Azylinos #6
Los parapetos de madera reforzada a lo largo de los bordes de cubierta…
serán también armados con la madera azulada del ebracho, esa misma con que será construido el barco entero, pues es una madera que no solo se mantiene impermeable eternamente, sino que incluso resiste las llamas sin apenas chamuscarse, y será traída en exclusiva desde los manglares que germinan en los pantanos de Londeror…
y ante esa palabra, «exclusiva», Prancus no pudo evitar interrumpir, con la misma suficiencia de siempre, diciendo que cuanto más costara esa madera, mucho mejor…
porque mientras más costoso fuera imitarlo…
menos Casas en todo Albynia podrían siquiera intentarlo…
y Ojenes hizo un gesto de conformidad, retomando el hilo del plano…
los parapetos fueron concebidos para que los legionarios pudieran encogerse detrás de ellos, y seguir matando durante un combate fluvial…
y el inmenso mascarón de proa sería tallado con la figura de un oso sable de colmillos desmesurados, y esta fiereza dejaría bien en claro a cualquier embarcación que se cruzara en su camino, la pertenencia del navío a la Casa Felirius…
y detrás de ese persuasivo mascarón, se alzarían cuatro balistas de pie…
de un tamaño tan brutal, que su sola presencia bastaría para intimidar incluso al enemigo más temerario…
y cuando Ojenes llegó a este punto del plano…
el Regente inclinó el cuerpo hacia adelante por primera vez, y con la misma simplicidad con la que un niño pide dulces, declaró que él quería seis de estas máquinas de guerra…
y Ojenes tuvo que explicarle con una paciencia que le costó más de lo que aparentaba, que cuatro era el número que el espacio y el peso permitían sin comprometer la maniobrabilidad…
y que cuatro balistas de pie sobre un navío fluvial, ya era una extravagancia que ningún otro Capitán de Agua del continente podría presumir…
y luego de esto Prancus había vuelto a recostarse en su silla, complacido con esto…
o al menos complacido con la idea de que nadie más pudiera presumirlo…
y fue ese breve destello de satisfacción el que Ojenes decidió aprovechar antes de que se enfriara…
deslizando el dedo hacia otra sección del plano, mucho más generosa que las anteriores, propia de un barco que por sí solo ya duplicaba en tamaño a cualquier otro surcando el Issipi…
y allí, con la misma indiferencia con que se comenta el clima, dejó caer que había destinado un ala entera a lujosos camarotes…
con capacidad sobrada para alojar con holgura a un centenar de personas, porque la nobleza…
aclaró sin que nadie se lo preguntara… también merecía viajar como corresponde…
y entre todos esos camarotes, había uno en particular, más espacioso y mejor dispuesto que los demás…
reservado únicamente para Prancus, ya que aquel navío sería nada menos que su buque insignia…
y fue recién ahí, ante la idea de su propio camarote, que el Regente dejó entrever el asomo de una sonrisa que no se molestó en disimular…
conforme con que aquel espacio fuera tan opulento, como él mismo pretendía serlo.
Y entonces Ojenes llegó al motor… que había dejado para el final con toda la intención…
porque sabía que sería aquí donde Prancus dejaría de fingir indiferencia…
y en otro plano le mostró el enorme núcleo de hierro encerrado en su carcasa metálica…
que alimentado por los Fogadores, sería el encargado de hacer girar un sincronizado doble par de enormes hélices aéreas de tres aspas cada una…
algo que ningún ingeniero había intentado antes…
donde cada aspa superaba en altura a un fornido Legionario Imperial, y elevadas sobre la cubierta como molinos colosales construidos para soportar las tormentas más feroces…
y cuando batieran el aire a toda máquina con una furia perfectamente controlada…
el Breliana se transformaría en el navío más veloz que Albynia hubiera visto moverse sobre el agua…
entonces Prancus Felirius, dijo que aquello era exactamente lo que había pedido…
con la voz de quien llevaba toda una vida esperando algo semejante, y sus dedos, que habían permanecido entrelazados durante toda la exposición, se separaron despacio sobre la mesa…
y el estrafalario Ojenes, que conocía perfectamente la diferencia entre un noble que consigue lo que esperaba, y un noble que consigue más de lo que esperaba, sonrió hondo por dentro mientras enrollaba los planos.
Porque el Breliana no sería solamente un navío de guerra, ni solamente un palacio flotante…
sino las dos cosas a la vez, cosidas en un mismo casco, tal como Prancus Felirius exigía que fuera cualquier cosa que llevara el nombre de su implacable Casa.
