Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Azylinos #7
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Azylinos #7

Y había en esa extensa efusividad algo que no pertenecía del todo al presente, sino a una familiaridad imposible de fingir, que arrastraba consigo un tiempo anterior al uniforme gris…

pues Tarsius había iniciado su carrera como Marinero Imperial, mucho antes de vestir los colores de la Guardia del Príncipe Heredero, y fue precisamente Ojenes quien lo formó en ese entonces…

en aquellos Halos en que el río, las intensas maniobras navales y la disciplina compartida, bastaban para forjar lealtades que ningún documento podría registrar en palabras…

y también así descubrieron que entre los dos…

una cargada bien puesta, siempre terminaba en enormes risotadas que no respetaban ni el turno de guardia, ni el sueño de quienes dormían cerca, pues Tarsius era de encontrar el chiste en cualquier circunstancia, y Ojenes era exactamente el tipo de instructor que en vez de frenarlo…

le echaba más leña al fuego, aunque después, con el paso de los Ciclos, sus caminos terminaron separándose…

con el más joven siguiendo su sueño de sumarse a los Guardias Grises, y el otro integrándose al servicio de las numerosas Legiones Provinciales de la Casa Felirius, donde sus integrantes tenían la costumbre de cobrar considerablemente mejor que en la Legión Imperial…

pero aun así, pese al avance de las arrugas de un lado y al peso de las responsabilidades del otro…

la franqueza con que se devolvían el saludo, dejaba en claro que algo de aquella antigua camaradería continuaba viva bajo las capas del deber y el protocolo.

El Capitán de Puerto respondió sin demora, utilizando una voz áspera que parecía incapaz de admitir matices, mientras reaccionaba a ese dedo moviéndose con el grueso anillo, golpeando el mango de su espada con el puño cerrado… para así subrayar la autoridad en cada palabra:

—Una vez bajemos las balistas y carguemos los almacenes del navío, les daré la señal para que avancen. Por ahora manténganse al margen y fuera del muelle. ¡No estorben! ¡Esta es una tarea Imperial!

Por supuesto que esa aspereza en el tono no sorprendió a nadie que la escuchara…

porque esto no resultaba ser un simple mal carácter, sino el eco persistente del recelo histórico que ambos cuerpos militares se dispensaban desde hacía generaciones…

aunque la expresión más precisa habría sido…

«desde siempre»… por una desconfianza tan vieja y tan endurecida bajo las armaduras, que sobrevivía incluso entre hombres acostumbrados a luchar bajo la misma bandera.

Tarsius, por supuesto, no dejó pasar la oportunidad de devolver el golpe, y lo hizo mediante una cortesía afilada:

—Capitán Prado. Como usted diga. Sus «Leales» se encargarán.

Estaré por allí, esperando su aviso —indicó el Gris, mientras señalaba el lugar con el dedo en que llevaba el grueso anillo y se alejó de inmediato…

perdiéndose entre el movimiento constante del muelle y las voces de los estibadores…

pero su retirada no obedecía tanto a la prisa…

sino a la prudencia entrenada de quien sabe exactamente cuándo abandonar una conversación, antes de que unas pocas palabras de más…

terminen convirtiéndose en un problema imposible de deshacer.

Detrás quedó el Capitán de Puerto Prado, quien se quedó un instante con la vista clavada en el punto donde Tarsius había desaparecido entre el movimiento del muelle, y aunque su rostro permaneció rígido bajo el yelmo oscuro, volvió a golpear el mango de su espada con una fuerza contenida que amenazaba con desbordarse…

porque el énfasis venenoso con que Tarsius había cargado la palabra «leales» al referirse a sus hombres, todavía le ardía bajo la piel como solo arden los agravios que uno no puede responder, y sin darse cuenta, llevó los dedos hasta la cicatriz que le cruzaba la mandíbula por debajo del yelmo…

ese recuerdo de una reyerta de taberna que prefería no recordar, pero que su cuerpo insistía en conservar…

porque ni los cansados Ciclos de servicio ni el alivio brutal de algunos buenos puñetazos, habían logrado extinguir del todo aquella hostilidad enquistada entre ambos cuerpos militares…

una tensión que, más de una vez, había terminado derivando en choques físicos todavía recordados con rencor en concurridas tabernas, en cuarteles de todos los uniformes y en alejados puestos fronterizos.

Y aquello terminaba convirtiéndose siempre en un espectáculo tan decadente como peligroso, en una vergüenza persistente que cada vez que reaparecía, le mostraba al reino su propia herida sin vendaje…

porque mientras las tres fuerzas armadas más importantes de Nordaar, se desgastaban entre sí mediante inútiles desplantes, furiosas amenazas e inmortales resentimientos heredados…

el verdadero peligro, aguardaba paciente más allá de sus fronteras…

lejos del orgullo de sus uniformes y de esas hojas afiladas, que no lograban ocultar el rechazo casi ritual que se profesaban, esa Legión Imperial que poseía una historia más larga que ninguna…

la Guardia del Heredero, con su obsesión por el protocolo…

y la imponente Guardia del Rey, que juraban entregar sus propias almas por defender al monarca…

desde la creación de la Casa de la Guardia Real de Nordaar, tras la infame «Conjura de Vetronius».

Aquella traición que había quebrado juramentos y derramado sangre real sobre las paredes y los pasillos del poder, muchos Legados atrás…

dejando una herida política que jamás terminó de cerrarse del todo…

y a juzgar por las palabras envenenadas de Tarsius y la mirada endurecida de Prado…

parecía destinada a continuar abierta durante mucho tiempo más…

igual que una cicatriz infectada que el reino prefería cubrir con capas de protocolo…

antes que atreverse a curar realmente… si es que esto llegara a ser posible.

Pero en este decisivo Halo, tanto el Gris Tarsius como el Imperial Prado sabían…

aunque ninguno se atreviera jamás a admitirlo en voz alta…

que sus disputas resultaban insignificantes frente a lo que verdaderamente estaba en juego…

pues el futuro del heredero de Nordaar pendía de un equilibrio frágil, y ese equilibrio descansaba…

para disgusto de ambos… sobre la correcta ejecución de sus respectivos trabajos, y por ello…

aun continuando envueltos en pura desconfianza y en ese orgullo que no quería ceder ni un paso, los dos estaban dispuestos a cumplir cuanto fuera necesario…

incluso si esto significaba obedecer órdenes del otro sin cuestionarlas…

porque ninguno podía permitirse que el peso de una tragedia hundida en el pasado, oxidada ya por generaciones enteras de odio acumulado…

les temblara en las manos precisamente ahora.