Monedas
Monasterio
Monasterio del Conocimiento
El profesor trazaba números y equivalencias en la pizarra, mientras el calor húmedo del mediodía descendía poco a poco en el salón de paredes oscuras, y los alumnos luchaban tanto contra el sueño, como contra aquel sopor tibio que se les adhería a la piel…
con la misma resignada obstinación, con que soportaban el tedio interminable de aquellas lecciones.
Denion se encontraba girado hacia atrás, inclinado sobre su banco, y susurrándole algo a Aeena, con un entusiasmo incapaz de permanecer quieto, y decidido a que ella descubriera todo lo que él sabía…
todo lo que habitaba dentro suyo… porque antes de él había existido alguien brillante…
alguien cuya voz ya no encontraba cuerpo en este mundo…
y aun así, desde el instante mismo en que su madre dejó de ser…
aquella voz comenzó a vivir mezclada dentro de la suya, empujando cada explicación atropellada, cada idea dicha demasiado rápido, y cada palabra que abandonaba ahora sus labios:
—…y por eso el Ferrón tiene sentido como moneda para los templos —murmuraba—, porque al no tener Diafanel…
El educador dejó de escribir a mitad de un título inacabado, dejando el carbón blanco suspendido en el aire un instante demasiado largo, y luego giró lentamente hacia el fondo del salón… arrastrando consigo una quietud tensa, que hizo que varios alumnos enderezaran la espalda de inmediato.
—Denion —dijo, con una voz tan tranquila que resultaba mucho más peligrosa que cualquier grito.
Pero el chico no lo escuchó, pues seguía demasiado absorto encadenando conceptos, con el fervor desordenado de quien teme olvidar algo importante antes de conseguir decirlo en voz alta…
mientras Aeena lo observaba con esa intensidad callada que no necesitaba palabras, y sosteniendo el lápiz dorado inmóvil sobre el papel…
casi temerosa de que el menor movimiento suyo, pudiera romper el hechizo que crecía entre ambos.
—…aunque técnicamente un Incríta sería más apropiado si pensamos que…
—¡Denion! —bramó el profesor… y el nombre estalló contra las paredes de piedra, dejando inmóvil el salón entero.
Ni siquiera el estudiante de espalda ancha se animó a respirar fuerte, y levantó apenas la vista…
escondiendo una sonrisa en la comisura de la boca…
a la vez que hacía girar entre los dedos un Dacrino Velár, cuyo Cristal amplio atrapaba la luz blanca del mediodía, para devolverla en destellos breves que morían antes de alcanzar el techo.
El profesor cerró los ojos un momento, y cuando volvió a abrirlos… su mano ya no descansaba en el broche triangular que colgaba de su cuello… sino que ahora lo apretaba con toda la presión de los nudillos.
Ya había intentado advertirle.
Exponerlo delante de todos.
Mil veces le pidió silencio con paciencia… suavizando incluso el filo natural de su voz.
También había probado ignorarlo… continuar la lección, por encima de aquel murmullo constante que nunca terminaba de extinguirse… esperando que el propio cansancio acabara por apagar su lengua demasiado veloz.
Pero nada funcionaba con Denion.
Y eso era precisamente lo peor.
Porque el chico brillaba con una intensidad que el profesor no recordaba haber visto en Ciclos enteros…
aunque era justamente esa claridad la que comenzaba a arrastrar la atención de todos los demás alumnos…
desviándola de la clase, igual que una mancha arrastra la vista en mitad de una página en blanco…
y mientras observaba el salón, el educador sintió cómo la mandíbula comenzaba a endurecérsele poco a poco, porque comprendió que no podía permitirlo…
que no podía conceder debilidad desde ahora.
No durante el primer Ciclo lectivo.
Y mucho menos dentro de su clase.
Así que se levantó de su escritorio despacio, apartando la silla con una calma demasiado rígida, y avanzó hacia el frente del salón con pasos medidos que resonaban sobre el suelo de piedra…
y luego, tal como hacía siempre que necesitaba imponer orden sin elevar la voz, señaló a Denion con el dedo índice y trazó el aire de arriba hacia abajo con un gesto definitivo.
—Al frente, Denion —ordenó el profesor, y su voz cortante atravesó el salón con todo su filo.
El chico se puso de pie de un brinco, y algo en sus ojos brilló con una anticipación contenida, porque avanzó hacia la pizarra con una rapidez difícil de disimular, casi como si hubiera esperado secretamente la oportunidad…
pero cuando llegó al frente, y extendió la mano para recibir el carbón blanco…
el profesor lo detuvo antes con una frase breve:
—No puedes hablar.
Denion parpadeó desconcertado, con su mano suspendida en lo alto… y algo se le cerró en el pecho, como si esas tres palabras le hubieran arrancado el aire de los pulmones de un solo tirón…
—¿Profesor?
—Que no puedes hablar —repitió el educador, entregándole una hoja cubierta de cifras y anotaciones—. Vas a escribir sobre las monedas de Albynia. Sin comentarios. Sin ninguna explicación. Sin empezar a recitar fragmentos de libros olvidando que estás en clase. ¿Entendido?
