Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Monedas #3
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Monedas #3

El broche triangular parecía arderle en el cuello, aunque al tacto seguía helado, fiel a la naturaleza extraña del metal con que había sido forjado.

Y el estudiante de espalda ancha, sorprendido de pronto al verse convertido en ejemplo delante de toda la clase, dejó de girar el Selitár y lo apretó dentro de la palma con más fuerza de la necesaria…

como si hasta ese momento nunca hubiera calculado el verdadero peso de esta fortuna…

y de repente, el Cristal Diafanel adquirió una densidad nueva entre sus dedos…

que lo incomodaba y le resultaba difícil de ignorar…

hasta que finalmente aflojó la mano, y la moneda dejó una marca roja perfectamente circular en el centro de la piel, formando una línea más oscura justo en el borde, donde el hierro apretó con más filo que el cristal…

pareciendo que el propio Selitár había decidido comprarse un lugar allí…

y entonces giró el anillo escarlata y añil alrededor del dedo, buscando el contacto frío del metal que siempre lograba devolverlo a sí mismo…

cuando algo comenzaba a incomodarlo más de la cuenta.

Pero lo que inquietó demasiado al profesor, fue ver a Denion…

Quien se mantenía sin preguntar.

Sin interrumpir.

Sin ese brillo ansioso en los ojos, que solía anunciar una intervención inevitable, capaz de desviar la clase hacia territorios desconocidos y sobre todo incómodos…

porque en cualquiera de sus impulsos, Denion podría haber levantado la mano y preguntado…

digamos que… algo aparentemente sencillo…

algo inofensivo, como… «¿Profesor, cómo se tallan los Diafanel sin rajarlos?

»… y el educador le habría respondido quizá incluso con alivio…

pero luego inevitablemente llegaría la siguiente pregunta…

y después otra… y otra más… hasta alcanzar el verdadero problema…

porque el chico jamás se detenía sobre la superficie, y podría haber continuado con algo como…

«¿Profesor, por qué los esclavos Nurus mueren en las minas de Felirius, extrayendo Diafaneles que jamás podrán tocar?

», y después, sin medir siquiera el peso de lo que acababa de abrir delante de todos, podría venir algo como…

«¿Profesor, cuántos Dacrinos esconden las Casas Mayores en las bodegas de sus Castillos?

», y así seguiría avanzando con decenas de preguntas inoportunas…

pues, si solo fueran incómodas, el profesor no terminaría sudando de esa manera bajo el sobretodo negro, porque muchas acabarían sin duda rozando algo peor…

algo muy peligroso… y detrás de cada pregunta aparecería otra grieta, y detrás de cada grieta aguardaría una nueva pregunta todavía más embarazosa…

hasta dejar al educador, con la sensación de haber sido arrastrado demasiado lejos delante de demasiados oídos.

El profesor volvió a tocarse el broche triangular sin darse cuenta, y algo se le contrajo lentamente en el pecho, al mirar al chico inclinado sobre el pupitre.

Porque había buscado silenciarlo…

Pero no apagarle la luz.

Entonces miró la pizarra cubierta de nombres exactos y equivalencias precisas, trazadas con una corrección impecable pero desprovista de toda pasión, y aquella blancura ordenada comenzó a resultarle incómoda…

casi ajena dentro del mundo que conocía…

así que apartó la vista y sacudió apenas la cabeza…

refugiándose en los papeles acumulados sobre el escritorio, y aferrándose a la secuencia prevista para la clase, intentando convencerse de que nada importante acababa de ocurrir.

Pero desde atrás, Aeena seguía observando a Denion.

Y su lápiz dorado continuaba inmóvil.

Porque ella también había percibido algo en él.

Algo que se quebraba dentro del chico sin hacer ruido.

Como un Selitár fracturándose desde el centro.

O peor…

Como alguien que teme dejar de ser escuchado.

Sí…

Eso era.

Por eso Denion no dejó de mirar por la ventana apenas regresó a su asiento, manteniendo los ojos fijos en un punto que no existía afuera… mientras una comprensión lenta y terrible comenzaba a instalársele en las venas.

Su voz podía dejar de oírse.

Y podía apagarse sin estruendo alguno.

Lo que significaba que su madre tampoco sería oída jamás.

Pero él no quería aceptar algo así, ¡claro que no!… porque él quería gritar a los cuatro vientos… ¡Mi madre era brillante, y yo soy la prueba de ello!

Pero hoy no cumplí , se dijo, y las costillas comenzaron a apretarle con una angustia sin salida. Hoy solo fui como todos los demás.

Y si él era igual a todos los demás… entonces ella también lo sería.

Y esto era precisamente lo único que no podía permitirse aceptar.

Pero lo peor no era eso.

Lo peor… era empezar a sentir que tal vez su padre había muerto creyendo en alguien que nunca existió.

Porque… ¿y si él no era más que un simple chico con una lengua demasiado rápida… y una promesa demasiado enorme para cargar?

Pero Aeena sí sabía cuánto brillaba este chico…

Y al comprenderlo, su lápiz dorado comenzó a moverse otra vez.