Cigarro de celentina #3
Más de una vez.
Pero por algún motivo que ni él mismo lograba comprender del todo, su mente quiso recorrerla nuevamente…
y pasó los dedos quemados sobre las palabras en código, con una lentitud casi ritual y la piel tirante palpitándole apenas…
como si desconfiara de su propio juicio, porque temía que la memoria le hubiese tendido una trampa…
buscando entre las hendiduras de la tinta un matiz enterrado, que pudiera habérsele escapado en la primera lectura…
entonces acercó un poco más el papel, para volver a encontrarse con aquellas letras:
«El manzano se está secando. Lo enviaremos por carruaje a Dalassia luego de dos Halos.
Usted riegue las raíces todo lo necesario, por favor.
¿Cree que las heladas estén detrás de esto?
Tengo temor por toda la huerta. ¡El jardinero dice que las plagas parecen repetirse!
Proteja sus cultivos también. Los inviernos se acercan crudos. »
Esto habría leído cualquiera ajeno a la codificación…
una correspondencia agrícola tan ordinaria como inquieta, escrita por alguien que vigila sus árboles y teme por la estación venidera…
sin advertir nada más que eso… pero cuando el receptor desanudaba el código y dejaba caer el antifaz vegetal… se le revelaba esto:
«Albius está en peligro. Lo enviaremos con Marnus a Dalassia luego de dos Halos.
Usted enséñele todo lo necesario, por favor.
¿Cree que los Demonios del Cielo estén detrás de esto?
Tengo temor por todos nosotros. ¡Cilias dice que los eventos parecen repetirse!
Cuídese también. Las Fases se acercan oscuras. »
Elonio sintió que el cigarro casi se le desprendía de los dedos… y las manos quemadas le palpitaron, atravesadas por esa memoria ardiente que jamás abandonaba del todo a la carne cicatrizada.
—Demonios del Cielo… —murmuró, y la voz le salió tan baja, tan reseca, que pareció dirigida únicamente al fuego crepitante de la chimenea.
Pues el nombre no fue un simple susurro, sino una grieta que se abrió en la habitación, y al pronunciarlo sintió que algo antiguo… algo que creía sepultado bajo Ciclos de ceniza, volvía lentamente a incorporarse en la oscuridad.
Hacía Nexos que no veía esas palabras escritas, y la última vez que aparecieron en una nota codificada, no estuvieron acompañadas de rumores ni de sospechas vagas…
sino de humo elevándose sobre techos incendiados, donde el eco de los gritos aún parecía adherirse como hollín a las paredes…
y en apenas unas pocas Fases, los impunes Custodios de la Fe diezmaron pueblos completos, empujados por una eficiencia metódica que no distinguía edades ni plegarias, y mucho menos la inocencia…
porque las espadas descendían del mismo modo sobre hombres armados, ancianas arrodilladas, o niños…
que ni siquiera comprendían, por qué el fuego había llegado hasta sus puertas…
y desde esas fechas lóbregas, para muchos, la mera mención de estos Demonios dejó de ser una simple palabra escrita en secreto, para transformarse en un oscuro presagio…
y en la antesala de una catástrofe que se abatía sin titubeos, sobre aquellos a quienes sus seguidores elegían cazar.
Y esto significaba que tendría que aparecer otra lista.
Más nombres para entregar.
Entonces recordó la última vez que escribió nombres para entregar en una lista…
en otra lista más… y la pluma le pesó desde la primera letra…
pero sin embargo la sostuvo, trazando cada trazo con una pulcritud casi obscena, porque si la mano temblaba…
si la letra se torcía y el nombre quedaba ilegible…
podría sentirse que no había sido del todo deliberado, y esa posibilidad lo habría arruinado todo.
Por eso la letra le salía firme.
Siempre le salía firme.
Jamás perdonándose lo que esa firmeza decía de él.
Y ahora muchos Ciclos después, volvía a encontrarse ante más vidas suspendidas sobre esa balanza injusta, que se equilibraba con su propia alma… y en la que cada nombre añadido inclinaba un poco más el plato que lo sostenía, mientras él debía decidir quién permanece y quién…
Ni siquiera su mente conseguía terminar la oración.
Porque la tinta sobre el pergamino jamás le pesaba tanto, cuando cada trazo dejaba de ser escritura… para convertirse en sentencia.
Pero las piezas ya estaban en movimiento, y no existía manera de devolverlas a la caja, sin que alguien pagara un precio terrible…
y todo apuntaba hacia una certeza inquietante de que el derrumbe estaba ocurriendo otra vez…
repitiéndose con el mismo olor a ruina que sobrevivía en sus recuerdos más antiguos, aunque muy pocos conservaban una memoria real de aquello, por estos Halos…
porque el tiempo, tiene la costumbre de desgastar las historias hasta reducirlas a simples advertencias abstractas…
relatos envejecidos, que terminan siendo incapaces de preparar a nadie, para el momento en que la tragedia regresa cubierta de sangre.
