Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Los encapuchados #5
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Los encapuchados #5

—¡Viejo, el sombrero cada vez está peor!

—le gritó con una carcajada enorme, que hizo despatarrar de la risa al viejo de un modo tan extravagante…

que terminó cayendo de la baranda y quedando colgado agarrado de sus brazos, con las piernas pateando el aire como si intentara escalar una pared invisible, hasta que tres marineros se lanzaron simultáneamente en distintas direcciones sin ponerse de acuerdo en nada, chocando entre sí, trastabillando sobre los cabos del suelo, y gritándose órdenes contradictorias…

hasta que uno de ellos, uno de tupidos rulos por los costados de su cabeza, agarró a Ojenes de las piernas y lo tiró con tanta fuerza, que lo catapultó de vuelta a cubierta con un golpe sordo que hizo temblar las tablas…

y en otra situación Tarsius se hubiese doblado de la risa por un largo, largo rato…

pero en otra situación… porque allí tuvo que clavar los ojos en el suelo un instante, escapándole a esa imagen de un Ojenes mareado sin parar de trastabillar sobre la cubierta, con las plumas del sombrero moviéndosele enloquecidas, y evitando con esto que su mandíbula disfrutara de unas enormes carcajadas más…

entonces, una vez controlado su rostro no sin esfuerzo, volvió a ponerse la cara que el uniforme le exigía, y se acercó al Capitán de Puerto antes de abandonar el muelle.

—Capitán Prado. El Príncipe quiere sorpresa en Dalassia.

No lo arruines —señaló el Oficial Gris, tocando su anillo de plata igual que quien verifica que una promesa continúa donde debe estar, y partió raudo hacia el Castillo del Heredero sin esperar respuesta alguna…

y mientras sus largos pasos cruzaban las últimas tablas del muelle hacia la oscuridad del camino…

Tarsius no miró atrás… porque si lo hacía vería la silueta azulada del Breliana…

y dentro de él, todo lo que había pasado esta noche.

Dejando con todo esto a Prado, que sin más opción que seguir con la mirada la espalda de aquel Gris que se alejaba, y golpear el mango de su espada con el puño cerrado, sintiendo arder una furia creciente por el tono de desconfianza en lo dicho, comenzó a ordenar a sus Legionarios Imperiales que controlasen la partida del Breliana…

y observó a todos los estibadores con una mirada que bastó para que comenzaran a reunirse a su alrededor, y una vez que ninguna de esas orejas estuvo distraída… dijo sin levantar la voz:

—Lo de esta noche no existió hasta que el Príncipe lo diga —y dicho esto, los recorrió uno por uno con esa mirada que no admitía réplica—. Quedan todos bajo el Secreto Real… y saben perfectamente lo que eso significa.

Y nadie en el puerto se atrevió a moverse hasta que esa voz terminó de asentarse en el aire…

porque todos sabían lo que significaba recibir una orden del Capitán de Puerto Prado, y lo que significaba no cumplirla…

pues el honor en el Capitán de Puerto le exigía que ejecutara cada gesto con una precisión absoluta…

y solo cuando vio cumplidos todos los mandatos recibidos, se encaminó con ritmo veloz hacia la oficina que tenía en el puerto para informar los acontecimientos.

Ya que en Dalassia aguardaban con ansiedad cada avance de la operación, porque lo que se aproximaba era un evento trascendental para el futuro del Reino de Nordaar, y no podían permitir que un mínimo imprevisto lo arruinara todo.

¿Los Griharas cuentan como un imprevisto? , se preguntó el Capitán de Puerto, conociendo demasiado bien la respuesta, y aun así… deseando no escucharla.

De repente el destino colocó a Prado entre aquella filosa espada y una pared infranqueable, y cerró el puño sobre el mango de su espada hasta que los nudillos se le volvieron blancos…

preso de un dilema asfixiante que lo atrapaba en una encrucijada sin salida…

porque si reportaba los Griharas al Rey antes de que el Príncipe lo dispusiera…

traicionaba al heredero… y si callaba… traicionaba al monarca…

y en cualquiera de los dos casos, por más que lo pensara una y mil veces, siempre saldría perdiendo él mismo…

sin lugar a dudas se encontraba ante ¡el peor dilema que el destino podía ponerle delante!

Y aflojó el puño apenas un instante, lo suficiente para sentir la sangre volver a sus dedos entumecidos…

pero ni siquiera este alivio menor logró aflojar el nudo que se le había instalado en el pecho, desde el momento en que sus ojos se posaron en los Griharas…

y mientras debatía en silencio su incierto porvenir…

el jinete gris se acercaba a todo galope al Castillo Gris.

Con un Encargo que ya sin fuerzas para temblar, apretó una última vez el pañuelo azul contra su pecho…

y por primera vez en todo el viaje dejó que los ojos se le cerraran…

confiando ciegamente en que aquel Guardia de capa gris, lo llevaría sano y salvo hasta el final del camino…

haciendo que enseguida el Guardia Gris sintiera que el peso contra su espalda se aflojaba, vencido al fin por el cansancio…

y sin aminorar el galope, ajustó apenas el brazo que lo sostenía, en un pequeño gesto lleno de silencio…

y al mismo tiempo el azylino resopló con un sonido que sonó a «Cansancio»…

y el jinete no supo si el animal lo dijo por el cansancio de su propio cuerpo… o porque había percibido el del chico.