Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) El Mil Espadas #3
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El Mil Espadas #3

Por eso ni bien recibió el pergamino de Cassius, y los rumores comenzaron a correr misteriosamente apenas este Oficial salió de su oficina, convocó a todos los Grises del castillo en formación…

para prohibirles expresamente que lo llamaran Comandante, con el fundamento de que dicho cargo revestía carácter estrictamente temporal, que su rango efectivo continuaba siendo el de Capitán de Castillo, y que en consecuencia así debían tratarlo.

Pero Tarsius disfrutaba demasiado de esta situación, y siempre abusaba de ese humor que no podía contener aunque luchara por lograrlo…

además de que por nada del mundo se perdería esta oportunidad única…

y por detrás reunió a cada uno de los legionarios del castillo, con esa cara de seriedad absoluta que usaba cuando estaba a punto de decir algo completamente gracioso…

gracioso para él por supuesto… y les dijo claramente…

«El protocolo es el protocolo, hay que llamarlo Comandante, le guste o no le guste»…

y más de uno se quedó mirándolo sin saber exactamente a quién obedecer…

si al Capitán que les había prohibido llamarlo Comandante, o al Oficial que les recordaba lo que la Academia de Guerra les había enseñado desde el primer Halo, con respecto a que el protocolo no se negociaba…

entonces al final terminaron eligiendo al protocolo, que era lo más seguro…

y allí estaban la totalidad de los Grises del Castillo, llamándolo Comandante al menos cinco veces durante cada Halo, y así también se despidió el Encargado del Correo ante el silencio resignado de Marnus…

porque con Tarsius podía enojarse… pero con el resto no había nada que decir… el protocolo era el protocolo.

Marnus y Tarsius profesaban una gran amistad nacida en aquella lejana infancia y los unía una confianza de hierro…

endurecida además por aquel larguísimo paso del tiempo que los llevó primero a alistarse juntos como Legionarios Imperiales, y luego dejándose llevar por el destino…

o buscándolo en realidad… terminaron vistiendo la capa gris de la Guardia del Heredero.

Ambos procedían de Gevas, y sus familias llevaban generaciones enteras compartiendo un vínculo que, ni el desgaste propio del tiempo ni ninguno de esos eventos que los alcanzaron, habían conseguido erosionar…

y si alguien les preguntara cuánto tiempo llevaban de amistad…

ninguno de los dos sabría responder con exactitud… y sin dudas era mejor así.

El haberse reencontrado con Ojenes dejó a Tarsius con un mejor humor que de costumbre, y sin demora provocó aún un poco más a su amigo Capitán.

—Si supieran quién eres… el cargo de Comandante te quedaría insignificante. ¡Diste un espectáculo memorable aquella vez en el Palacio!

—¡Suficiente, Tarsius! ¡Basta de bromas! —dijo Marnus, y algo en sus ojos le indicó al Oficial que esta vez había cruzado una línea distinta a las de siempre… así que volvió al trabajo.

—Lo que usted diga, ¡Capitán Marnus! —respondió Tarsius, inclinando la cabeza con una solemnidad burlona que desesperó al Comandante Interino, y comenzó a informarle—.

El carruaje y los Griharas ya están a salvo en la bodega del Breliana, y a todos los trabajadores del puerto el Capitán Prado les impondrá el Secreto Real.

Por lo tanto, nada hablarán si valoran sus vidas.

El Capitán Prado tampoco dirá nada; lo conozco bien y sé cuánto aprecia al Príncipe.

No querrá arruinarle la sorpresa. Y por último, el Capitán de Mar Ojenes, asegura que como máximo en un Pulso debemos partir.

—No pudiste no reírte con Ojenes. Me han dicho que literalmente casi lo mataste de la risa desde la baranda.

—Los rumores corren muy rápido. ¡Maldición! —hizo una pausa, escondiendo una risa—. Aunque en mi defensa… realmente ese sombrero cada vez está peor.

—Tarsius.

—Entendido, Capitán.

—Bien. Prepara la tropa y que comiencen a embarcar todo lo necesario. Partiremos en un Pulso. Es todo por ahora —ordenó Marnus.

Tarsius ya giraba hacia la puerta, cuando la voz de Marnus lo detuvo.

—¿Sabes algo de mi sobrino?

—Lo último que he sabido es que pasaron por el Puesto Norte Gris. No falta mucho para que lleguen.

—Bien. Estamos a tiempo. Solo espero que Albius no termine convirtiéndose en un problema —hizo una pausa breve, como si el peso de lo que dijo hubiera aumentado dentro suyo—.

Sabes que hay mucho en juego, Tarsius. Sabes cuánto nos llevó lograr llegar a este maldito Halo.

Pero no tuve alternativa. No pude negarme al pedido de mi hermana.

¡Lo sabes mejor que nadie! —exclamó Marnus con ímpetu.

—¡Claro que sí! ¡Debemos proteger a Albius!

¡Sabes muy bien que solo nosotros podemos cuidarlo!

—la convicción en la voz del Oficial era absoluta, aunque una inquietud más antigua terminó por abrirse paso con la forma de una pregunta incómoda—.

¿Lo tiene? ¿Ya le han dado el jarabe? —preguntó casi en susurros.

—Creo que Cilias sospecha que lo posee. Al menos eso interpreté en sus palabras. Pero aún falta un Ciclo para que alcance la Segunda Edad, y solo entonces tendremos la certeza y ahí veremos cómo afrontar lo de la medicina —respondió el Capitán, con una resignación que no se preocupó por ocultar.

—Entiendo —dijo el Oficial de Castillo, pues no tenía sentido agregar algo más.

—Apenas llegue Daleeio, manda a Albius conmigo, y por favor ten la amabilidad de enviarle una nota a mi hermana para tranquilizarla. Si es que algo así es posible y si es que la encuentras.

El Oficial asintió y abandonó la estancia para cumplir con sus obligaciones.

Había demasiado en juego.

Y el horizonte entero, mirase uno hacia donde mirase, parecía haberse vestido de una oscuridad completa.

Entonces Marnus se quedó solo nuevamente, y el silencio de la oficina volvió a asentarse sobre él con todo su peso…

no pudiendo evitar que la mente se le fuera hacia el pergamino que llegó desde Gevas…

pero no lo afectaba el contenido… sino el tono…

porque había algo en la letra de su hermana que no era solo urgencia…

era algo más hondo que eso… algo que solo reconoce quien ha visto a alguien escribir desde el borde mismo de sus fuerzas, y Marnus sabía exactamente de qué modo escribía Cilias cuando se encontraba bien… y no se parecía en nada a esas letras.