Pañuelo azulado
El Maestro Elonio
Pueblo de Gevas
Ese anochecer apenas naciente, cuando Albius descendió de la colina avanzando camino a su cabaña, y todavía con los nombres de las provincias y de las Casas girándole dentro de la cabeza… algo comenzó a torcerse a su alrededor de una manera que no sabía nombrar.
El aire traía un olor distinto.
Los sonidos llegaban amortiguados.
Hasta las luces de las ventanas, que otras noches titilaban cercanas y hospitalarias bajo la oscuridad… ahora se le antojaban distantes.
Mañana vuelvo con el Maestro, pensaba mientras bordeaba los charcos tercos que el sol débil del día no había conseguido secar, eligiendo con cuidado dónde apoyar las botas para no hundirlas en aquel barro oscuro que reflejaba un cielo sembrado de estrellas.
Y después…
No.
Prefirió no abrir todavía esa idea.
Entonces cuando finalmente llegó a su cabaña, empujó la puerta que estaba apenas entreabierta… y encontró a su padre sentado frente a la mesa.
Solo…
Con las manos extendidas…
Inmóviles sobre la madera.
Y fue precisamente esa quietud lo que le heló la sangre.
Porque su padre solo dejaba las manos quietas, cuando un problema ya no cabía dentro de las palabras.
—¿Apá? —preguntó Albius desde el umbral, todavía con la alforja colgándole del hombro—. ¿Dónde está amá?
Bledon alzó la mirada despacio, y sus ojos enrojecidos le brillaron húmedos bajo la luz pobre de la lámpara.
—Tuvo que irse, hijo —dijo con la voz gastada—. Antes de que los Custodios vinieran por ella.
El mundo dejó de girar para el chico…
La alforja resbaló de su hombro y cayó al suelo con un golpe amortiguado, que sonó extrañamente lejano… y el broche circular titiló un instante bajo la luz del fuego.
—¿Se… se fue? —las piernas comenzaron a temblarle con una debilidad repentina, y tuvo que afirmarse en el marco de la puerta para no desplomarse allí mismo—. ¿Sin despedirse?
—No pudo.
Bledon se puso de pie y condujo a su hijo hasta la silla con una mano firme apoyada en su espalda, y Albius se dejó caer sin fuerzas… incapaz de sostener su propio peso… incapaz incluso de llenar los pulmones, sin que el pecho pareciera quebrársele por dentro.
—Pero… —Albius sintió las lágrimas comenzar a arderle en las mejillas— pero yo… yo quería hablarle sobre la Octaviana Plateada, porque… porque me dijo que pensara en ella cuando la viera.
Bledon no respondió.
Tenía la mandíbula rígida y los ojos clavados en algún punto inmóvil de la mesa, como si entre las vetas desgastadas persistiera un recuerdo de Cilias que necesitaba memorizar, antes de perderlo del todo…
y Albius… atrapado todavía en ese desconcierto infantil, incapaz de medir ciertas sombras que rondan el mundo…
no alcanzaba a comprender del todo el peso que acababa de descender sobre la cabaña, y que parecía deformar…
incluso el crepitar del fuego en el hogar.
—Pero… ¿cuándo volverá? —preguntó el chico al fin, y la voz se le quebró, hasta quedar reducida a un hilo que apenas consiguió sostener la pregunta.
Entonces Bledon le extendió el pañuelo doblado, y las manos le temblaban bajo una tensión contenida que ya no conseguía ocultar del todo.
—Te dejó esto. Ábrelo… mira dentro —señaló el bulto de tela, pero la voz se le apagó antes de terminar la frase.
A mí también me dejó una nota, hijo… pero todavía no tuve el valor de leerla , pensó solo para sí…
y la idea continuaba enroscándosele en la cabeza igual que una serpiente paciente, apretándole el pensamiento con la certeza amarga de haber permitido que Cilias se marchara…
¡de haber concebido ese infame plan!… y la culpa le mordía el pecho, con la furia silenciosa de quien termina descubriéndose traidor de sí mismo.
