Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) El Mil Espadas #2
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El Mil Espadas #2

El Encargado del Correo exhaló despacio… con esa mezcla extraña de fascinación y peso que ese nombre siempre le dejaba… y volvió los ojos al pergamino dado vuelta sobre la mesa, con ese sello hacia arriba que cargaba el peso de una leyenda viva.

Marnus no levantó los ojos del escritorio… pero notó aquellos ojos.

Notó el instante en que la mirada del Encargado del Correo rozó ese sello…

y supo exactamente en qué estaba pensando…

porque él mismo había pensado lo mismo, el Halo en que ese pergamino llegó…

y entonces sin darse cuenta, llevó una mano hasta el rostro y se pasó los dedos por la mejilla, en aquel gesto involuntario que se le había quedado desde hacía tanto tiempo, que ya ni siquiera recordaba cuándo había comenzado…

antes de volver a dejar la mano sobre el escritorio.

Pues ya hacía unos cuatro Halos que el Comandante Cassius había partido de la capital de manera extraña…

sin explicaciones y bajo un hermetismo tan absoluto, que ni siquiera Marnus, su hombre de mayor confianza dentro de la Guardia Gris, conocía en estos Pulsos adónde se encontraba ni qué encargo cargaba sobre esos hombros…

y esto no era un detalle menor, porque Cassius no era de los que partían sin dejar rastro…

era precisamente todo lo contrario… era el tipo de líder que dejaba instrucciones para cada circunstancia imaginable, y sin embargo esta vez…

esta vez no dijo nada sobre su partida… y esto solo podía significar que lo que cargaba era demasiado grande para siquiera ser nombrado… incluso frente a quien más confiaba.

Por eso cuando ese pergamino llegó desde Dalassia, Marnus recordaba haber roto el lacre celeste despacio, y adentro…

«El Mil Espadas» le había dejado instrucciones detalladas palabra por palabra, para cada situación posible que pudiera presentarse durante su ausencia…

y dentro se encontraba el modo exacto de proceder con los preparativos del envío del Carruaje Real del Príncipe hacia la capital…

la confirmación del arribo del navío en el Puerto del Heredero…

el modo de gestionar la llegada de las balistas destinadas al castillo…

y el trato preciso que debía dispensarse a la Legión Imperial en el muelle, para que la rivalidad de siempre no arruinara lo que no podía arruinarse…

y al final… para su asombro… las palabras le informaban sobre la cesión a él mismo de la potestad sobre la Guardia Gris al completo, y no solo la de este castillo…

durante el tiempo en que durase esa ausencia que nadie sabía cuándo terminaría.

Marnus recordaba haber llegado a esa última línea y haber tardado un momento en continuar leyendo.

Porque el Comandante Gris no abandonaba nada a la fortuna, porque claro…

él siempre le decía que no podía confiar en alguien que nunca apuesta lo propio, y que por eso jamás pierde…

aunque esto no era una virtud que Cassius se atribuía…

era algo que había aprendido con la crudeza de los golpes, porque una vez confió en ella, y aprendió exactamente lo que esto cuesta…

entonces desde ese momento que todavía le dolía nombrar, todos y cada uno de los movimientos que el Comandante llevaba a cabo, eran meditados con la precisión inflexible de quien ha sobrevivido gran parte de su vida gracias al orden…

y más aún a la previsión… porque en la experiencia de Cassius, el orden no era una virtud…

sino lo único que se interponía entre uno y el desastre…

y Marnus lo sabía muy bien, porque Cassius mismo se lo había dicho una vez, en una de esas noches largas donde se habla muy poco… pero se dice mucho.

Y junto con el pergamino venía algo más…

un segundo documento, sellado con el inconfundible lacre celeste del propio Príncipe Octavien, que Cassius le confiaba con la breve instrucción, garabateada al margen de su propia carta, de guardarlo bajo llave y no utilizarlo salvo que la situación lo exigiera…

y allí el Capitán de Castillo Marnus, ahora devenido en Comandante Interino de la Guardia del Príncipe, seguía con los ojos fijos sobre el escritorio…

y dejó marchar el recuerdo de las palabras contenidas en el pergamino de El Mil Espadas…

para luego tomar de un cajón del escritorio, una pequeña nota atada con un hilo rojo, y ordenar con rapidez:

—Envíalo al Monasterio del Conocimiento —dijo sin levantar la vista, extendiendo el documento sobre el filo de la mesa—. Ya sabes con la cautela con que debes hacerlo.

El Encargado del Correo lo tomó con ambas manos, sin necesidad de que se lo repitieran dos veces… porque no era la primera vez que un hilo rojo pasaba primero por sus dedos.