La llegada de la embarcación era esperada con una ansiedad apenas contenida, y ni bien el Breliana quedó amarrado con firmeza…
el sonoro traqueteo del motor, que desde su arribo se había impuesto por sobre cualquier otro sonido, exhaló una última bocanada espesa de vapor rojizo desde su alta chimenea, que el viento hizo danzar hasta mezclarla con la niebla del río, y calló de golpe…
devolviéndole sus propios ruidos al oleaje y a ese muelle convertido en un hervidero de movimientos, de cálculos y de órdenes cruzadas, de piernas que iban y venían entre cabos tensos, barriles ocupando cada espacio disponible y voces superpuestas, organizando el caos con una eficiencia que sorprendía por su rapidez…
y entre esta agitación se abría paso Tarsius…
un Oficial de Castillo perteneciente a los Guardias Grises, de unas…
digamos que treinta Llamas… y marcado por esa rigidez silenciosa que solo deja la disciplina sostenida tras largos Ciclos de servicio…
y caminaba llevando la metálica pechera grisácea ajustada al cuerpo sobre su uniforme gris, con los parches verdes de oficial cosidos en los hombros de su capa de igual tono, que hablaban por él antes incluso de que abriera la boca, acompañados por el bordado del escudo de la Guardia del Heredero en el centro de la espalda…
y portando la famosa espada doble, colgada a su cintura casi como quien lleva una lanza, con el mango asomando por una ranura al centro de su larga funda, y ambas puntas ocultas bajo la presión del cuero negro en cada extremo…
y sus ojos negros de Nender, junto al cabello oscuro cayéndole hasta los hombros, por debajo del yelmo grisáceo coronado por su alto penacho celeste, sumados a la marcada delgadez de sus mejillas, le conferían una apariencia adusta y disciplinada, que solía engañar a quienes todavía no lo conocían…
y además, en el anular de la mano derecha, llevaba un grueso anillo de plata con el escudo del Príncipe Heredero labrado sobre la superficie…
mostrando la famosa corona de ocho puntas dentro de una estrella con la misma cantidad de puntas, que era una pieza imposible de confundir, y que además Tarsius se encargaba de que así lo fuera, asegurándose siempre de que este símbolo quedara visible en el ángulo correcto…
pero no como vanidad… sino como pura táctica…
porque había aprendido pronto que mostrar el Anillo del Príncipe Heredero en el momento justo, podía reemplazar una orden entera y ahorrarle una conversación que nadie quería tener…
y un marinero que pasaba cargando una caja de madera lo vio de reojo, y sin que nadie se lo pidiera, depositó la caja en el suelo y esperó inmóvil hasta que Tarsius pasara de largo…
porque quienes acostumbraban a trabajar cerca del Príncipe Heredero, aprendían pronto que había uniformes a los que convenía dejar siempre espacio.
Entonces avanzando con paso rápido entre los estibadores y los legionarios, comenzó a moverse en dirección al Capitán de Puerto de cuello ancho como un tronco…
y mientras lo hacía, sus ojos negros barrieron el muelle de extremo a extremo buscando algún detalle que pusiera en peligro todo…
y solo recién alzó la mano en un saludo breve hacia la cubierta del Breliana, donde sabía que el Capitán de Agua Ojenes seguía erguido bajo su grotesco sombrero…
aunque la sola visión de ese famoso sombrero que tantos recuerdos le traía, amenazó con robarle una carcajada por un instante…
y tuvo que recordarse muy rápido dónde estaba y con quién tenía que hablar a continuación, para lograr controlarse…
entonces el viejo marino le devolvió el gesto con un entusiasmo completamente desproporcionado para la ocasión…
abriendo los brazos como si recibiera a un hijo que regresa de la guerra, con una mano agitando el sombrero en el aire con las plumas despeluchadas sacudiéndose en todas direcciones, y dejando escapar desde lo alto de la cubierta un saludo a los gritos, que compitió sin esfuerzo con el ruido del muelle entero…
comportándose ajeno a cualquier noción de discreción o solemnidad militar igual que siempre…
a la vez que le mostraba una sonrisa tan ancha, que las arrugas de su rostro se multiplicaban hasta perderse bajo la barba…
y en ese mismo instante el Oficial Gris llegó a un lado de Prado, mirándolo con la cara que reservaba para estas ocasiones.
—Capitán Prado. El Carruaje Real del Príncipe y los animales de tiro entrarán al momento en que usted lo autorice —dijo Tarsius, exhibiendo sin disimulo el dedo donde llevaba el grueso anillo, asegurándose de que la corona de ocho puntas del Príncipe quedara siempre a la vista del otro capitán, y sin dejar de saludar con la otra mano al estrafalario Ojenes…
quien aún daba espectáculo sobre la cubierta del Breliana.