Albius abrió el pañuelo azulado, con los dedos deslizándose despacio sobre la suave tela, igual que si estuviera sosteniendo una frágil copa de cristal, que pudiera romperse apenas con respirar demasiado fuerte…
y al percibir el aroma tenue de su madre…
ese perfume leve que siempre parecía flotar a su alrededor, adherido a su ropa, a su cabello, e incluso al aire mismo del hogar, y que ahora permanecía atrapado en esa aterciopelada tela…
y sin darse cuenta cerró los ojos, con el pañuelo contra la nariz… sin pensar en nada… solo respirando.
Eligió mi color preferido , pensó con tristeza.
Y fue precisamente ese detalle mínimo, casi insignificante frente a todo lo demás, lo que terminó apretándole el corazón con más fuerza… porque había amor en esa elección tan sencilla… un amor desesperado intentando sobrevivir incluso en una despedida.
Dentro del pañuelo azulado encontró una nota, y la letra de su madre atravesaba el papel con trazos que empezaban firmes y terminaban desvaneciéndose, como si la mano hubiera ido perdiendo fuerzas a medida que las palabras avanzaban, abriéndose paso entre la prisa…
o entre un miedo demasiado grande para poder nombrarlo en voz alta:
«Mi amor:
Perdóname por irme sin despedirme, pero si te hubiera visto una vez más, no habría podido dejarte marcharme.
El broche que llevas en tu alforja perteneció a mi madre. Ella me lo entregó cuando los Custodios vinieron por ella, y ahora soy yo quien repite ese mismo destino mientras vienen por mí.
Ahora es tuyo. Cuídalo. Mientras lo lleves contigo, llevarás un pedazo de mí. Sé valiente, mi niño hermoso.
Cuando veas la Octaviana Plateada, piensa en mí, y cuando escuches su sonido yo también estaré pensando en ti, sin importar cuán lejos me encuentre.
Te amo más de lo que las palabras pueden decir.
Nos veremos pronto.
Lo prometo.
Amá»
Al final la tinta se había corrido, borrando algo que ya no era posible leer…
y Albius apretó la nota contra su pecho…
y luego hundió el rostro en el pañuelo azulado, y aspiró el aroma floral que todavía sobrevivía entre los pliegues de la tela…
aferrándose a él con la urgencia de quien sabe que ese olor no volverá.
Y lloró…
Lloró con el rostro hundido en la tela…
Lloró por su madre obligada a huir…
Lloró por aquellos besos cargados de amor, que ahora comprendía demasiado tarde.
Y por supuesto, lloró por el broche que descansaba en su alforja, porque ahora sabía que ese frío fragmento de metal… había sido lo último que las manos de su abuela tocaron antes de también ser arrancada.
Entonces Bledon se arrodilló frente a él, y lo abrazó con ese cuidado contenido, que temía quebrar algo que ya parecía al borde de romperse.
—Lo siento, hijo. Lo siento tanto.
Y permanecieron así un largo tiempo, mientras afuera la noche caía sobre Gevas filtrándose por los bordes de la ventana, y las lágrimas continuaban resbalando por el rostro de Albius, en un silencio apenas interrumpido por respiraciones temblorosas y el crepitar del fuego.
Bledon le acarició el pelo negro con la misma ternura con que Cilias lo había hecho esa mañana, repitiendo el gesto una y otra vez, como si en esa insistencia intentara reunir en un solo acto, todo lo que ambos ya no podrían entregarle juntos nunca más…
y se aferró a cada respiración de ese instante con una intensidad casi dolorosa…
porque sabía que su primogénito partiría muy pronto, y también sabía, aunque se negara a decirlo en voz alta…
que tal vez acabaría perdiéndolo para siempre.
El cazador no quiso llorar delante de su hijo, así que tomó aire despacio…
intentando impedir que la pena terminara quebrándole también…
y lo sostuvo dentro del pecho un instante, antes de dejarlo escapar poco a poco…
y comprendió en ese instante que Cilias también debió haber hecho algo parecido…
teniendo que respirar así… en algún lugar antes de irse…
para no quebrarse delante de alguien que aún necesitaba creer que el mundo se sostenía.
Ese padre no quería añadir más peso al que esa conciencia todavía pequeña ya soportaba… y por eso guardó para el final algo que sabía encendería una chispa en los ojos de Albius, igual que quien prende una vela diminuta dentro de una habitación cerrada que hace demasiado tiempo olvidó la luz.
