Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) El Mil Espadas
91%

El Mil Espadas

La Guardia del Heredero

Castillo de la Guardia del Heredero de Nordaar

El Encargado del Correo del Castillo Gris llegó a la puerta de la oficina, porque lo habían mandado a llamar, y golpeó dos veces antes de empujar esa puerta que siempre chirriaba suave, con esa discreción característica de quien ha aprendido a no sorprender a Marnus, llevando inmaculado su uniforme gris con la misma pechera ajustada que todo Guardia Gris portaba, junto con unos parches naranjas de su rango que llevaba orgulloso cosidos en los hombros de la capa…

y era un Nender delgado de mediana edad, con unos lentes pequeños que se acomodaba cada tanto sobre el puente de la nariz, y una postura que parecía más acostumbrada a inclinarse sobre pergaminos que a sostener una espada…

y ni bien entró, vio al Capitán de Castillo sentado en su escritorio, vistiendo sobre su uniforme gris la pechera grisácea ajustada al cuerpo, con la capa del mismo color luciendo esos amplios parches celestes bordados sobre cada hombro indicando su rango…

y tenía la capucha puesta a pesar de estar en el interior del castillo…

siguiendo esa costumbre que tanto el Encargado del Correo como cualquier otro Gris bien conocía, pues era sabido que Marnus no solo la usaba para protegerse del sol, sino también por…

bueno, no creo que muchos supieran realmente el motivo, pero este Nender siempre se mostraba de este modo, y la tela grisácea apenas dejaba entrever parte de su largo cabello negro…

aunque sus oscuros ojos inquisitivos y ese rostro de ceño perpetuamente fruncido, escapaban a cualquier intento de ocultamiento de esa capucha, y se alzaban siempre como un muro silencioso que nunca dejaba de observar e investigar sin descanso…

y el Encargado del Correo llevó unos dedos a su anillo de plata de la Guardia Gris, al ver ese igual luciendo en la mano del Capitán de Castillo con el mismo orgullo que el suyo…

si bien el de Marnus brillaba bajo la claridad de las lámparas, proyectando sobre los muros de piedra oscura, todo el peso simbólico de aquello que representaba.

La oficina era pequeña, pero lo bastante cómoda para realizar cualquier clase de labor, y se alzaba en la parte superior del campanario…

apenas un par de pisos por debajo de la Octaviana Plateada…

y lo primero que el Encargado del Correo vio al entrar, fue la sólida mesa de madera oscura, cubierta de documentos apilados con una prolijidad que luchaba constantemente contra la velocidad con la que crecía, y varias lámparas alimentadas por Luminares, cuya claridad serena permitía leer incluso los manuscritos más envejecidos…

y por detrás, se mostraban varias bibliotecas que iban del techo al piso, colmadas hasta el desorden de gruesos libros y pergaminos enrollados de todos los tamaños, junto con un ventanal que daba al Patio de Armas del castillo…

y entre esos mismos libros, el Encargado del Correo volvió a reparar con la misma sorpresa de siempre, en al menos esa docena de ediciones distintas de «¿Existió realmente el Fantasma Gris?

»… con una de ellas siendo tan vieja y desgastada, que bien podría haber sido la primera edición impresa…

aunque eso, pensó una vez más, sería una locura, ¡pues debería tener entonces más de quinientos Ciclos encima!

… y aunque la curiosidad volvía a picarle cada vez que la veía en ese estante…

jamás se había atrevido, ni esta vez tampoco, a preguntarle a Marnus por aquella obstinada fascinación que parecía sentir por ese libro en particular.

También, como cada vez que entraba allí, le llamó la atención el solitario yelmo grisáceo del Capitán de Castillo, colgando de un gancho de hierro en una de las paredes, con su alto penacho celeste ya un poco caído por el paso del tiempo…

porque jamás lo había visto en otra parte que no fuera ese gancho.

Y en la pared opuesta se lucía el enorme estandarte vertical del Príncipe Heredero, desplegando con orgullo su fondo dividido en diagonal entre el escarlata y el añil…

y sobre estos colores, se veía en un bordado celeste la estrella de ocho puntas simbolizando los puntos cardinales, y en su interior y en hilo blanco se lucía la corona de también ocho puntas, ante la que el legionario inclinó la cabeza con un honorable respeto…

y a un lado de esa distinguida tela, haciendo que el Encargado del Correo se detuviera con aquella misma intriga de siempre…

se encontraba un desgastado mapa de Nordaar, pintado con tintas de colores que apenas podían adivinarse, colgando enmarcado con un cuidado que no terminaba de encajar con todo lo demás…

y solo uno de todos los presentes en ese Castillo Gris conocía esto…

pero era una obra de su hermana, que desde niña había tenido la costumbre de pintar mapas con una paciencia y un detalle que cualquier cartógrafo habría firmado sin dudar…

y era lo único que Marnus se llevó de la cabaña familiar, el Halo en que le quitaron a sus padres, y ambos tuvieron que huir…

aunque Cilias jamás supo que lo había tomado.

