Los encapuchados #2
Ni mucho menos el porqué, cuando llegó ese tiempo de retirarse, solo dos abandonaron el lugar sin que nadie hubiera visto al tercero moverse…
y se marcharon montando cada uno los mismos carros cubiertos en los que habían llegado…
desvaneciéndose por los caminos nocturnos con la misma rapidez silenciosa con la que habían aparecido…
sin despedidas… sin nombres… sin volver la vista atrás…
sin siquiera que alguien pudiera afirmar con certeza cuántos habían sido realmente.
Y aquellos guardias del puesto, todavía prefieren no recordar demasiado esa noche…
incluso hubo quienes juraron haber escuchado después, ya entrada la noche y entre tragos, que en realidad ninguno de los cuatro Encapuchados había estado allí del todo…
o que sus sombras se movían un instante antes que sus cuerpos, y un instante después, se quedaban quietas, igual que si hubieran olvidado seguir los cuerpos que las proyectaban…
y lo más perturbador no era el recuerdo en sí…
sino que ninguno de estos Nenders, acostumbrados a montar guardia en esa oscuridad que eriza la piel, sin pestañear…
ahora era capaz de sostenerle la mirada a otro cuando lo contaba.
Aunque fuera lo que fuese, antes de esfumarse depositaron en silencio varias sacas de alimento que olían a algo sin nombre…
algo agradable y dulzón que ninguna de las narices grises supo describir después…
y acompañaron la descarga con un conjunto de instrucciones precisas, que hablaban sobre el trato que debían recibir las criaturas…
escritas con una minuciosidad casi reverencial, impropia de quien habla de simples animales…
y más cercana a la de quien describe reliquias vivientes demasiado valiosas para el mundo común…
y esto, más que los Encapuchados, más que las sombras desobedientes, era lo que a Tarsius no lo dejaba del todo tranquilo.
El oficial gris sabía que hasta ese momento, solo unos pocos conocían sobre la existencia de los Griharas del Príncipe Octavien, y no cabía duda de que la multitud que asistiría a la celebración en Dalassia, quedaría pasmada al verlos…
pues el heredero ya había resuelto utilizarlos…
aferrado a la esperanza de que su pueblo comprendiera el mensaje de unión que intentaba transmitir…
pero Tarsius también entendía que exhibir estas criaturas sin más ante todo el reino, era una decisión que portaba un filo temerario para el Heredero de Nordaar…
porque lo que Octavien estaba a punto de hacer enfurecería a muchos…
sobre todo a ciertos sectores poderosos cuyos intereses comenzaban a sentirse amenazados por la inminente investidura…
y los Griharas… con aquella belleza imposible que atraía las miradas igual que un abismo atrae a quien se asoma demasiado, terminarían convirtiéndose en el símbolo más visible de esa grieta.
Y en uno peligroso…
Porque con seguridad despertarían la esperanza.
Pero también el odio.
Ya que si bien en el libro del Gran Maestro Zoólogo Niumander, Tarsius no encontró ninguna referencia clara sobre el origen geográfico de los Griharas…
las lenguas que nunca se callaban, aseguraban que estos animales provenían ni más ni menos que del Dominio de Dadhir…
una región en disputa manchada de sangre desde casi el inicio mismo de las razas, por su asociación con los Nurus…
un nombre que en boca de incontables nordaaros no era solo una palabra…
sino una sentencia… la misma que durante generaciones enteras sirvió para llamarlos Qutsu…
para marcar a aquellos que sembraban el caos, a cada uno de esos cuya sola existencia, justificaba ser borrada del mapa con toda la crueldad posible…
ya que el odio profundo, cuando se hereda a través de suficientes voces clamando muerte, deja de necesitar un motivo para seguir ardiendo, y solo necesita un nombre al que señalar…
Qutsus.
Sin embargo, el futuro Regente de Nordaar parecía decidido a quebrar este rechazo de una vez y para siempre, porque Octavien no era de los que cambiaban el mundo en susurros ni pedían permiso para soñarlo distinto…
sino que compartía la convicción de que los cambios verdaderos, solo podían nacer de gestos contundentes que nadie pudiera fingir no haber visto…
y por eso avanzará exhibiendo la controversia, desde el mismísimo primer paso en que ponga un pie en la Capital Dalassia…
sin disculpas… sin rodeos… poniendo así ante cada nordaaro una pregunta que ya no podrían ignorar, pues el Príncipe Heredero no quería imponerles una respuesta…
solo quería que eligieran… y confiaba, quizás con demasiada ingenuidad, en que la gran mayoría elegiría bien.
