Azylinos #5
Entonces cada legionario del puerto, parecía moverse con la conciencia permanente de que incluso el error más mínimo…
podía terminar convirtiéndose en una consecuencia que el reino no estaba dispuesto a tolerar…
y cuando el sonoro traqueteo del motor del navío, alimentado por el fulgor carmesí de esos Cristales de Energía llamados Fogadores, que ardían sin tregua en las calderas metálicas, comenzó a crecer poco a poco hasta volverse inconfundible…
imponiéndose así por sobre los ruidos del muelle y el golpe insistente del oleaje contra los pilotes…
el navío Breliana emergió finalmente desde la blanca pared de bruma, rozando con sus tablones azulados los espectrales pilares del atracadero, con una precisión que hacía pensar que conocía aquellas aguas de memoria…
mientras su silueta se recortaba contra la luz de los Faroles Luminares, a la vez que el vapor escapaba por los conductos laterales, y se mezclaba con la niebla del río en densas bocanadas blanquecinas…
y en lo más alto del mástil, apenas visible entre esas nubes que tardaban en disiparse, ondeaba una enorme bandera dorada con un rombo negro cosido en el centro…
y dentro de este, gruñía un oso dientes de sable con los colmillos enormes, en un bordado de un rojizo tan intenso, que parecía sangrar sobre la tela.
Desde la proa su Capitán de Agua, el estrafalario Ojenes, gritaba órdenes a sus hombres de babor con un rostro cruzado de arrugas, pero más aún les aullaba a los de estribor…
por donde las tablas del muelle pasaban cerca de la quilla…
acompañándolas con un despliegue exagerado de todo el cuerpo, lanzando ambos brazos al viento, doblando sus dedos nudosos igual que si estuviera realizando algún truco con cartas, ¡e incluso moviendo las piernas!
, en una especie de saltitos absolutamente frenéticos…
pareciendo que la totalidad de su cuerpo, necesitara participar en cada mínima maniobra para que la nave obedeciera…
y aquellos legionarios del muelle que conocían por primera vez a este pintoresco individuo, y a pesar de llevar toda su instrucción aprendiendo a no pestañear ante nada, sus labios solo querían quebrarse en carcajadas, y no sabían exactamente para dónde mirar cuando Ojenes estaba en plena alocada faena…
porque aquello no se parecía a ningún protocolo conocido…
¡claro que no!… pero sin embargo el navío obedecía…
y además de tanto en tanto, tal vez formando parte del mismo ritual de navegación, el Capitán de Agua se acomodaba las despeluchadas plumas verdes de su sombrero de ala ancha, confeccionado con un brillante cuero rojo de serpiente marina, con el gesto impulsivo de siempre…
que era incapaz de permanecer quieto, ni siquiera cuando el navío respondía exactamente como él esperaba.
El estrafalario Ojenes era una auténtica leyenda de las aguas, y no solo por ser un Nender que llevaba el navegar en la sangre, sino porque había navegado rutas que ningún otro Capitán de Agua se atrevía a cartografiar, sobrevivido tormentas que hundieron embarcaciones más grandes y mejor pertrechadas que las suyas, y acumulado más Ciclos sobre el agua que cualquier Numian o Nender sobre la tierra…
y su cuerpo tenía una marca por cada una de esas historias, repartidas entre la piel curtida y los silencios que nunca llenaba…
pero en realidad… en realidad su leyenda no era conocida únicamente por eso, pues la mayoría solo lo recordaba por razones que poco tenían que ver con el agua, lo cual…
para su satisfacción, le venía de maravilla…
ya que resultaba imposible ignorar su presencia una vez aparecía sobre cubierta…
con su gran altura imponiéndose igual que un mástil movible, su andar exaltado que hacía temblar los tablones del navío incluso durante las maniobras más simples, su larga barba negra en punta que cuidaba con un esmero apasionado, su peluda chaqueta de piel de calamar albino, tan cubierta de parches de colores que el blanco original era ya solo una hipótesis, un cinturón tachonado con fichas de juego de Gado de distintos puertos, cada una ganada según él en circunstancias que no podía repetir en buena compañía, unas botas de colores distintos que él se negaba obstinadamente a que lo fueran…
y por supuesto, el grotesco sombrero de cuero rojo adornado con despeluchadas plumas verdes, arrancadas de la cresta de un Verelo, ese venado acuático propio de los pantanos de Dameris, actuaban juntos como un enorme magneto, que hacía de cada uno de sus movimientos un espectáculo inevitable.