El mejor alumno asintió lentamente.
Todavía desorientado.
Y ya habiendo dicho casi todo, el profesor depositó el carbón blanco en la mano del chico, antes de añadir:
—Solo escribe.
Hizo una pausa mínima.
Y después remató, dejando caer cada palabra con una dureza deliberada:
—Bien mudo. Y vuelve a tu asiento cuando termines.
Un silencio pesado se depositó sobre los bancos.
Porque todos comprendieron enseguida lo que aquello significaba.
Esta vez no era una lección oral.
Era simplemente un castigo.
Desde el fondo del caluroso salón, el estudiante de espalda ancha dejó escapar una risa contenida, mucho más cercana al desprecio que a la diversión, mientras seguía haciendo girar el Velár entre los dedos, y mostrándoselo de soslayo a varios compañeros que terminaron sumándose con risas nerviosas…
aunque estas se sofocaron rápido… aplastadas por la incomodidad espesa que comenzaba a llenar el aula.
Era tiempo de que silenciaran su insoportable lengua, pensó el estudiante de espalda ancha con una satisfacción difícil de esconder, a la vez que hacía girar el anillo escarlata y añil alrededor de su dedo, mientras sostenía el Velár en la otra mano…
y contemplaba al fin, el momento que llevaba demasiado rato aguardando.
Denion tomó la hoja con unas manos que le temblaban apenas, y permaneció mirándola un instante demasiado largo.
Les prometí que brillaría.
Que cada Halo demostraría lo que sé.
Y de pronto, el carbón blanco comenzó a pesarle en la mano, igual que una inútil moneda antigua que ya no vale nada.
—Esto es muy sencillo, Profesor —dijo, y la voz le salió más baja de lo que había previsto—. Pensé que íbamos a…
—Ahora no necesito que pienses, Denion —lo interrumpió el educador, sin elevar la voz—. Solo escribe lo que está en la hoja. En un completo silencio. Eso es todo lo que tienes que hacer.
El chico abrió la boca.
Aunque ninguna palabra salió esta vez…
Y permaneció allí, con el aire detenido dentro de la garganta, mientras comenzaba a comprender… por la firmeza del castigo, y por aquella hoja cubierta de frases tan simples que le ardía entre los dedos… que esta vez no existiría espacio alguno para demostrar nada.
Porque el profesor se había encargado de impedirlo desde el principio, y entonces el castigo no podía transformarse en otro de aquellos escenarios, donde Denion siempre terminaba brillando por pura costumbre… porque ni siquiera le quedaba la voz… pues le fue arrancada delante de todos.
Aún sostenía la mirada en el profesor, y luego de apartarse el pelo de la frente con ese gesto que ya le nacía sin pensarlo, giró por fin hacia la pizarra… y el carbón blanco rozó la madera negra con un chirrido seco, que resonó demasiado fuerte dentro del silencio del salón.
Y comenzó a escribir.
Sin entusiasmo.
Sin aquellos movimientos amplios de las manos.
Sin la voz clara y firme, que normalmente acompañaba cada palabra trazada sobre la pizarra.
Tan solo lo acompañaba una obediencia que no le pertenecía.
Casi humillante.
El profesor regresó hacia su escritorio, al fin satisfecho con la autoridad que acababa de imponer sobre el salón, y apenas volvió a sentarse, sus dedos buscaron otra vez el broche triangular en su cuello…
aunque ahora lo hacía con una presión distraída y casi inconsciente…
igual que quien necesita comprobar, una y otra vez, que algo importante continúa todavía en su sitio.
Pero desde atrás, Aeena miraba a Denion con una intensidad capaz de distinguir el punto exacto, donde algo comenzaba a resquebrajarse dentro de él…
y su lápiz dorado permanecía inmóvil sobre el papel, porque percibía la tristeza con la que su nuevo amigo sostenía el carbón blanco…
y en un descuido nacido de esa misma angustia que la asediaba, la punta de su lápiz con la «V» invertida tallada sobre la madera, atravesó la hoja en un desgarro silencioso.
Aeena bajó la vista hacia el pequeño agujero abierto en la hoja.
Y lo rodeó lentamente dibujando un corazón.
Al frente de la clase, Denion había trazado una línea larga en la pizarra, pero sin solemnidad alguna, menos aún adornos…
lo hizo sin aquella energía casi ceremonial que normalmente acompañaba cada movimiento de su mano…
simplemente… esta vez su mano dibujó una raya pálida que cruzó la superficie negra de extremo a extremo… sin palabra alguna que la acompañara.
Y debajo comenzó con ese crudo mutismo a transcribir el contenido de la hoja, arrastrando cada letra igual que si le doliera escribirla…
sin levantar siquiera la vista… y sobre todo…
sin tomarse aquel aliento profundo, que parecía ordenar el mundo entero dentro de su cabeza… antes de empezar a hablar.