De hecho…

—Entendido, Comandante —confirmó ni bien tuvo el encargo en sus manos, pero no se movió de inmediato…

y en lugar de eso, echó un vistazo rápido hacia la puerta, tratando de adivinar que nadie entraría…

porque sabía bien que cualquier nota atada con un hilo rojo debía llegar a manos de Marnus, y a las de nadie más…

ni siquiera de pasada… y solo recién… ya tranquilo…

se animó a hablar, con esa timidez que lo caracterizaba cuando el asunto se salía de lo protocolar.

—Llegó algo rojo, Comandante.

—Dámelo —Marnus extendió la mano, con un nudo repentino cerrándosele en la garganta.

Entonces el Encargado del Correo depositó la pequeña nota sobre esa palma abierta que la exigía, e hizo una reverencia breve, casi apresurada… antes de retirarse en silencio, cerrando la puerta tras de sí con ese mismo chirrido suave de siempre.

Y Marnus esperó a que el sonido se apagase del todo, antes de dejar escapar el aire despacio…

porque a pesar de llevar ya cuatro Halos completos siendo llamado «Comandante», todavía le recorría la espalda de un modo que no terminaba de gustarle…

porque no era un título que hubiera ganado ni pedido…

sino uno que Cassius le había dejado caer encima desde Dalassia, en la última línea de un pergamino, escrito tras el mismo hermetismo extraño con el que el Comandante verdadero desapareció…

y esto era precisamente lo que más le preocupaba…

porque un Comandante no podía permitirse el lujo de derrumbarse por una nota, cuando ya cargaba sobre los hombros el peso de un Reino entero pendiente de cada una de sus decisiones…

y por eso dejó la pequeña nota enrollada con un hilo rojo a un costado del escritorio, y por un instante estuvo a punto de desatarla ahí mismo…

pero se contuvo… porque sabía con una certeza fría, que una vez abierta no habría vuelta atrás, y el Halo todavía le exigía demasiado como para permitírselo…

así que la empujó lejos del resto de los documentos, como quien aparta algo que prefiere no tener demasiado cerca… al menos por ahora.

El Comandante Interino seguía con los ojos fijos sobre el escritorio, revisando sus papeles con una atención claramente obsesiva…

ultimando uno por uno los detalles que precedían la partida del carruaje del Príncipe, y de aquellos inesperados Griharas que estuvieron a punto de derrumbarlo todo…

pues el propio heredero había ordenado mantenerlos ocultos hasta llegar a Dalassia…

y esto convirtió cada movimiento, cada directiva, y cada legionario involucrado, en un ejercicio de precisión sin margen para el más mínimo error…

porque si tan solo un imprevisto escapaba del control de sus manos, por menor que sea…

podía convertirse después en un desastre imposible de corregir…

además de que su nuevo rol no ayudaba… dado que le había volcado sobre los hombros un volumen de responsabilidades y de pormenores diminutos, que jamás había conocido en todos sus Halos de servicio.

Ya había revisado y firmado docenas de documentos distintos, algunos relacionados con las provisiones que parecían no terminar nunca, otros con el complejo embarque de maquinarias y armas de guerra, y otros con las órdenes selladas con el lacre celeste de la Guardia bajo la presión firme de su anillo, destinadas al séquito de Guardias Grises que escoltaría el cargamento hasta Dalassia, y que solo debían abrirse una vez internados en las aguas del Issipi…

y sentía la cabeza ardiéndole detrás de los ojos, y por momentos le parecía que otro pergamino más le haría estallar las sienes…

aunque ningún sello estaba mal puesto… ningún nombre se encontraba equivocado…

ninguna orden ocupaba un lugar que no le correspondiera…

porque así funcionaba Marnus aunque se le incendiara la cabeza…

y quizás precisamente él era así… porque le ardía.

Pero por fortuna, había terminado.

O eso quería creer… al ver esa cantidad enorme de pergaminos descansando ordenados sobre el escritorio…

y lo abrumaba la necesidad de que todo saliera perfecto, pues ni más ni menos que la seguridad del Príncipe heredero descansaba sobre esto, y Marnus conocía demasiado bien el precio de los errores cometidos por líderes que en algún momento…

también habían creído no haber olvidado nada.

Dos golpes secos resonaron en la puerta, mucho más bruscos que los del Encargado del Correo, arrancándolo de sus pensamientos… y antes de que pudiera decir nada… la hoja de madera se abrió de golpe con un breve chirrido, y el Oficial de Castillo Tarsius cruzó el umbral.

—Comandante…

—Vamos, ¡qué te he dicho! —a Marnus esa palabra le caía como una piedra en el estómago… porque no solo no se sentía el Comandante… sino que además le recordaba que el Comandante verdadero no estaba.