Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Los encapuchados
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Los encapuchados

La Guardia del Heredero

Mundo de Albynia

Sobre el Camino Norensis, el jinete gris y el Encargo seguían tragándose las millas que aún los separaban del Castillo Gris, ajenos por completo a que en el Puerto del Heredero el destino ya había decidido apresurar el paso…

porque allí, el Capitán Imperial Prado recorría el muelle con una mirada que parecía pesar hasta el último detalle, deteniéndose aquí y allá sobre un nudo mal ajustado, una caja molestando el paso, o un marinero que demoraba más de la cuenta en hacer su trabajo, y cuando comprobó que todo estaba dispuesto…

llamó a uno de sus hombres y le ordenó ir en busca del Oficial Gris Tarsius, para hacerle saber que ya podían acercarse con la carga.

Por fortuna, en el muelle la neblina no había avanzado desde la costa y permanecía apenas trepando entre los pilotes, mientras los Luminares derramaban una luz firme que empujaba la noche, asentada en esa región desde ya varios Pulsos…

hacia los lejanos bordes del puerto, donde la oscuridad reinaba sin resistencia.

Los Grises al fin tuvieron permiso para avanzar con la carga, y en el mismo instante en que sus botas tocaron las primeras tablas húmedas del muelle, el puerto entero, de punta a punta, detuvo su actividad…

Los marineros dejaron quietas las cuerdas entre las manos.

Los cargadores interrumpieron el rodamiento de los barriles.

El viejo vigía del atracadero se quedó inmóvil en lo alto de su torre, con la mano temblando de asombro sobre la campana.

Incluso las conversaciones comenzaron a apagarse.

Y el silencio se adueñó expectante del ambiente… porque nadie quería perderse aquel paso solemne.

El camino había sido despejado por completo de obstáculos, desde la primera tabla del embarcadero hasta la pasarela que conducía al azulado Breliana, y todos los ojos presentes aquella noche permanecían fijos allí…

clavados sobre el lento desplazamiento de esa escolta armada, y sin atreverse siquiera a pestañear por demasiado tiempo.

Solo los Guardias Grises y su preciada carga, avanzaban firmes sobre los tablones del muelle, que crujían bajo el peso de aquellas pecheras y capas grisáceas, escoltando ni más ni menos que el Carruaje Real del Príncipe.

Pero este no iba arrastrado por los habituales caballos de tiro.

Sino por un par de extraordinarios Griharas… que si bien tenían porte de equino, habían heredado lo mejor de dos razas imposibles, hasta convertirse en algo todavía más imposible… y robaron el aliento de casi cada garganta presente, apenas aparecieron entre la bruma baja del puerto.

Sus zancadas resonaban sobre la madera con la profundidad de tambores lejanos, imponiendo un ritmo pausado que nadie se atrevía a interrumpir…

mientras sus distinguidas siluetas avanzaban envueltas en vapor, con su pelaje blanco brillando con destellos plateados bajo la luz de los Luminares, que resaltaban sus cuernos esbeltos igual que agujas de plata viva, a la vez que las plumas de sus patas capturaban cada reflejo de la noche, pareciendo espejos diminutos…

forjando una entrada que dejó sin palabras a todos…

incluso a varios Legionarios Imperiales, que creían haber visto ya todas las extravagancias del mundo…

pues muy pocos entre los presentes habían contemplado un Grihara alguna vez, y la mayoría ni siquiera sabía que semejantes criaturas existieran fuera de las leyendas.

Todos los ojos caían cautivos ante semejante elegancia.

Incluso hace unos pocos Halos atrás… el Gris Tarsius en persona quedó clavado en su lugar, con la mirada completamente atrapada en el instante mismo en que vio a los Griharas por primera vez…

porque aquellas criaturas le parecieron unas aberraciones tan hermosas…

que su primer impulso no fue admirarlas…

sino desconfiar de lo que sus propios ojos le estaban diciendo, y tuvo que obligarse a parpadear antes de aceptar que no…

que no era el cansancio… que no era la neblina del bosque jugándole una mala pasada…

que aquello que tenía delante existía de verdad…

y que de algún modo inexplicable, vivía realmente fuera de las páginas envejecidas de los bestiarios antiguos.

De hecho, esa misma madrugada, todavía con las imágenes clavadas detrás de los ojos, se descubrió de pie en el centro de su cuarto, sin recordar exactamente el momento en que había dejado de estar acostado…

y con la certeza incómoda de que el sueño no iba a venir, atravesó los corredores silenciosos del Castillo Gris con el único sonido de sus propias botas sobre la piedra fría, sintiéndose levemente ridículo por lo que estaba a punto de hacer…

un Oficial de la Guardia del Heredero, buscando en los bestiarios como un estudiante de primer Ciclo, y además a mitad de la madrugada, lo que según él constituía una forma bastante vergonzosa de envejecer, si es que algo así realmente lo afectaba…

entonces ni bien llegó a la biblioteca, abrió el viejo tomo de criaturas míticas del Gran Maestro Zoólogo Niumander, ese que conocía por sus clases en el Monasterio del Conocimiento, y que se titulaba «Dónde encontrar a los Animales Fantásticos»…

impulsado por una necesidad que ya no era casi desesperada…

sino directamente desesperada, por confirmar que lo visto no había sido una ilusión nacida del agotamiento.