Entonces una andanada de cabos voló desde el Breliana hacia las manos rugosas que aguardaban sobre el muelle, y en apenas unos instantes quedaron tensados y anudados a los amarraderos, dando la impresión de que la embarcación hubiera echado raíces sobre esos tablones oscuros…
y así… después del extenuante periplo que la había traído desde el apartado este de Nordaar, aunque no más allá del Castillo Imperial de Frontera…
el navío alcanzó al fin aquella quietud que el Breliana llevaba tiempo reclamando, y conquistada a fuerza del vapor que los Cristales Fogadores arrancaban sin descanso, dejando atrás un buen número de millas por el ancho Issipi, cuya calma aparente era la mentira más vieja de ese río…
mientras se mantenían encendidos en aquellas calderas inundadas con agua, con una obstinación brutal que solo cedía cuando los Cristales se consumían.
Sin duda una tregua merecida, que será medida con la precisión implacable del tiempo, que les tomará a los estibadores subir y descender desde la bodega las balistas de pie, unas enormes piezas de madera y metal tan anchas como un carromato, que las defensas del Castillo Gris llevaban tiempo esperando…
y también del lapso necesario para recargar los almacenes del navío con víveres frescos, barriles de agua limpia y decenas de repuestos para las máquinas.
Aunque el tiempo realmente determinante será aquella duración exacta, que demandará trasladar al espacioso interior del Breliana, la invaluable carga que aguardaba custodiada algo apartada del atiborrado muelle…
aquella presencia silenciosa que incluso inmóvil…
hacía que los hombres bajaran la voz sin que nadie se lo pidiera.
Y mientras el Breliana reposaba al fin sobre las aguas quietas del muelle…
Ojenes se quedó extrañamente inmóvil por una vez, apoyado sobre la borda con los brazos cruzados y la mirada recorriendo cada palmo de su navío, con la misma quietud con que un padre observa a un hijo dormido…
porque el azulado Breliana no había sido simplemente construido…
había sido exigido y arrancado pieza por pieza a los mejores ingenieros navales de Albynia, con el respaldo ilimitado de la inagotable bóveda de la Casa Felirius…
y la memoria le llegó sola, de ese modo en el que siempre regresan los buenos momentos.
Recordando aquel Halo de apenas un Ciclo atrás, cuando desplegó varios planos sobre una larga mesa de betas rojizas, con la misma naturalidad con que se extiende un mantel…
y Prancus Felirius en persona, aquel implacable y popular Numian gobernante de la Casa Felirius…
ocupaba el otro extremo de la mesa con esa postura de quien ya sabe que va a obtener lo que quiere, esperando la exposición de aquel estrafalario sujeto mientras mantenía los dedos entrelazados…
con su físico aguerrido llenando por completo aquel sillón de respaldo altísimo, con los apoyabrazos tallados y ribetes dorados, proclamando a gritos la nobleza de quien lo ocupaba sin pedir disculpas…
y luciendo su icónico mostacho tupido, que parecía haber crecido con la misma determinación con la que controlaba su Casa, y bajo unas cejas pobladas, sus ojos ámbar intimidaban con una profundidad que no preguntaba…
sino que sentenciaba… pero aun frente a esta presencia imponente…
así como si nada… Ojenes comenzó señalando con los dedos sobre el plano, la ancha quilla reforzada y ennegrecida desde el primer Halo, mediante sucesivas capas de espeso alquitrán, para que los Nexos enteros de corrientes violentas y travesías interminables, no encontraran una sola grieta donde abrir fisura alguna…
y el Regente Prancus Felirius había asentido despacio, como si aquello fuera lo mínimo que esperaba…
y entonces Ojenes desplazó el dedo hacia el casco de la nave y explicó que no sería simplemente un casco…
sino una rotunda declaración de intenciones…
con sus puntas de arpón orientadas hacia el agua, igual que las espinas de un erizo marino, dispuesto a atravesar cualquier cosa que intentara acercarse demasiado, y blindado en la proa con gruesos chapones de hierro superpuestos, que imitarían el caparazón de una tortuga marina gigantesca…
pero el Capitán de Agua aclaró que no se trataría únicamente de intimidar desde lejos…
sino que fue preconcebido para resistir impactos, pesadas embestidas de otras embarcaciones, y un intenso ataque enemigo sostenido…
convirtiendo con esto al navío en algo muy cercano a una fortaleza flotante…
y Prancus ahí despegó los labios por primera vez…
para decir con la suficiencia de quien felicita a un artesano por cumplir correctamente su oficio, que eso era exactamente lo que la Casa Felirius requería…
y allí Ojenes apenas asintió con la cabeza antes de seguir adelante, mientras señalaba con los dedos nuevamente el mismo plano.