Azylinos #2
Y ahora de vuelta sobre el Puente de las Columnas Blancas, el mismo jinete seguía adelante bajo la tormenta…
llevando consigo el peso de todas esas preguntas sin responder…
y vestía sobre su uniforme gris una pechera grisácea ajustada al cuerpo, con una capa del mismo color y un parche amarillo cosido en cada hombro…
agitándose empapada detrás de él bajo la violencia de la carrera, y cubriendo parcialmente al Encargo del agua que arreciaba sin tregua, llevando también aquella famosa corona de ocho puntas rodeada de un mismo número de escudos, un famoso símbolo bordado con hilo negro en el centro de la espalda…
y llevaba la capucha ceñida al yelmo grisáceo para protegerse el rostro del agua que la propia rapidez volvía punzante, dejando asomar apenas la punta de su alto penacho celeste…
y a un costado de su montura, colgaba una extraña espada que de cada lado del mango salía una afilada y larga hoja, enfundada de punta a punta salvo por el mango, que asomaba al centro como el único respiro entre tanto cuero negro…
aquella famosa espada doble… y quien lo hubiera visto cruzar el puente recortado por los relámpagos mudos, habría descubierto su filiación incluso desde la distancia…
porque su ropaje enteramente gris, con su armadura grisácea reducida a una simple pechera ceñida…
y el dominio absoluto de una velocidad que podría quebrar el cuello de un jinete inexperto…
junto con esa forma de avanzar sin conceder una sola duda al terreno ni a la tormenta…
y sin olvidar aquel rotundo símbolo en su espalda agitándose incansable…
eran rasgos que lo identificaban sin necesidad de más señales, como un Guardia del Heredero…
y en la violencia contenida de su carrera, se percibía inconfundible la obediencia feroz de quien transporta una misión, en la cual cada instante perdido resulta intolerable…
aunque ese mismo Halo, ya había demostrado que ni siquiera el deber más rígido estaba libre de ceder…
al menos una pequeña vez… ante los ojos encendidos de un niño con un cuaderno.
El Guardia del Príncipe y el Encargo ya casi alcanzaban la mitad de la larga estructura, mientras las ráfagas de viento castigaban sin piedad las tímidas llamas de los faroles del puente, apagando algunas y haciendo oscilar otras hasta volverlas inútiles, como si la tormenta disfrutara debilitando una luz tras otra…
y habría sumido todo en una oscuridad cerrada, de no ser por los innumerables destellos que relampagueaban en silencio sobre la inmensidad nocturna…
que con sus breves fulgores, revelaban por completo cada tabla mojada, cada columna lechosa y cada gota suspendida en el aire…
y por un instante, también el perfil tenso del Guardia bajo la capucha empapada, con la mandíbula apretada en algo que no era solo concentración…
antes de devolverlas al aguacero y a la oscuridad.
Y aunque el Guardia del Príncipe jamás lo hubiera admitido en voz alta, de tanto en tanto aflojaba las riendas apenas lo justo, para evitar que el viento lo empujara más cerca del borde, y a la vez poder sentir contra su espalda, el peso pequeño y tembloroso de aquel chico de Gevas…
pues era un peso que cargaba más que cualquier orden recibida…
y el Encargo sentía contra su espalda el golpe rítmico y firme del corazón del jinete…
como un único pulso constante en medio de la tormenta…
y sin saber bien por qué, se aferró a ese ritmo con la misma fuerza con que se aferraba a aquello bajo las mantas.
Un chico que para ocupar sus pensamientos, había dividido el viaje en etapas, tal como el Maestro Elonio le enseñó a fragmentar los recorridos extensos, para impedir que cualquier distancia se volviera monstruosa dentro de su cabeza…
y ahora estaban por cumplir esa primera etapa…
en la cual la oscuridad titilante de los faroles comunes, persistiría únicamente hasta traspasar esa barrera invisible sobre el puente, donde comenzaban los límites de la acaudalada Provincia Desarius, y sería la primera vez que este chico de Gevas cruzaría esta frontera.
La primera vez que abandonaría no solo su pueblo, sino la propia Provincia de Lareon…
dejando atrás cada calle que conocía, y cada voz familiar que todavía parecía respirar dentro de su memoria…
y una vez superasen ese límite geográfico, comenzarían a surgir entre las columnas blancas del puente, las luces inmortales de los costosísimos Faroles Luminares…
unos resplandores que ni el viento más rabioso, ni las tormentas más feroces, lograban extinguir…
aunque para algunos, su intenso brillo siempre venía acompañado del recuerdo amargo de lo que costaba tan solo el instalarlos…
y que resultaba ser una sangría tan profunda…
que la reducida bóveda de la Provincia de Lareon, jamás podría afrontar sin vaciarse hasta los huesos.
