalizarle la sangre de cada uno de sus músculos, y entonces el animal aceleraba con la furia del mismísimo viento, sacudiendo una potencia que a Albius le subía desde las piernas hasta la nuca, igual que si cabalgara sobre algo más cercano a una tormenta que a una bestia…

dejándolo completamente fascinado por esas miles de escamas resplandecientes, que las gotas convertían en destellos índigos, cada vez que el azylino quebraba la lluvia con su carrera…

sorprendiéndolo por lo extraordinariamente bien entrenados que estaban…

sin imaginarse por cierto, que en un Halo que aún pertenecía a un futuro bastante lejano, llegaría a forjar un vínculo muy profundo con uno de ellos.

Albius todavía recordaba la experiencia maravillosa de atravesar por primera vez el Puente de las Columnas Blancas, pues fue casi la sensación de internarse en un pasaje espectral, donde la tormenta levantaba figuras fantasmagóricas con las volutas de vapor que nacían de entre las columnas blancas, hasta deshacerse un instante después…

y donde Albius sintió un breve pánico, cuando el azylino aceleró al pasar justo bajo un arco, sintiendo de nuevo ese aplastamiento en el pecho, que le recordaba que esa criatura podría destrozarlo simplemente con su velocidad…

pero a medida que el Puente quedó atrás, el miedo se disolvió nuevamente en fascinación…

y apenas cruzaron el río Iggton, comenzaron a cabalgar entre oscuras llanuras y tupidas siluetas boscosas que escoltaban el camino…

con los ojos de Albius no alcanzando a seguir todo lo que el galope le ofrecía, y se sorprendió queriendo que el viaje se alargara solo un poco más.

—¡La Montaña Helada! ¡La Montaña Helada! —le gritó al Guardia Gris, en cuanto la descubrió dibujada sobre aquel muy lejano noroeste… y reconoció la región por la que circulaban de inmediato, gracias a aquellos tres trazos firmes, con los que su madre la había marcado en el mapa de su habitación.

Un jinete que luego de recuperar el oído que los alaridos del chico le habían arrebatado… ¡le exclamó que por favor no volviera a aullar tan cerca de su oreja!

Pero la emoción de Albius por ver esa cumbre cubierta de nieves eternas, que ya dijimos que en aquel momento, parecía arder bajo el reflejo de los cientos de rayos que electrificaban el firmamento, y a cuyos pies se extendía aquello que su madre dejó fuera del mapa…

un lugar atroz cuya existencia Albius todavía ignoraba…

y que justamente gracias a esta ignorancia, todo cuanto su mente infantil llenaba al contemplar esa Montaña Helada, era la certeza maravillada de que esas gigantescas moles de roca constituían la cuna misma de los Dragones Escarpados…

¡y solo con eso ya quería gritárselo al cielo entero!

… y le arrancó por un instante, esa soledad contenida que había disfrazado de asombro, y con la que había viajado desde que dejó su cabaña, hasta convertirlo en ese chico de siempre…

enteramente consumido por la pasión hacia los animales.

Gevas nunca llegó a ofrecerle a Albius mucho más que el mismo pueblo de pescadores de siempre, con ese olor a sal y barro mojado que se pegaba hasta en la garganta, y las mismas calles que ya conocía de memoria, rodeadas de un valle que se dormía entre monótonas montañas…

y si algo lo mantenía despierto entre tanta rutina, eran las criaturas que encontraba por esos paisajes de tanto en tanto…

así sea una ardilla de doble cola cruzando el camino, o una banelaa trazando espirales en el cielo…

y por esto mismo, cada paisaje con el que se encontró una vez atravesó el Puente de las Columnas Blancas, era una revelación que le entraba por los ojos más rápido de lo que podía digerirla.