Y cuando sintió que ese momento había llegado, le habló con suavidad:
—Hijo… tu tío Marnus envió palabra.
Albius levantó la vista despacio, con los ojos rojos e hinchados, aún suspendidos en el borde mismo del llanto.
Bledon se puso de pie y caminó hasta la ventana, como si las palabras correctas estuvieran escritas en la oscuridad exterior, y necesitara buscarlas allí… entre las sombras que la noche le presentaba… para pronunciarlas sin quebrar el entusiasmo frágil, que intentaba despertar en su hijo:
—Indicó que enviará un mensajero en un azylino hermoso y veloz, a buscarte.
Y de pronto, el ambiente comenzó a cambiar de forma, y algo nuevo se abrió paso con cautela entre las grietas del dolor…
—¿Un… azylino? —la voz salió rota todavía, pero en ella ya comenzaba a nacer el asombro, atravesando igual que un rayo de luz los restos del llanto—. ¿De verdad?
—Sí. Esos caballos índigos. Los que son diez veces más rápidos, como dijiste esta mañana. ¿Lo recuerdas?
Albius parpadeó, y algo en su mirada pareció reordenarse.
—¡Sí, claro! —exclamó, y una alegría súbita atravesó el dolor sin borrarlo realmente, aunque sí apartándolo por un instante hacia los márgenes de su pecho.
—Te llevará directo a Dalassia —completó su padre.
—¡Ictus siempre quiso ver uno también! —la voz de Albius ya no sonaba igual… seguía siendo frágil… sí… pero ahora vibraba dentro de ella una emoción distinta, que lucía incapaz de rendirse del todo frente a la tristeza.
Bledon asintió despacio.
—Cuando vuelvas, se lo contarás.
Entonces Albius volvió a apretar la nota de su madre contra el pecho, y aunque las lágrimas persistían detrás de los ojos… algo pequeño terminó encendiéndose en su interior.
Una delicada chispa de asombro.
Casi temerosa.
Pero viva.
Y por un instante se imaginó a un caballo dorado galopando bajo la luz inmensa del sol, yendo tan veloz que las crines ardían como llamas contra el viento, y sintió que el mundo todavía guardaba maravillas suficientes para seguir avanzando hacia ellas…
incluso cuando todo alrededor parecía derrumbarse.
A la mañana siguiente, Albius regresó a la cabaña del Maestro Elonio por última vez… y ocurrió durante el Halo número quince… un Halo impar, como siempre habían sido sus encuentros.
Al menos eso no había cambiado.
Pasó toda la clase con los ojos hinchados de tanto llorar, aunque reunió cada fragmento de ánimo que aún le quedaba y lo sostuvo con un esfuerzo que le costaba… pero que estaba decidido a aprender lo imposible, en el poco tiempo que aún le pertenecía.
Lo hacía por sí mismo…
Eso ahora lo entendía con una claridad que dolía, después de contemplar en qué se había ido transformando el pueblo durante los últimos Halos.
Pero por supuesto que también lo hacía por sus padres…
Intentando aliviarles, aunque fuera apenas un poco, todo ese pesar insoportable que le dolía causarles.
Llevaba la nota de su madre guardada en el bolsillo interior de su túnica lilácea, justo allí donde el corazón golpeaba con fuerza contra el pecho… y el broche circular de metal brillaba prendido a la solapa de su alforja, cargado ahora con un peso distinto, mucho más profundo…
Porque ya no era solamente un broche…
Ni tampoco únicamente el recuerdo del amor absoluto de una madre, obligada a desaparecer entre las sombras.
Había algo más allí.
Algo antiguo.
Algo que venía desde mucho antes que él.
Antes incluso que Cilias.
Antes también de aquellas manos envejecidas de su abuela, que lo sostuvieron una última vez antes de ser arrancadas del mundo que conocían.
Era una herencia.
Aunque Albius todavía no supiera nombrarla.
Una presencia silenciosa que parecía avanzar dentro de él desde algún lugar remoto del pasado… igual que una semilla enterrada durante generaciones, que al fin comenzaba a abrirse bajo la tierra seca.