Y si bien el Encargo casi no podía verlos, envuelto como estaba en mantas que olían a cuero mojado y a sudor frío, mientras apretaba contra su pecho el pañuelo azulado que su madre le había dejado, y que el viaje todavía no le había robado del todo el olor de su perfume, sí sabía de estos incandescentes faroles…
pues no solo porque el Maestro se los describió en varias oportunidades, sino porque en ese mapa amarillento que colgaba de una pared en su habitación…
su madre dibujó una mitad del puente con tinta más oscura, marcando con precisión el punto donde Lareon terminaba y Desarius comenzaba…
y él había recorrido ese dibujo incontables veces con la yema del dedo, intentando memorizar cada símbolo, cada camino ondulante, cada montaña representada mediante triángulos pequeños, y cada ciudad señalada con círculos imperfectos…
que parecían diminutos ojos observándolo desde el pergamino.
La segunda etapa consistía en abandonar el puente…
y una vez dejaran atrás las últimas columnas y volvieran a tocar tierra firme, tomarían rumbo al sur por el Camino Norensis…
ese que él había seguido con la mirada noche tras noche sobre el mapa…
y desde allí, alzando la vista al distante noroeste, vería a la monumental Montaña Helada…
esa que su madre dibujó con apenas tres trazos firmes…
erguida con toda su infamia contra el cielo.
Esa cumbre cubierta de nieves eternas, que en aquel momento, parecía arder bajo el reflejo de los cientos de rayos que electrificaban el firmamento, y que era conocida por ser la cuna de los Dragones Escarpados…
aunque no eran estas bestias antiguas lo que le otorgaba al paraje su verdadera infamia…
no, ¡desde luego que no!… lo peor era aquello que su madre dejó fuera del mapa, aquello que no dibujó ni escribió en ningún margen del pergamino, y cuyo simple nombre bastaba para apagarle la voz a cualquiera…
incluso la garganta del Maestro Elonio, quien prefirió también pasar por alto este lugar en aquella última lección, porque un chico de nueve Llamas, no estaba listo para sostener lo que se ocultaba en lo alto de aquel denigrado valle.
Pues a los pies de la Montaña Helada, en aquel valle abrupto, donde la roca nacía ya quebrada bajo el peso del hielo eterno, y los vientos descendían afilados desde las cumbres, se alzaban los muros del infame «Asilo Blanco», el atroz laboratorio de la Montaña Helada…
y un sitio apenas conocido mediante susurros incómodos y relatos pronunciados a media voz…
pero que el propio Maestro Elonio había pisado alguna vez, aunque de esto jamás dijera una palabra…
y el viejo conocía cada piedra de aquellos muros mejor de lo que hubiera querido, aun sintiendo ese frío particular que liberaban subiéndole por la nuca…
a la vez que se erguían imponentes como una mole de piedra pálida y geometría implacable, con sus altas torres rectangulares levantadas no para tocar el cielo…
sino para aplastar todo cuanto respiraba bajo ellas…
y este era el mismísimo manicomio, donde los Custodios de la Fe llegaban con sus sangrientos carromatos enrejados, para encerrar de por vida a todos aquellos que juzgaban indignos de permanecer en sintonía con los cuerdos, y se decía que el Asilo Blanco devoraba sin piedad los recuerdos…
junto con los nombres de quienes atravesaban sus puertas.
Y mientras el Encargo apretaba un poco más el pañuelo contra su pecho, recordaba muy bien que la tercera etapa lo llevaría al punto donde el Camino Norensis se extendía hacia el sur, hasta unirse con el Camino Principalis…
esa línea pavimentada con losas de piedra, que su madre trazó en el mapa, con la forma de una cicatriz atravesando buena parte de la Provincia Desarius…
y según le contó el Maestro Elonio, por aquella ruta transitaban desde la colocación misma de su primera piedra…
caravanas cargadas de mercancías, peregrinos que viajaban en busca de santuarios lejanos, los infaltables recaudadores de impuestos escoltados por lanceros, y legiones enteras marchando bajo estandartes que cambiaban con cada nuevo reinado…
y este inmenso camino conducía sin desvíos hasta la metrópolis de Dalassia…
la actual capital del Reino de Nordaar… que su madre dibujó en el mapa como un círculo enorme, y que resultaba ser la majestuosa ciudad de Dalassia…
y allí donde su tío Marnus servía en la Guardia del Heredero protegiendo al príncipe, y en donde el poder se acumulaba igual que el oro en habitaciones sin ventanas…
rodeado de torres que rasgaban sin piedad el cielo y de mercados donde el regateo no se apagaba ni con la llegada de la noche.