Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Azylinos
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Azylinos

La Guardia del Heredero

Mundo de Albynia

El Encargo se sujetaba con fuerza al jinete, que espoleaba al azylino con urgencia bajo el aguacero, como si el propio aire le mordiera los talones…

y ya habían pasado unos siete Pulsos a galope desde Gevas rumbo al sudoeste, y recién comenzaba a cruzar ese maldito Puente de las Columnas Blancas, que parecía no tener fin…

y que se encontraba tendido sobre el curso oscuro y embravecido del río Iggton…

que ninguna bestia se atrevía a desafiar a nado, y cuyas crecidas devoraban sin esfuerzo incluso los botes reforzados con hierro.

Y el puente seguía extendiéndose sobre esas aguas furiosas, en un paso trascendental que unía las Provincias nordaaras de la Casa Lareon y la Casa Desarius…

mientras por sus anchos tablones habían desfilado a lo largo de la historia misma…

caravanas exhaustas cargadas de víveres de los más dispares, recaudadores escoltados por hombres armados, y también legiones enteras marchando en defensa de reyes legítimos…

y en no pocas ocasiones… avanzando con los estandartes invertidos para derrocarlos.

Pero esa noche el puente no cargaba ejércitos ni coronas: cargaba apenas dos vidas, con una entregada al deber, y la otra detrás del jinete…

como un encargo envuelto en mantas oscuras y mojadas, que ya no lograban contener el frío…

y que llevaba desde su salida de Gevas sin pronunciar una sola palabra…

o mejor dicho, con apenas una excepción arrancada por el entusiasmo…

aunque no mantenía una mudez por obediencia…

sino porque el miedo… cuando crece más allá de lo soportable…

también sabe quedarse callado… y bajo las mantas empapadas, una mano pequeña se aferraba a algo.

De todas y cada una de las innumerables maravillas arquitectónicas del mundo continente, el Puente de las Columnas Blancas era la estructura más larga que Albynia hubiera visto jamás alzarse, por la mano paciente de los Maestros Constructores…

con una extensión que superaba las veintiocho millas…

y obligaba al viajero a medir bien esos pasos sobre los tablones, para no perder el aliento antes de alcanzar siquiera la mitad de un trayecto…

que bajo los cascos del azylino… respondían con un eco hueco y mojado.

El paso debía su nombre al tono lechoso de la madera de los resistentes Blanilos con que fue erigido…

pues incluso bajo la tormenta, las enormes columnas conservaban aquella palidez que las había vuelto célebres en todo Albynia, y especialmente en la húmeda Provincia Nordaara de Galeris…

donde estos gigantescos árboles brotaban por millares…

y cuya savia clara, parecía seguir latiendo en la estructura, cuando el sol del mediodía, le arrancaba reflejos blanquecinos al caer de lleno sobre su existencia.

La noche se había asentado sobre la región hacía varios Pulsos, acompañada de un aguacero que inundaba el aire con el olor intenso de la tierra mojada…

mientras la lluvia descendía desde varias direcciones…

empujada por ráfagas erráticas que sacudían los matorrales junto al camino, y arrancaban hojas sueltas de las ramas más débiles, para arrojarlas contra la oscuridad.

En lo alto, se lucían unos relámpagos incansables centellando entre los nubarrones…

y sus estrías se perdían en la negrura del cielo con una incandescencia breve, que nacía y moría sin el acompañamiento del trueno tardío…

dejándole todo el protagonismo a unas gotas, que rompían la monotonía con su repiqueteo desordenado sobre el paisaje…

y el jinete alzó apenas la vista hacia aquel silencio en las alturas, que no debía estarlo…

porque algunos decían que un relámpago sin trueno, era una promesa de mal augurio…

y aceleró un poco más, si es que esto todavía era posible.

Ya no se veían en el oscuro cielo, las serpientes voladoras que solían en estos Pulsos acechar los densos pastizales, en donde ratas lampiñas y otras alimañas inquietas, removían la maleza durante la noche…

alimentándose de todo cuanto cayera en sus colmillos…

pues el rabioso viento, las había expulsado hacia la protección precaria de sus nidos entre los árboles…

y el frío del otoño, empezaba a clavarse bajo la ropa de cualquiera que no tuviera más opción que cruzar el Puente de las Columnas Blancas en una noche igual a esta.

