Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Albius
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Albius

Epílogo

Río Issipi camino a Dalassia

Y fue entonces, cuando apenas dobló hacia la bodega baja, que las voces lo detuvieron en seco.

—… y ni se te ocurra darles de más, hay que seguir exactamente las instrucciones que nos dieron aquellos encapuchados —decía un Gris, del otro lado de una puerta entornada, con ese tono bajo que solo se usa para lo que no debería escucharse.

—Sí, me lo has dicho cien veces, ya. Parecen más inquietos que cuando apenas partimos. ¿Será por las mantas cubriéndolos? ¿Los Griharas aguantan tanto tiempo encerrados? —preguntó otro, y a Albius se le detuvo la respiración entera dentro del pecho.

Griharas.

A un par de pasos suyos.

Nada menos que dentro del mismísimo Breliana… y dos Grises hablaban de ellos como quien habla del tiempo.

Se acercó un poco más… dominado por sus propios pies que lo llevaban hacia la puerta entornada, y alcanzó a distinguir apenas, entre las sombras del otro lado, algo cubierto que se movía…

algo grande… algo que dejaba escapar un resoplido húmedo y profundo, que no se parecía a ningún sonido que hubiera escuchado antes…

y entonces, sin previo aviso, la puerta se cerró de un golpe y una voz contundente le dijo:

—Esto no es para tus ojos, chico. No puedes estar aquí.

Y a Albius no le hizo falta que se lo repitieran dos veces.

Porque corrió.

Corrió por los pasillos angostos, esquivando barriles y sogas enrolladas, con el corazón golpeándole el pecho, hasta llegar a la puerta del camarote de su tío… y sin golpear siquiera, la empujó de un solo envión.

—¡Tío! ¡Tío, hay Griharas en el barco! ¡Los escuché, están ahí abajo, tienes que dejarme verlos, aunque sea un instante, aunque sea…

Pero Marnus, que ya alzaba la vista de sus pergaminos con esa misma sombra bajo la capucha que nunca se quitaba, no necesitó más que esa primera frase para que el rostro se le endureciera entero.

—¿Qué has escuchado? —y no era la voz de un tío curioso, sino la de un Capitán calculando, en un instante, cuánto daño podía haber hecho ya una sola frase de más.

—Yo solo…

—¡No! —la palabra cayó como un golpe seco contra la mesa—. No vuelvas a acercarte a esa bodega. No vuelvas a escuchar conversaciones ajenas. Y jamás, ¿me oyes?, jamás, vuelvas a repetir en voz alta lo que acabas de decirme.

Albius se quedó de pie… con el pecho todavía agitado por la corrida, y sin entender del todo por qué una sola palabra, podía encender tanto miedo en los ojos de un hombre que hasta ese momento, jamás lo había visto asustado por nada.

Y no lo sabía aún, pues no podía saberlo… pero por entre los pasillos del Breliana… el chico se encontraba dando los primeros pasos que lo alejarían para siempre de la vida tranquila que alguna vez tuvo en Gevas.

Un Nender que logró escapar del fango… para sin sospecharlo… adentrarse en la historia de unos Príncipes que comenzaban a ser cercados por la Ceniza.