Los encapuchados #3
Prado llevaba Ciclos custodiando puertos…
y había visto pasar por muchos muelles cargamentos que hubieran hecho palidecer a cualquier mercader ambicioso…
Cristales de Energía de contrabando, venenos de tierras sin nombre, armas prohibidas envueltas en telas comunes…
pero nunca… nunca en todo el paso de ese tiempo…
observó semejante despliegue de riqueza concentrada en una sola cosa…
porque simplemente hacía muchísimos Nexos que el Carruaje Real no abandonaba la seguridad del Castillo del Heredero…
y para ser precisos, no se lo veía desde la ocasión en que el Príncipe Apolonion, actual Rey de Nordaar y padre de Octavien, fuera ungido soberano en una ceremonia oficial que compartía inquietantes similitudes, con la que tendría lugar dentro de pocos Halos en la ciudad de Dalassia…
una celebración que parecía destinada a sellar con fuego el destino de dos jóvenes herederos.
El Carruaje Real era un prodigio de gusto ostentoso, la envidia silenciosa de más de un monarca de Albynia, y sin embargo Prado había escuchado los rumores que circulaban entre los Guardias Grises, sobre que su sola presencia provocaba en el heredero unas tensas miradas esquivas, que ningún protocolo lograba disimular del todo…
como si este despliegue inundado hasta las arcadas de lujo, no solo no encajara con la figura que deseaba ofrecer a su pueblo…
sino que lo contradijera en cada uno de sus excesos…
porque se decía que Octavien mismo solicitó repetidamente un vehículo más sobrio, más acorde a su modo de entender el liderazgo…
pues el príncipe había demostrado en más de una ocasión su preferencia por la sencillez, vistiendo con túnicas de lino sin bordados cuando la etiqueta no lo impedía, comiendo en simples platos de cerámica cuando la nobleza no lo acompañaba, y había quien murmuraba que caminaba por los mercados de Dalassia sin escolta ostentosa, mezclándose entre comerciantes y artesanos como si fuera uno más…
incluso uno juró haberlo visto arrodillarse en plena calle junto a un alfarero, para examinar de cerca una pieza sin terminar, con la misma atención con que un rey examina un mapa de guerra…
en una conducta que su padre consideraba no solamente peligrosa…
sino asquerosamente impropia, y casi herética para un futuro rey…
como si la humildad fuera una traición al trono.
Por eso cada insinuación de no utilizar el Carruaje Real fue sofocada sin concesiones por su padre…
arrancada de raíz, antes siquiera de tomar forma en los oídos del monarca absoluto de Nordaar…
y Prado todavía recordaba las palabras que los guardias repetían en voz baja, pronunciadas el día en que el Rey tronó con una voz capaz de hacer vibrar las paredes del salón, silenciando cualquier réplica:
—¡La tradición es la tradición! ¡Somos el invencible Reino de Nordaar! ¡Haremos una ceremonia enérgica, una que quedará grabada en la historia, y mostraremos al mundo entero lo que esto significa! ¡Somos acaudalados! ¡Somos fuerza! ¡SOMOS PODER!
Y dicen que cuando terminó… el silencio que siguió fue tan absoluto…
que varios guardias tardaron un Eco entero en recordar que podían respirar…
inhibidos por esta orden que no admitió réplica en ese entonces, y menos podría admitirla ya ahora, encerrada para siempre en la madera dorada que se balanceaba frente a él…
en ese poder que ahora rodaba por su muelle, de un modo obsceno e impúdicamente cegador, mientras el Príncipe destinado a ocuparlo…
prefería la sencillez… y Prado no podía evitar preguntarse qué pensaría el príncipe, al ver su nombre arrastrado una vez más hacia ese lujo que jamás había pedido…
porque Octavien quizá algún día gobernaría sobre las inmensas pilas de oro, sobre las filosas espadas y sobre la poderosa corona que decide el destino de miles y miles…
pero nunca, según se rumoreaba… podría hacerlo sobre la voluntad de su padre.
Y mientras aquellos gritos salidos de un inflexible trono, aún parecían vibrar en cada piedra de Nordaar, una veintena de trabajadores comenzaron a rodear por completo el Carruaje Real del Príncipe con gruesas sogas, maniobrando con una delicadeza forzada y casi reverencial, como si temieran que el oro mismo pudiera dañarse al menor tirón, y al mismo tiempo otros tantos estibadores desengancharon las correas y tomaron firmemente de las riendas a los Griharas, que pese al nerviosismo visible en sus ojos profundos y en el temblor contenido de sus plumas plegadas, se comportaron con una docilidad sorprendente, y se dejaron conducir sin problema hacia el espacio reservado para ellos en la bodega del Breliana.
