Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Azylinos #8
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Azylinos #8

Los ruidos del trabajo ya inundaban el muelle, mezclándose en una cadencia constante de maderas golpeadas, órdenes breves y poleas tensándose bajo esfuerzos desmedidos, mientras las pocas nubes que todavía resistían sobre el cielo del puerto, comenzaban a retirarse en dirección al norte…

empujadas por un viento por momentos intenso, que iba y venía como si dudara de su rumbo…

aunque bien decidido a arrastrar la tormenta lejos de las aguas del Issipi, para llevarla directo hacia ese jinete gris que venía cabalgando junto a su Encargo, como si el cielo mismo hubiera decidido perseguirlos…

porque ellos, lejos aún de la tregua nocturna que amparaba al Puerto del Heredero, continuaban avanzando bajo un aguacero persistente, incluso después de haber dejado atrás hacía ya bastante tiempo el Puente de las Columnas Blancas…

y así, galope tras galope, se acercaban cada vez más a su destino final…

a ese Castillo Gris donde los esperaba un cielo en paz sobre sus torres, con más estrellas de las que el Encargo había visto jamás…

y aunque ninguna de esas dos almas que montaban el azylino podía saberlo todavía, esa misma noche de lluvia y galope, quedaría grabada para siempre como el final de una vida y el comienzo de otra completamente distinta…

y el chico de Gevas, con un agotamiento que casi no le dejaba sentir las piernas, seguía aferrado con fuerza a ese pañuelo azul que llevaba contra el pecho, como si soltarlo significara desprenderse también de cada calle que conocía…

de cada voz familiar… y sobre todo de esa mano que dibujó montañas con tres trazos firmes.

El Capitán de Puerto controlaba cómo los trabajadores de una de las grúas del muelle, una sólida estructura de madera reforzada mediante hierro ennegrecido por el salitre y los Ciclos, giraban algunas ruedas y tiraban de varias palancas, con una coordinación aprendida a fuerza de dolorosas heridas, de accidentes fatales, y de jornadas interminables bajo cualquier tipo de clima…

intentando izar desde la cubierta del Breliana la última balista de madera ensamblada y metal fundido, que parecía oponerse al aire mismo con su peso monstruoso, y mientras la enorme pieza ascendía suspendida por gruesas cuerdas…

más de un estibador, observaba la maniobra con la mandíbula tensa, y sin dudas…

alguna plegaria silenciosa atravesándole la cabeza.

La compacta máquina de guerra se bamboleaba peligrosamente sobre el muelle, pareciendo por momentos obedecer más al viento impredecible, que a los brazos fornidos encargados de dominarla…

y las ráfagas desgajaban el aire a intervalos irregulares y hacían crujir los brazos de la grúa…

tensando las cuerdas hasta arrancarles crujidos sordos a la fibra…

hasta que al fin, después de un esfuerzo prolongado que dejó espaldas encorvadas y manos abiertas en carne viva…

la balista descendió sobre los anchos tablones del atracadero, con un estruendo sordo que rebotó contra el agua y se perdió río arriba…

haciendo vibrar la madera bajo los pies de todos, y produciendo un alivio contagioso que arrancó más de un suspiro entre los estibadores…

hasta el punto de que el propio Imperial Prado, tan poco inclinado a exhibir emociones, relajó apenas la mano cerrada sobre el mango de su espada.

Entonces los estibadores comenzaron a rodearla de inmediato, ajustando correas, acomodando rodillos y asegurando cada pieza mediante una prisa cautelosa, propia de quienes saben que un error puede aplastar mucho más que huesos…

y así la preparaban para ser trasladada junto a las demás hacia el ya famosísimo Castillo Gris…

que por fortuna para todos ellos, no se hallaba demasiado lejano…

aunque sí lo bastante como para exigirles todavía otro largo tramo de sudor, de músculos agotados…

y de juramentos mal pronunciados entre dientes.

Al fin la bodega del azulado Breliana empezaba a ofrecer espacio suficiente, y ahora parecía aguardar expectante la llegada de aquella carga de jerarquía invaluable, para los acontecimientos que ya agitaban el porvenir del reino…

y la misma que permanecía oculta en el extremo más oscuro del muelle, allí donde los Faroles Luminares no alcanzaban…

rodeada por un compacto anillo de Guardias Grises, cuyos ojos atentos y manos próximas a las empuñaduras, dejaban bien en claro que aquello que custodiaban…

valía mucho más que cualquier mercancía transportada esa noche por el puerto…

y solo sabían que debían morir antes de permitir que alguien se acercara.

Los estibadores sudaban caminando y hasta corriendo por los tablones húmedos del muelle, algunos maldiciendo entre dientes llevando pesadas cargas de aquí para allá…

otros maldiciendo entre dientes mientras las ataban, las empujaban, o simplemente esperaban su turno sin saber bien para qué…

pero a tres pasos de ese carruaje custodiado en la cerrada oscuridad, nadie sudaba…

nadie maldecía… y nadie se movía sin razón…

y esa diferencia era más que suficiente, para entender que lo que custodiaban no viajaría con ellos por dos Halos enteros hasta Dalassia como una simple mercancía… sino que viajaría como un secreto.

El momento de la verdad había llegado…