Y luego de pasar unas cuantas páginas con sus dedos cada vez más nerviosos… pudo al fin dar un resoplido de alivio, porque temía haber empezado a imaginar animales emplumados en mitad de la noche.

«Griharas»… decía el título bien grande con letras ornamentadas y allí estaban debajo… dibujados en toda su belleza, y descritos con reverencia en una página amarillenta de bordes quebradizos, como una rareza que el tiempo había intentado borrar sin conseguirlo del todo:

«Los Griharas constituyen una especie extraordinaria nacida del cruce entre unicornios y pegasos, heredando características distintivas de ambos progenitores.

Del unicornio obtienen el cuerno esbelto y el pelaje blanco de textura sedosa y brillo casi plateado, largo y lacio.

Del pegaso, heredan una cobertura de plumas plateadas que envuelve las cuatro extremidades y se extiende formando una cola en perpetuo movimiento.

Durante la carrera, dichas plumas se pliegan y despliegan, generando un impulso aerodinámico sin precedentes, lo que convierte a los Griharas en los animales terrestres de mayor velocidad en todo el continente de Albynia.

Clasificación: Grihara (del Nuru gri-hara, que significa “Emplumado portador del cuerno”)

Estado de conservación: Ejemplares escasos. Avistamientos excepcionales.

Origen geográfico: Objeto de debate.»

Y ahora Tarsius, aún tan incrédulo como seguramente lo estaba el resto de los presentes, los veía avanzar por el muelle con la sensación de que cada zancada era una exquisitez sin comparación posible con nada conocido… y tal vez con nada desconocido también.

Una perfección viviente que para muchos resultaba desconcertante… aunque siendo honestos… para absolutamente nadie allí resultaba menos que eso.

Porque los Griharas aparecieron ante sus ojos con esa contundencia que ninguno podría anticipar…

y ahora estas criaturas fantásticas caminaban frente a ellos, igual que si algunos mitos mismos hubieran decidido volverse carne y hueso, para pisar la madera mojada del puerto…

y mientras Tarsius seguía contemplando el avance solemne…

recordó aquella noche en que partió de inmediato hacia el Puesto Norte Gris, cruzando los bosques bajo una neblina espesa que desdibujaba cada árbol en los alrededores…

y cuando al fin llegó a ese punto de control de la Guardia del Heredero sobre el Camino Norensis, enclavado en esa zona boscosa que flanqueaba la ruta hacia el norte, quedó, sí…

clavado en su lugar… con una mano apoyada, sin darse cuenta, sobre la madera del poste más cercano.

Quienes los llevaron los presentaron como un obsequio simbólico destinado al Príncipe Octavien, enviado en vísperas de su Festejo de la Llama y de la trascendente Investidura que esto traería consigo.

Entonces cuando Tarsius dio el permiso… las criaturas descendieron de los dos enormes carros cubiertos que las transportaban, y tanto el oficial como los cuatro guardias del puesto presentes, permanecieron hundidos en un silencio absoluto durante todo el desplazamiento…

demasiado sobrecogidos para pronunciar palabra alguna.

Porque había algo antinatural en la perfección de los Griharas.

Algo demasiado hermoso.

Demasiado antiguo.

Como si pertenecieran a un tiempo que el mundo ya no merecía conservar.

Quienes los llevaron, según él mismo escuchó entre esa inusual oscuridad en el puesto, se mostraron esquivos cuando los guardias indagaron en nombre de quién era entregado semejante obsequio, y solo se limitaron a responder que los animales habían sido traídos para que el Príncipe los utilizara durante la ceremonia… si así lo deseaba.

Eran hombres de porte imponente, vistiendo ceñidos ropajes oscuros que se fundían con la noche misma, y bajo las amplias capuchas, los rostros permanecían ocultos por completo, tragados por una sombra demasiado profunda para ser natural…

incluso de a ratos, daba la sensación de que esas propias sombras reflejaban la luz de los Luminares del puesto.

Pero lo más inquietante resultó ser que al principio parecieron ser cuatro.

Aunque después solo tres fueron vistos.

Y ninguno de los Guardias Grises… ¡ni siquiera Tarsius!… supo explicar en qué instante desapareció uno de ellos, pues nadie le había apartado los ojos de encima en ningún momento.