Los Guardias Grises supervisaban cada gesto de esas manos y cada nudo, sin apartar la atención un solo instante, a la vez que los Legionarios Imperiales observaban cuanto ocurría desde una distancia prudente, atentos pero deliberadamente ajenos a un ritual peligroso que no les pertenecía…
pues no pretendían estorbar ni mucho menos formar parte, de este frágil procedimiento cargado de consecuencias nefastas, que se desarrollaba ante sus propias narices…
porque si algo salía mal con el Carruaje Real…
por mínimo que sea… el disgusto del Rey podría partir la tierra en dos, y los Imperiales no deseaban bajo ningún concepto, encontrarse en el centro de semejante hecatombe…
sin embargo, en algunos rostros de estos Imperiales se insinuaba una quietud demasiado satisfecha…
unas miradas que se demoraban un latido más de lo necesario sobre los Grises, como si la sola idea de verlos recibir de lleno la ira del monarca, tuviera un sabor demasiado dulce para lograr disimularlo…
y más de un Gris lo notó… aunque ninguno devolvió la mirada.
Luego de unos tensos Ecos, los Griharas quedaron finalmente a salvo en la bodega del Breliana, donde fueron cubiertos con grandes lonas negras que los ocultaban casi por completo, dejando apenas unas aberturas a la altura de los ojos y de la boca, y en el instante en que la oscuridad los envolvió, ambas criaturas permanecieron inmóviles…
sin relinchar… sin agitarse… con una quietud tan absoluta y tan digna, que más de un estibador tuvo la incómoda sensación de que no eran ellos quienes estaban siendo ocultados…
sino ellos mismos, quienes acababan de quedar fuera de admirar esa belleza que no lograban todavía comprender…
una protección que no resultó posible aplicar antes del embarque, cuando las criaturas necesitaban observar el camino y moverse libremente, para que el recorrido desde el Castillo Gris hasta el vientre del navío fuera posible sin contratiempos…
pero ahora, cubiertas como estaban, quedaban por fin fuera del alcance de cualquier mirada curiosa que pudiera surgir durante el viaje, y más aún cuando llegara el momento de desembarcarlos en el atiborrado puerto de Dalassia…
donde también todo aguardaba envuelto en un secreto cuidadosamente sostenido.
Pero todavía quedaban demasiados cabos sueltos, entonces Ojenes cruzó una última mirada con Tarsius desde la cubierta…
y el Gris, sin mediar palabra, llevó un dedo índice a los labios…
haciendo que el Capitán de Mar asintiera despacio, con la gravedad inusual de quien acaba de recibir la única orden que importa…
y antes de reunir a su tripulación sobre cubierta, y con un despliegue de brazos digno de una representación en el anfiteatro, comenzó a advertirles:
—Escuchen, escúchenme muy bien, mis queridos muchachitos —se acomodó las plumas del sombrero con un gesto amplio—.
Prestad atención porque esto es importante, ¿sí?
Lo que vuestros ojos presenciaron esta noche en este muelle…
¿cómo decirlo?… esas criaturas extraordinarias que acabáis de ver…
—agitó las manos describiendo algo indefinible en el aire— pues resulta que no las visteis.
¿Me explico? No. Las. Visteis. Porque el primero, sí, el primero, que tenga la brillante idea de abrir su bocaza —se llevó un dedo a los labios con teatral exageración—, pasará el resto de este viaje, ¡y los cuatro siguientes también, por si no quedó esto claro!
, limpiando letrinas. Todas. Cada una. Con su propia lengua, si hace falta. ¿Comprendido?
Todos asintieron desesperados con sus cabezas, y Ojenes los recorrió uno por uno con una sonrisa que era más satisfacción que amenaza… antes de acomodarse las plumas del sombrero por última vez y darse media vuelta para alejarse bien erguido… igual que quien acaba de cerrar un trato inmejorable.
Los pasajeros del navío descansaban en sus camarotes, incluido el opulento Prancus Felirius en persona, obligados por la rígida Septuagésima Octava Ley de Puertos Nordaara, que forzaba a todo viajero a permanecer bajo cubierta mientras el barco estuviera atracado…
y de más está decir, que la operación fue programada para aprovechar precisamente este momento…
cuando nadie ajeno a los Grises leales, a los Imperiales bajo juramento, a los marineros ya advertidos, y a los estibadores a punto de serlo también… pudiera asomar la cabeza.
Todo había sido calculado con esa precisión que no dejaba resquicio al azar…
y Tarsius sabía que para el Príncipe era primordial que nada se supiera sobre los Griharas hasta el último instante…
pero no solo porque el heredero al trono buscara discreción, sino porque este ansiaba por encima de todo…
¡el impacto!, y cada vez que el Oficial Gris pensaba en ello, en la manera exacta en que esas criaturas obnubilaban los ojos desprevenidos, en el modo en que él mismo esa noche quedó clavado en su lugar con una mano apoyada sobre un poste…
terminaba por convencerse de que llegado el momento…
ese impacto buscado sin dudas sería imposible de ignorar.