Sobre el escritorio aún se mostraba ese importante pergamino dado vuelta, con el sello hacia arriba…

ese que el Encargado del Correo mismo en persona le alcanzó a Marnus unos Halos atrás…

y que había llegado con un veloz avesaurio desde Dalassia, mostrando en el lacre celeste el inconfundible Sello del Comandante de la Guardia del Heredero.

El sello de Cassius.

El sello de «El Mil Espadas».

Y solo con verlo, la mente del Encargado del Correo hizo lo que hace la mente de cualquier legionario cuando ese nombre aparece sin aviso…

y volvió a la Academia Militar… a esas primeras clases en donde los instructores hablaban del ahora Comandante Gris, con una reverencia que ningún otro nombre lograba despertar…

y el Encargado del Correo recordaba haberla sentido él mismo, ya desde el primer día que ese nombre cruzó un aula…

incluso antes de siquiera aprender que Cassius no había llegado a ese rango por política, ni mucho menos por linaje…

¡pues simplemente no era un Numian!… sino que lo consiguió a fuerza de acero, y además…

con el paso de los Ciclos… pasó aún más a la historia al convertirse en el segundo Nender, que tras más de quinientos Ciclos de castigo para los de su sangre, lograba alcanzar un rango tan elevado dentro de las Legiones Nordaaras.

Pero pronto aprendió que la Academia Militar enseñaba solo la superficie…

porque la leyenda profunda de Cassius la escuchó en las tabernas…

donde decían que el apodo de «El Mil Espadas», no había nacido del entusiasmo exagerado de copas colmadas de sidras de pera…

sino porque había quienes juraban que tan solo ese hombre, valía más que mil espadas juntas…

¡incluso los más borrachos gritaban que millones!

… porque hubo una batalla… una infame batalla durante la nefasta Cuarta Guerra de las Provincias Nordaaras, en la cual la poderosa Provincia Desarius estuvo a punto de perder al heredero que hoy mismo la gobierna…

si no fuera por el atrevimiento de un valeroso legionario, que logró interponerse frente a todas aquellas hojas filosas que pretendían derramar esa sangre real.

Un héroe absoluto, que resultó ser un joven guerrero empuñando únicamente su filoso acero…

y quien a pesar de ser todavía un simple Oficial…

a pesar de encontrarse rodeado por una legión enemiga…

a pesar de sentirse aplastado por desventajas que habrían quebrado el ánimo de un legionario común…

salvó heroicamente el corazón del entonces joven Príncipe Apolonion, cubriéndolo con su propio cuerpo y sosteniéndolo así con vida…

cuando todo lo que lo rodeaba solo quería arrebatársela.

Incluso algunas canciones que el Encargado del Correo solía tararear dentro de su puesto en el Castillo Gris, decían que Cassius aquella noche abatió a una decena de enemigos, mientras cubría con su espalda al malherido heredero…

pero otras melodías que a veces cantaban entre todos, elevaban la cifra hasta los cientos…

si bien los cantos más populares, esos que se coreaban al ritmo de melódicos laudes desde las tabernas más humildes, hasta los salones donde bebían los veteranos de guerra, coincidían en que bajo ese cielo del atardecer manchado de sangre, con el Príncipe desangrándose a sus espaldas, y con un ejército sediento cerrándose sobre él, Cassius no retrocedió un solo paso…

y cada vez que el Encargado del Correo recordaba esta parte…

algo en el pecho se le apretaba de un modo que no sabía si era orgullo, o pura vergüenza de saber que él jamás habría sido capaz…

porque al menos mil traidores guerreros murieron bajo el filo de esa espada que blandía este legendario oficial…

cayendo de uno en uno… o de cien en cien…

según quién cuente la historia… y según cuántas sidras de pera lleven encima quienes la narran.

Sin embargo lo que nadie discute… lo que ninguna versión de esa batalla se atreve a cambiar…

es que cuando la muerte terminó con su trabajo en esa tierra manchada de rojo, el Príncipe Apolonion seguía con vida…

y Cassius seguía de pie… aunque nadie supo explicar bien cómo…

porque las profundas heridas que cargaba en ese Halo, habrían tumbado a cualquier otro legionario mucho antes de lograr matar simplemente a uno solo.

Y desde ese glorioso Halo, el respeto que despertaba Cassius en cada integrante de las Legiones Nordaaras rozaba lo sagrado…

y no era el respeto que se le tiene a un superior por obligación, sino ese otro…

ese más hondo y más difícil de admitir… ese que nace de saber que uno jamás habría sido capaz de hacer lo mismo.