Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Azylinos #4
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Azylinos #4

Pero el puerto no se reducía únicamente a los muelles y las torres de vigilancia…

y sin necesidad de mirar dos veces, el viejo Nender recordaba el contenido del amplio establo erigido en uno de los costados, que albergaba zancudos machos cuyas crestas turquesas atrapaban la luz nocturna, a la vez que varios azylinos resoplaban sin descanso, bajo aquellos techos robustos impregnados de un intenso olor a heno…

y algo más allá, se levantaba el puesto de correo que tampoco jamás dormía, en donde aguardaban avesaurios inquietos incluso en reposo…

removiendo las garras sobre los maderos, y sacudiendo las plumas cada vez que algún sonido surgía desde los muelles…

esos mismos animales que el viejo vigía odiaba profundamente, por sus incesantes chillidos que taladraban incluso las paredes…

y luego los ojos de ese viejo Nender, de espalda encorvada y piel curtida, se posaron sobre las barracas destinadas a la tropa Imperial permanente, con sus piedras oscurecidas por el uso constante y la humedad de los ríos…

mientras en el centro del puerto, se erguían las infaltables grúas dominando toda la ribera, las que siempre chirriaban cuando elevaban mercaderías y piezas pesadas desde las bodegas de los navíos…

produciendo un sonido que el viejo ya ni registraba, aunque los recién llegados siempre terminaban con la mandíbula tensa de tanto rechinar los dientes…

y todo esto permanecía iluminado por los Faroles Luminares, que bordeaban la extensa línea del atracadero, y derramaban sobre el puerto su luz cálida e inmortal…

y por último… imponiéndose en tamaño por sobre lo demás…

el viejo vigía comenzó a repasar de memoria, como quien recita una plegaria gastada de tanto repetirla, el contenido del inmenso almacén que descollaba al comienzo del puerto…

colmado de imprescindibles víveres, junto con innumerables armas aceitadas, también herramientas de oficios varios, muchas telas dobladas en fardos, infaltables barriles sellados con cera, pesados sacos de grano apilados hasta rozar las vigas, manojos de cuerdas enrolladas con la precisión de quien sabe que un mal nudo mata, cajas repletas de repuestos para navíos y carruajes, además de decenas de Luminares de reserva, custodiados como si cada uno valiera lo mismo que una vida.

En definitiva… el viejo vigía sabía muy bien que allí se concentraba en cantidad más que suficiente, todo aquello que un puerto necesitaba para abastecer a las legiones, a los nobles en sus largos viajes, a los comerciantes en sus productivos recorridos, y a las embarcaciones que amarraban por necesidad o por importantes negocios…

sin duda, una mole desmesurada que explicaba…

tal descubrió en ese lejísimo Halo que puso un pie allí por primera vez, el porqué este lugar existía, el porqué los Legionarios Imperiales lo vigilaban con semejante ferocidad, y el porqué ningún marinero se acercaba jamás sin medir cada paso y cada palabra.

Aunque esta vez algo no terminó de encajarle, cuando su memoria regresó a las armas y los víveres militares que había visto apilados contra la pared del fondo del gigantesco almacén.

Pues habían llegado demasiado rápido.

Y en demasiada cantidad.

Más lanzas de las habituales… muchas más flechas… muchos más barriles de carne salada… muchos más sacos de grano… muchas más cajas selladas con símbolos que ni siquiera reconocía.

Durante Nexos enteros había visto entrar y salir cargamentos por aquel almacén, y conocía el ritmo del puerto mejor que el de su propio pulso… por lo tanto… sabía cuándo faltaba algo, cuándo sobraba algo, y cuándo los de arriba comenzaban a mover piezas sin explicar sus motivos.

Y esto olía exactamente a eso.

Sus tripas rara vez se equivocaban, y ahora le advertían que algo se estaba preparando en algún lugar del Reino…

algo grande… algo extraño… porque los suministros llegaban antes que las órdenes…

y a juzgar por la forma en que se le erizaban los pelos de la nuca, cada vez que recordaba aquellas pilas crecientes de provisiones…

también sentía que alguien con demasiado poder, estaba esforzándose mucho por mantenerlo en secreto…

y el viejo Nender guardó ese pensamiento en el mismo lugar donde guardaba todo lo que no podía contarle a nadie, y volvió la vista a la profunda cerrazón del río.

Ajena a toda esta actividad y sobre la margen del río Issipi, se deslizaba una bruma inquietante nacida en los distantes pantanos del sur, y demasiado habitual durante estas Fases del Ciclo, que danzaba suavemente sobre la superficie agitada con una blancura espesa, que ocultaba los pilotes que sostenían el muelle, y volvía incierta esa distancia entre el agua amarronada y la madera ennegrecida por la humedad.

