Azylinos #3
Además, el Encargo aprendió gracias al mapa que le pintó su madre, que a unas pocas millas de la intersección entre el Camino Norensis y el Camino Principalis, y no demasiado lejos del ancho delta formado por los ríos Iggton e Issipi, se alzaba sobre una colina fortificada el Castillo de la Guardia del Heredero de Nordaar, conocido en cada confín del mundo continente con el apodo de Castillo Gris…
y el lugar que terminaría convirtiéndose en la última etapa de este su primer viaje por el Reino de Nordaar, antes de continuar hacia Dalassia…
y esa fortaleza que su madre había representado mediante un cuadrado bien marcado, con torres en cada esquina…
y al igual que estas firmes líneas de tinta…
el castillo transmitía una sensación de vigilancia inflexible, con una silueta que parecía observar sin descanso cada sendero que atravesaba la región…
y según le contó el Maestro en su última clase, bajo el persistente aroma de las hierbas silvestres, que exhalaban un aroma amargo cuando el calor del hogar las alcanzaba, y los arrumacos de Tomo entre sus pies…
desde sus altas murallas podían verse los caminos extendiéndose hasta perderse en la distancia…
mientras los guardias aguardaban inmóviles la llegada del peligro durante Pulsos enteros, ya fuera bajo la fría lluvia o bajo el sol abrasador, con las botas hundiendo siempre la misma marca sobre la piedra, y sin que el viento lograra jamás borrarles del rostro aquella expresión de alerta permanente.
Por esta misma región, aunque algo más al noroeste y apartada de los caminos mayores, existía también la Villa del Príncipe Octavien…
esa acogedora edificación con grandes jardines, que su madre había marcado mediante delicados trazos verdes sobre el pergamino…
y donde la naturaleza era domesticada con paciencia, a la vez que el murmullo constante del agua junto con la fragancia de las flores que lo cubría todo, componían un contraste casi insolente, frente a la aspereza de las fortalezas militares y la dureza interminable de las rutas que la rodeaban…
era como si aquel rincón, hubiera sido arrancado de un reino menos cruel…
y luego ocultado cuidadosamente, en medio de la severidad nordaara.
Aún mucho más al norte y a varias millas de distancia, el Guardia Gris seguía tragándose la distancia del viaje con el azylino…
y mientras tanto la mente del Encargo, continuaba recorriendo esa geografía imaginaria sobre el mapa de su madre…
recordando que existía también un pequeño puerto…
uno que el amarillento papel apenas mostraba con un simple punto, porque resultaba demasiado insignificante entre las enormes ciudades, los largos caminos y las inmensas fortalezas…
pero si el Maestro Elonio hubiera tenido que explicarlo, seguramente comenzaría diciendo…
Que bastaba con seguir el Issipi unas pocas millas al sur del castillo, hasta el punto donde el río decidía ensancharse, para encontrar este modesto puerto…
que si bien resultaba insignificante en cualquier mapa, y era uno más, entre los muchos muelles que la Legión Imperial de Nordaar mantenía diseminados a lo largo del Reino, para abastecer navíos de orígenes y propósitos tan distintos, como los marineros que descendían de ellos…
la verdadera ironía, diría el Maestro, era que ningún otro punto diminuto en un mapa de Nordaar, cargaba tanto peso real…
pues bastaba con que estuviera a un suspiro del Castillo Gris, para que los Guardias del Heredero lo convirtieran en su paso obligado, impregnándolo de una presencia grisácea constante…
y así, a pesar de que ningún cartógrafo se hubiera dignado a dibujarlo más grande, terminó ganándose el apodo de «Puerto del Heredero»…
porque apenas un yelmo gris se asomaba entre la niebla del muelle, hasta la risa más ruidosa se apagaba de golpe.
Y a diferencia de la distante región del Puente de las Columnas Blancas, donde la lluvia persistía en empaparlo todo, sobre todo al jinete gris y al Encargo por igual…
aquí la tierra se mostraba seca, y si bien el cielo permanecía cubierto por nubes dispersas, estas se abrían en amplios claros, que permitían asomarse a las estrellas y al quinteto de «Las Sempiternas»…
suspendidas sobre el puerto igual que testigos silenciosos, de una noche en la que el agua del muelle reflejaba las luces con una quietud oscura…
que parecía contener algo dormido bajo la superficie.
Entonces allí… en ese Puerto del Heredero…
la mirada del viejo vigía del atracadero hacía una vez más el mismo recorrido meticuloso de siempre, desde lo alto de su torre de roca alzada en el extremo del muelle, en donde además una vieja campana de bronce colgaba inmóvil de una columna de madera, esperando su turno como esperaba siempre…
mientras él repasaba aquel paisaje que lo acompañaba desde hacía Nexos…
vestido con ese atuendo que la Provincia de Desarius, le imponía a cualquiera que trabajara bajo sus órdenes…
con ese pantalón de cuero curtido, con la pierna derecha teñida de escarlata y la izquierda de añil, y arriba un jubón ajustado que invertía el juego de colores…
mostrando el pecho en añil, y los brazos escarlata…
coronado todo esto por un gorro puntiagudo de un dorado desgastado, que no se quitaba ni bajo la peor de las tormentas…
y esa misma vestimenta que llevaban puesta sin excepción, todos y cada uno de los estibadores que se movían por el muelle.
Porque este puerto no era solo el puesto de trabajo del viejo vigía, en el cual ejercía la labor de anunciar cada entrada y cada salida de las embarcaciones que arribaban o partían…
sino también su hogar… desde aquella noche lejana en que las llamas le arrebataron el verdadero, sin dejarle más que las cenizas y la ropa que llevaba puesta…
y fue entonces que se presentó ante el Capitán de Puerto de aquellos tiempos, pidiéndole apenas un lugar donde recostar el cansancio…
y ese Nender, conmovido o tal vez solo necesitado de alguien dispuesto a quedarse en un puesto que nadie más quería, le concedió el cuarto minúsculo erigido en la base de aquella misma torre donde ahora montaba guardia…
y desde entonces, terminó envejeciendo entre esas mismas piedras, hasta llegar a conocer cada tachuela del puerto, mucho mejor que cualquier Capitán de paso o legionario recién destinado…
y en el recorrido meticuloso de este Halo…
comenzó primero a ver ese muelle guarecido por dos altas torres de troncos, elevadas a ambos flancos de la dársena, con Legionarios Imperiales apostados en lo alto…
vigilando con aquellos aguzados ojos que nunca se permitían un descanso…
y unos fornidos Nenders, protegidos por piezas de armadura negra, sobre un uniforme de Nordaar atravesado por una franja vertical negra que descendía desde el cuello hasta las botas, flanqueada a ambos lados por bandas horizontales escarlata y añil, y con unos yelmos oscuros adornados con telas que distinguían cada uno de los rangos…
esos mismos rangos, cuya pedantería el viejo vigía ya sabía exactamente cómo esquivar…
mientras, en las espaldas de los legionarios, descendían las capas escarlata y añil de las Legiones Imperiales…
atrapando cada destello de luz con ese fulgor insolente, y luciendo bordada sobre el fondo dividido en esos famosos colores, la espada plateada de cinco hojas, proclamando el poder de Nordaar a los cuatro costados…
en una advertencia constante de que este enérgico reino no recibía visitas… sino solo huéspedes vigilados.