Aunque en este muelle absolutamente nadie pensaba en la política del reino…
y mientras algunos continuaban completamente encandilados por la visión de los Griharas…
otros, como el Capitán de Puerto Prado, con sus ojos abiertos de par en par, comenzaban a observar con un asombro creciente aquello que las criaturas arrastraban detrás de sí…
y aún muy lejos de allí, ajeno a esa brutal cantidad de oro que se encontraba a punto de revelar sobre el muelle…
el Guardia Gris seguía cruzando la oscuridad rumbo al Castillo, llevando consigo algo que ningún Luminar ni ningún rubí inmenso lograrían jamás igualar en valor.
El fastuoso Carruaje Real del Príncipe heredero de Nordaar avanzaba por el muelle como una afrenta dorada a la mesura…
insultando al concepto mismo de moderación…
y exhibiendo sin el menor pudor el esplendor obsceno de sus láminas de oro, que no solo capturaban cada destello de los Luminares…
sino que los devolvían multiplicados, hasta convertir el muelle entero en un espejo cegador que por momentos obligaba a apartar los ojos…
acompañadas por el resplandor casi hiriente de sus barandas de marfil de mamut albino, talladas con épicas escenas de cada conquista gloriosa del reino, donde se reflejaban cada batalla ganada, y cada enemigo doblegado…
en unas historias grabadas a fuego en esos singulares ornamentos de hueso muerto, traídos desde la remota Planicie de los Mamuts…
en aquella tierra lejana de rudeza que no pedía perdón, tendida bajo las sombras del cerro Elkrus, la cumbre colosal que rasgaba las cinco lunas en el extremo oriental del Imperio de Oscronia…
y que combinaban en una armonía tan excesiva que rayaba en lo vulgar, con la suntuosa capota de plata maciza que no se contentaba con brillar…
sino que parecía competir con los propios Luminares, por ver cuál de los dos tenía más derecho a iluminar la noche…
y adornada con rubíes del tamaño de puños cerrados con rabia, ¡esmeraldas que casi llegaban al tamaño de cabezas!
, tan verdes y profundas que parecían contener bosques fértiles enteros en su interior…
hasta lograr que más de un estibador contuviera el aliento sin darse cuenta, como si temieran que el simple acto de respirar, pudiera empañar aquellos zafiros que harían palidecer el cielo mismo de un verano intenso…
los que se desparramaban por ese techo incrustados con una precisión casi ofensiva entre trazos minuciosos de jade imperial y lapislázuli, traído de las minas más profundas del Reino de Badalia…
y unas piedras que se reflejaban una y otra vez sobre los charcos que aún empapaban los tablones del muelle, multiplicándose hasta el infinito, como si el carruaje no pudiera tolerar que hubiera un solo rincón del puerto que no lo estuviera mirando…
y junto a todo este fulgor que no pedía permiso para existir, se lucían unos mullidos sillones hechos de un suave terciopelo carmesí tan oscuro que parecía pura sangre de los reyes, que aguardaban impacientes a su ocupante legítimo…
como si toda esta magnificencia, no pudiera concebir que alguien en su sano juicio prefiriera no mostrarla.
Y entre la multitud de estibadores boquiabiertos, se hallaba un joven aprendiz de astillero…
apenas un muchacho de manos todavía torpes, que aún no había aprendido a fingir que lo había visto todo…
y quien parado a un lado de uno de los jefes del muelle, entrecerró los ojos y se estiró un paso y luego otro…
buscando algo que no lograba encontrar bajo aquel carruaje.
—¿Y las ruedas? —murmuró, tirando sin pensarlo de la manga del jefe—. ¿Dónde tiene las ruedas esta cosa?
—¡Cállate la boca! ¡Tiene un Flotentor! —le gritó el Nender de nariz ancha, tirando del aprendiz hacia atrás con un tirón brusco del brazo.
Es que el muchacho jamás había visto uno de esos Cristales de Energía Púrpuras, que brillaban con un color tan profundo que parecía haberse tragado el vino más oscuro jamás fermentado en Madelea, la cuna del vino en Albynia…
y ahora tenía uno allí, a escasos pasos de su rostro cargado de asombro…
encerrado dentro de una jaula de hierro, fijada debajo del chasis por un entramado de cadenas tensas, y el Cristal hacía que el carruaje flotara sobre el aire, con la serenidad de una barcaza deslizándose sobre el agua…
es que en su pueblo perdido entre los bosques del lejano noreste de la Provincia Galeris, nadie poseía semejante lujo, ya que nadie podía costearlo…
pues estos Flotentores no eran simplemente caros…
eran con una diferencia abrumadora, los más costosos de todos.