El Puerto del Heredero se mostraba vacío de embarcaciones, aunque desde luego no de actividad…

y unos cuantos estibadores Nenders, que conocían el peso exacto de cada carga antes de tocarla…

retumbaban sobre el muelle rodando barriles repletos de licores, arrastrando costales colmados de cereales y especias con aromas intensos, y moviendo cajones de diversos tamaños, donde aguardaban frutas jugosas y carnes en trozos envueltas en sal gruesa, que iban disponiendo sobre los maderos mediante un orden meticuloso, que dejaba pasillos despejados entre las pilas de mercancía…

como si el navío esperado, ya estuviera presente en la precisión con que cada carga se organizaba para su arribo.

Y fue entonces cuando aún río adentro y velado por la neblina espesa, ese navío en persona hizo sonar su cuerno atronador, en un bramido profundo que se abrió paso sobre el agua reclamando espacio entre las sombras…

y seguramente el Encargo, de haber estado allí parado sobre esas tablas húmedas del muelle, habría sentido que ese sonido le estrujaba el pecho…

porque el último cuerno que escuchó en el pueblo de Gevas no anunciaba llegadas…

sino despedidas que jamás regresaban… y al parecer, al menos en el Reino de Nordaar, todo terminaba proclamándose mediante el rugido gutural de los cuernos…

pero la diferencia entre uno y otro resultaba abismal, ya que este cuerno no entonaba amenaza alguna…

sino la inocente cadencia de aproximación al puerto…

con esa secuencia inconfundible, que en los atracaderos nordaaros precedía siempre a la llegada de una embarcación advirtiendo su presencia, mucho antes de que la silueta del navío se atreviera siquiera a emerger desde la niebla.

El caos provocado por el tronar de barriles y cajas sobre la madera, sumado al golpeteo constante del oleaje contra los pilotes, hizo que muchos no alcanzaran a distinguir la tonada firme del cuerno marcando la llegada…

pero no ocurrió lo mismo con el viejo vigía del atracadero…

cuyo oído adiestrado supo separar la señal correcta de entre el desorden sonoro del puerto…

y con su espalda encorvada, avanzó hasta esa misma campana que colgaba en la columna de esa torre, para hacerla sonar tres veces mediante unos golpes medidos, que anunciaban sin palabras la aproximación de un navío…

en un gesto repetido tantas veces que ya parecía formar parte de su propio cuerpo, como una extensión inevitable del ritual obligatorio que regía cada atraque en los puertos del reino…

aquella antigua disposición conocida como la Decimoséptima Ley de Puertos Nordaara, y cuyo origen casi nadie recordaba ya…

aunque todos continuaban obedeciéndola sin discusión.

El Capitán de Puerto era un Legionario Imperial Nender de cuello tan ancho como un tronco, vistiendo el mismo uniforme de Nordaar que portaban sus hombres…

y su cabeza permanecía ceñida por un yelmo oscuro, del que pendía una larga tela naranja entrelazada con algunas verdes…

distinguiendo un rango, que no admitía discusión dentro de los puertos imperiales.

Una autoridad que apenas escuchó las campanadas desde el interior de su oficina adosada a las barracas…

y luego de apartar varios documentos que revisaba palabra por palabra…

abrió la puerta con un golpe seco y salió hacia el muelle con una prisa contenida, mientras llamaba a varios legionarios con órdenes breves pronunciadas sin siquiera elevar la voz…

como si todos allí, hubieran aprendido a obedecerlo antes incluso de escucharlo terminar sus frases.

La tensión iba en aumento… pues debían recibir el navío conforme dictaba el protocolo…

con aquel procedimiento rígido por naturaleza, que durante los últimos Halos había sido llevado hasta un extremo casi obsesivo de severidad…

endurecido sin concesiones, ante la proximidad de un acontecimiento histórico para el reino…

que producía una maraña de órdenes nuevas circulando en cada Halo, y nadie preguntaba de dónde venían…

solo se cumplían… y la presión se volvía todavía mayor, porque el Puerto del Heredero constituía un posible punto de conexión con el Castillo Gris…

al punto de que hasta el más veterano de los marineros, debía ahora detenerse y esperar autorización expresa, antes de dar un solo paso fuera del puesto…

y todo esto resultaba más delicado aún… porque el desembarcadero se levantaba a escasa distancia de la Villa del Príncipe Heredero de Nordaar…

y bajo condiciones semejantes no existía margen para ningún descuido, arriesgadas improvisaciones, y mucho menos gestos fuera de lugar…

tanto que el propio Capitán, no dejaba de cerrar y abrir el puño al caminar…

como quien necesita recordarse a sí mismo que la situación se encontraba bajo control.