Y desde luego que el jinete no la tenía…

y explotaba hasta el límite la velocidad de esa raza extraña de equinos, donde cada zancada resultaba ser un acto de esfuerzo de músculo y escama, trabajando sin tregua…

para lograr esa velocidad que arrasaba la distancia con una elegante violencia, que era diez veces más veloz que la del resto de su especie.

Tal lo había dicho el Encargo apenas supo que conocería un azylino…

y cuando ese momento lo alcanzó… cuando finalmente logró cumplir este sueño apenas unos Pulsos atrás…

ni bien el mensajero de su tío apareció frente a la cabaña…

el mundo entero que lo rodeaba, con todo su peso y su dolor reciente, se desvaneció de golpe ante la sola visión de aquella criatura de un índigo intenso, resoplando bajo la luz del mediodía…

y de pronto para el chico de Gevas… solo comenzó a existir ese animal al que se lanzó sin dudarlo, con la mano extendida y bien abierta, listo para sentir bajo la palma el calor húmedo de esas escamas resplandecientes… que lo sorprendieron con su suavidad.

Pero su padre lo sujetó del brazo justo a tiempo… conteniendo ese impulso con la misma firmeza de siempre… y entonces el corazón de su hijo comenzó a golpearle el pecho con tanta fuerza, que comenzó a subirle hasta la garganta…

—¡Apá, un momento, por favor, un momento! —suplicó, tirándole de la manga con una mano, y sin esperar el permiso, con la otra ya sacaba de su alforja el cuaderno de tapas gastadas.

Y su padre, que conocía a la perfección esa voz que no admitía demoras, cuando un animal nuevo se cruzaba en el camino de su hijo, y a pesar de la preocupación de que el tiempo apremiara…

ni bien le concedió el permiso, el chico ya estaba sentado sobre la tierra de esa calle otrora infame, con el cuaderno apoyado en las rodillas…

y el jinete, que en un principio había fruncido el ceño ante la demora, terminó esbozando una sonrisa breve al ver la concentración feroz, con que su encargo atacaba el papel…

y sin decir palabra… aflojó las riendas un poco, procurando que el azylino permaneciera lo más quieto posible.

Entonces el carboncillo comenzó a volar sobre el papel…

trazando una y otra vez, esas líneas que jamás alcanzaban a capturar del todo la curva del lomo, ni la tensión de aquellas orejas siempre atentas…

tan propias de un animal perteneciente a una estirpe singular de caballos forjados para la carrera…

y justo ahí el azylino resopló o… bueno…

sea lo que fuere, al chico le sonó parecido a «Esfuerzo»…

y por un instante el carboncillo se detuvo sobre el papel, mientras intentaba descifrar si lo había escuchado de verdad, o si apenas era su propia imaginación jugándole una broma…

y esquivando esa respuesta que temía encontrar, volvió a concentrarse en sus dedos, que tampoco conseguían darle forma a esa crin larga de un índigo más claro, que el viento nunca dejaba en paz, junto con esa cola espesa ondulando igual de inquieta…

ni a esos ojos enormes y serenos, que parecían contemplarlo todo desde una calma ajena a la tempestad que empezaba a conspirar desde los rincones del horizonte.

Porque esto el Encargo no lo sabía… no contaba todavía con suficientes Llamas para comprender la política…

pero su padre e incontables muchos otros, sabían que estas hermosas bestias criadas únicamente en el Reino de Parsedia eran reservadas desde Legados inmemoriales, para el uso exclusivo de las Legiones Imperiales Nordaaras, según un acuerdo tan antiguo como hermético entre ambas coronas aliadas, pactado en pergaminos que por momentos parecían deshacerse…

y resultaba ser un privilegio sostenido por razones que jamás se pronunciaban en voz alta, y que nunca terminaban de cerrarle del todo.

Pues este arreglo incluía mensajeros cruzando lejanas fronteras sin pagar peajes, ni rendir cuentas a nadie…

y también caravanas repletas de cargamentos, viajando de un reino al otro bajo la protección de escoltas fuertemente armados, sin que nadie registrara con exactitud el volumen de aquellas mercancías, ni mucho menos sus contenidos…

y una pregunta siempre terminaba clavándose en el pensamiento de este padre, cada vez que observaba pasar uno de esos animales…

¿qué clase de reino entrega lo más preciado de su tierra…

sin pedir nada a cambio que pudiera nombrarse en voz alta?