Los encapuchados #4
Y apenas los animales habían desaparecido del muelle para entrar al Breliana, el Capitán de Puerto Prado dio la orden que los trabajadores de la grúa del muelle estaban esperando…
los que sin demora comenzaron a elevar el Carruaje Real, y de inmediato se tensaron sogas y pusieron en movimiento poleas de todos los tamaños, junto con engranajes tensos que crujían y luchaban contra un viento impredecible…
aquel mismo que había sido vencido durante la descarga de las balistas, y que ahora testarudo, como si guardara una memoria rencorosa, parecía volver para poner a prueba los brazos que se atrevían a desafiarlo una vez más…
mientras las cuerdas patinaban bajo el peso del Carruaje Real y de sus extravagantes adornos, y aquella fricción traicionera complicaba la labor, exigiendo hasta el límite músculos ya castigados por las maniobras anteriores…
pero la fuerza que nacía de la responsabilidad, ni más ni menos que custodiar el Carruaje Real del Heredero del Reino, les renovaba el aliento, les endurecía los hombros y les alimentaba una obstinación que ningún cansancio conseguía apagarles.
Todos procuraban adelantarse a cualquier imprevisto que pudiera surgir, y por fortuna el ascenso avanzaba bajo un control precario, pero control al fin…
y el Capitán de Puerto Prado observaba cómo algunos tiraban de unas sogas, mientras unos pasos más atrás otros aflojaban las opuestas, y a un costado varios Nenders corrían entre las poleas reajustando tensiones, con una fluidez nacida de cientos de maniobras pasadas…
llenas de una destreza silenciosa, que les afirmaba los pasos y les infundía confianza.
Pero de repente retumbó un inexplicable trueno en la inmensidad del cielo…
un estallido seco que cayó como mal augurio y perturbó a los supersticiosos…
¡pues ya no quedaban nubes en esa noche limpia de estrellas!
… sin embargo, nada ocurrió después de aquella brujería sonora…
y al cabo de unos cuantos Ecos el carruaje tocó el fondo de la bodega del Breliana, haciendo que el sólido navío se hundiera apenas bajo el peso de la carga…
y por un instante nadie habló… nadie dio una orden…
nadie se movió… como si el muelle entero necesitara un pequeño tiempo para procesar lo que acababa de ocurrir…
aquel oro del Rey, la tradición del Rey, el poder del Rey, acababan de quedar encerrados en el vientre de un barco…
junto a unos animales que hasta las propias fábulas envidiarían, y rumbo a una ceremonia que su propio hijo, haría todo lo posible por convertir en algo completamente distinto.
El Oficial del Castillo Gris, visiblemente aliviado tras haber asegurado tanto a los extraordinarios Griharas como al Carruaje Real, convertidos ahora en objetos preciados que debían escudar hasta Dalassia, ordenó a los suyos que abordasen la nave y establecieran una guardia estricta hasta la partida.
—¡Que nadie se acerque a la carga! —gritó implacable a sus Grises, cuando con pasos firmes comenzaron a subir al Breliana… y simplemente ajustaron las manos sobre las empuñaduras y siguieron caminando… porque así funcionaba la Guardia del Heredero… y así funcionaba Tarsius.
Sobre la cubierta, el Capitán de Agua Ojenes aguardó a que Tarsius concluyera de impartir órdenes, apoyado en la baranda con el cuerpo hacia adelante, a la vez que se acomodaba las plumas de su sombrero por enésima vez…
y entonces le gritó con un despliegue de brazos, digno de un pregonero en jornada de ofertas en el mercado:
—¡Escucha, escucha, amigo Gris! Dile al estimado Capitán de Castillo Marnus, a ese del ceño permanentemente fruncido, que debemos partir antes de que baje la marea, ¿comprendes?
Porque verás, con toda esta carga extra tan…
¿cómo decirlo?… —frunció los labios y miró al cielo con los ojos entrecerrados, como quien busca la palabra exacta en las nubes—, suntuosamente dorada que ahora descansa en mi bodega, quedaremos encallados como una ballena en la playa —abrió los brazos imitando el tamaño colosal de la bestia encallada—.
¡Y eso sería un espectáculo lamentable! Nos queda solo un Pulso, amigo.
¡Solo uno! —agitó las manos enfáticamente— ¡Muévete con presteza!
Tarsius nunca lograba resistir los arrebatos delirantes del viejo marino, y hasta aquí juraría que lo había intentado…
sobre todo recordando las filosas amenazas del Capitán Marnus al respecto…
pero por más que lo quiso… ya no pudo escapar de las ocurrencias de Ojenes ni de su propio humor…
y miró al Capitán de Mar de un modo nada protocolar: