Cigarro de celentina #4
Pero no dijo nada… ni lo diría… porque sabía demasiado bien lo que significa necesitar escuchar la voz de un hijo por una última vez.
—¿Lo escuchaste reír? —preguntó Elonio.
Cilias asintió, y una lágrima rodó por su mejilla cansada.
—Cuando hablaba de la banelaa. Se emocionó tanto… —se llevó las manos a la boca, intentando contener un temblor que le recorría el cuerpo entero—. Quería salir corriendo a abrazarlo. Decirle que… que…
—No hubieras podido dejarlo ir si lo hacías. —completó el Maestro con una suavidad casi paternal.
Ella lo miró con una desolación tan desnuda, que por un instante pareció vaciar todo lo demás.
—No sé si puedo dejarlo ir.
Elonio se acercó y le apoyó una mano sobre el hombro… esa mano quemada que tantas veces la había reconfortado, desde que ambos perdieron aquello que no tenía reemplazo.
—Pero lo harás. Porque eres más fuerte de lo que crees.
—Albius tiene el broche —murmuró Cilias nerviosa—. Pero no sabe lo que significa. Para él es solo un broche.
—Se lo he visto —respondió el Maestro, sin añadir más.
—Solo quería que lo supieras —se limpió las lágrimas con los dedos.
Entonces el silencio descendió entre ambos, tan lento como el humo del cigarro recién encendido.
—Explícale todo lo posible mañana, Elonio —suplicó Cilias de pronto—. ¡Por favor! Enséñale a sobrevivir. Enséñale a volverse invisible cuando sea necesario. A desconfiar. A mirar siempre detrás de las palabras. A…
—A no ser como tú —la interrumpió el Maestro.
Cilias lo miró sorprendida.
—A no ser valiente como tú. A no amar con esa intensidad que te obliga a entregarlo todo, incluso cuando sabes que tu mundo se despedazará por ello —Elonio negó despacio con la cabeza—.
No puedo enseñarle eso, Cilias. Porque esas son precisamente las cosas que podrían matarlo…
o salvarlo. Y esa decisión ya no está en manos de nadie.
Ella sollozó, y el Maestro la dejó llorar.
Pasaron varias pitadas largas antes de que Cilias consiguiera calmarse un poco, y entonces se limpió el rostro con el dorso de la mano, mientras algo en sus facciones comenzaba lentamente a asentarse… era el agotamiento de quien ya ha llorado más, de lo que el cuerpo puede soportar sin quebrarse.
—Debo irme… —dijo al fin, con palabras que le pesaron antes de abandonarla— debo huir.
—Sí —susurró el Maestro, con una voz apenas sostenida.
—Albius dejará de ser un niño apenas salga del pueblo —se lamentó Cilias, con la voz rota.
Y así permanecieron mirándose un momento más, atrapados en un silencio, que parecía evaluar todos los caminos oscuros que aguardaban afuera.
Luego Cilias se volvió en dirección a la salida trasera, pero se detuvo…
—¿Elonio?
—¿Sí?
—¿Crees en el Destino?
El Maestro desvió lentamente la mirada hacia el viejo arcón, donde descansaban las primeras «nueve» estatuas de los Dioses…
y cuya tapa acumulaba una capa de polvo tan espesa, que parecía medir los Legados de fe que su dueño había perdido desde entonces…
porque la última vez que lo abrió, todavía creía en algo…
o al menos en alguien que mereciera creer.
—Creo que el Destino es aquello que nos encuentra, cuando más desesperados nos encontramos.
Cilias asintió despacio, como si esa respuesta imperfecta le bastara.
Entonces pasó la mano sobre el respaldo de la silla, donde Albius había estado sentado aquella tarde… recorriendo la madera con una lentitud casi dolorosa, buscando quizá el último rastro de calor dejado por su hijo… y salió.
La puerta trasera se cerró con un clic suave.
Y el Maestro supo que no volvería a verla nunca más.
Como a tantos otros que terminaron desapareciendo en tan poco tiempo… todos ellos habituales de ese mismo espacio donde Cilias acababa de mantenerse en pie, y todos con una voz que llenó alguna vez esa cabaña… pero que ya no volverá a oírse.
Pauro.
La viuda solitaria.
El músico ciego sin dedos.
El maestro que enseñaba a leer a los niños pobres.
Unas vidas sacrificadas para que otros consiguieran apenas algo más de tiempo para huir, y las manos quemadas comenzaron a arderle otra vez, atravesadas por ese dolor que regresaba desde aquel lugar, donde las llamas jamás terminaron de extinguirse del todo.
Y se las frotó con suavidad para aliviar esa sensación, al mismo tiempo que Tomo comenzó a ronronear entre sus piernas, rozándolo con un afecto silencioso que parecía pedir permiso, y quizá incluso el animal comprendía en su manera simple, que jamás podría reemplazar a Voz…
pero aun así le entregaba todo el consuelo, que su cuerpo tibio y su cola enroscada eran capaces de ofrecer.
Elonio lo miró esta vez sin apartarlo, aceptando ese gesto mínimo, a la vez que dejó que el cigarro se consumiera a su ritmo entre sus dedos, pensando que mañana Albius volverá… y no sabrá que su madre estuvo allí.
Tampoco sabrá que ella lo escuchó reír una última vez.
Ni comprenderá todavía el peso que ya descansaba sobre sus hombros.
Ni sabrá…
Ni sabrá cuánto pesaba ese no saber.
Y a él no le alcanzará el tiempo para prepararlo… para ayudarlo… porque dos Halos no eran nada frente a la hoguera infernal que se acercaba.
Finalmente arrojó el cigarro hacia las brasas y observó cómo se consumía entre destellos rojizos y ceniza negra.
Hasta que sus ojos fueron a detenerse una última vez en el frasco de cerámica blanca… en esas cenizas que ya no hablaban… y pensó que el fuego siempre terminaba consumiendo lo que más quería… igual que en aquellos tiempos oscuros.