Por eso solo quedaba como opción tomar decisiones drásticas, de esas que desgarran el alma con lentitud, de esas que no elevan a nadie hacia la altura de los dioses…
sino todo lo contrario… porque lo despojan de cualquier ilusión de pureza, y lo arrastran al fango espeso de las resoluciones más terribles…
allí donde cada elección salva algunas vidas… a costa de condenar otras.
El Maestro Elonio, no podía afirmar que los Demonios del Cielo estuvieran detrás de lo sucedido…
si bien la sospecha se le adhería al pensamiento igual que una sombra obstinada que se niega a abandonar un recinto, incluso cuando todas las velas han sido encendidas…
pues esto no podía ser una simple coincidencia…
una desgracia puede atribuírsele al azar, por supuesto, incluso dos…
hasta tres, si uno insiste en cerrar con fuerza los ojos…
pero durante las últimas Fases demasiados hilos comenzaron a tensarse al mismo tiempo, demasiados rumores surgieron desde regiones distintas, demasiadas desapariciones dejaron de parecer accidentes aislados, demasiados Carromatos del Juicio se movilizaron…
y Elonio temía que en los próximos Halos, el avance terminara desatándose con la misma violencia despiadada con la que todo se desplomó durante aquel pasado infame, que todavía le devoraba los recuerdos.
Todavía podía oler el humo.
Aunque no el de celentina que ardía allí entre sus dedos, sino el otro…
el de su propia carne quemándose… ese olor agrio que nació en la tortura, y ante el que cualquiera hubiera respondido con plegarias desesperadas, aferrándose con fuerza a la promesa de un cielo aguardando del otro lado del sufrimiento, con dioses misericordiosos inclinándose sobre los agonizantes…
pero esto sería algo que él no haría jamás…
simplemente, porque sabía demasiado… porque sabía que ese cielo que algunos idolatraban hasta el fanatismo más ciego no existía…
o al menos no de la forma en que los sacerdotes lo predicaban como una salvación, mientras las hogueras consumían cuerpos bajo sus himnos.
Entonces solo le quedaba una certeza, si los Demonios del Cielo eran efectivamente quienes estaban moviendo las piezas desde las sombras, los Remanentes tendrán que abandonar las penumbras…
salir por fin de esa prudencia cultivada durante Dominios enteros de ocultamiento…
de supervivencia casi miserable… y plantarse de una vez por todas, frente a aquello que venía.
Por más debilitados que estén…
Por más desventaja que arrastren sobre sus espadas…
No les quedará otra opción que enfrentarlos.
—No hay duda. Las Fases se acercan oscuras —se dijo, con los ojos fijos en la llama de la chimenea.
Y así permaneció sentado ante esa mesa atiborrada de libros abiertos, con pergaminos entreverados entre tinteros ennegrecidos y plumas de escritura gastadas, mientras encendía otro cigarro de celentina, con su resplandor rojizo temblando apenas frente a sus ojos cansados.
El movimiento del humo le devolvió el recuerdo de aquellas tardes en que el viejo Pauro iba a visitarlo, sentándose siempre la misma silla, para llenar la cabaña con su voz grave…
y entonces el dolor volvió a punzarle en la cicatriz invisible que le dejó el tomar esa decisión…
el haber engendrado esa maldita lista… el haber permitido que esos nombres cayeran sobre el pergamino, con la misma frialdad con que se sella una tumba…
y sabía que esto lo perseguirá, mientras aún le quede memoria suficiente para recordar los rostros detrás de cada palabra escrita.
De pronto, escuchó el suave crujido de la puerta trasera de la cabaña… y se giró despacio.
Cilias estaba parada allí, con los ojos hinchados y las manos temblándole contra el vestido de un azul intenso…
el preferido de su hijo… que fiel a su destino, la prenda arrastraba las más variadas manchas…
como esa de aceite de lámpara en el pecho que no abandonará jamás la tela…
y ya destinada a acompañarla igual que un recuerdo perpetuo de la vida que estaba dejando atrás…
y en el ruedo se acumulaban costras de barro seco adheridas a la costura endurecida, como si hubiese atravesado medio pueblo solo arrastrando los pasos… en lugar de darlos realmente.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó Elonio.
—Lo suficiente —respondió ella con la voz quebrada—. Entré por detrás… —tomó aire despacio, y el pecho pareció dolerle al sostenerlo dentro del cuerpo— cuando ustedes hablaban de las serpientes voladoras.
El Maestro asintió lentamente.
Por supuesto, que sabía que ella estaba allí…
Había percibido el crujido leve de las tablas del piso cuando Cilias cruzó la puerta trasera… y también aquel suspiro ahogado que se le escapó, al escuchar a Albius emocionarse mientras relataba su encuentro con la banelaa.