Cigarro de celentina #2
Al menos la noche prometía llegar tranquila, y eso era un respiro después de tantos Halos de lluvia que habían golpeado el techo sin tregua, y mañana Albius volvería temprano por más libros abiertos sobre la mesa…
y entonces sí… sería la última vez, antes de que el destino lo arrastre lejos, hacia lo impredecible…
y Elonio sabía con certeza, que no tendría el maldito tiempo para enseñarle todo lo que debía saber…
ni siquiera esa fracción mínima que separa a un muchacho curioso, de un hombre que conoce el suelo que pisa…
y no era solo la falta de preparación del chico lo que le helaba la sangre, sino aquello que lo aguardaba allá afuera, con las fauces abiertas en la oscuridad…
con una paciencia que sabe que el tiempo siempre le pertenece.
Espero que repase la clase como le ordené , se dijo con preocupación… aunque seguro debe estar pensando solo en Dalassia , añadió para sí, con esa resignación que el hijo de Cilias siempre le despertaba.
¡Y cuánto que lo conocía!
Porque Albius seguía por el camino adoquinado en su regreso al pueblo, mientras las sombras de las colinas ganaban terreno sobre las piedras a su alrededor…
y con las palabras de la clase del Maestro Elonio repitiéndose solas bajo el cráneo, una y otra vez, martillando hasta dejar una marca persistente… pero ante la mínima distracción…
«Nordaar era un Reino complejo, y el corazón Numian de Albynia.
Un territorio tumultuoso donde la política nunca dormía y donde se concentraba el mayor porcentaje de sangre ámbar en todo el continente.
Allí…», el tropiezo con una puntiaguda piedra le arrancó el aire y la frase al mismo tiempo, y tras mascullar algo entre dientes y recuperar el equilibrio con un par de pasos torpes, intentó recomponer las palabras allí donde quedaron suspendidas…
pero digamos que esa mínima distracción terminó de cumplir su trabajo, y el discurso se le deshilachó como pergamino bajo la lluvia, cayendo sin remedio en aquella profecía que el Maestro había anunciado…
¿En qué parte iba?, ah, sí, ¡qué hermosa debe ser Dalassia! El Maestro dijo que era inmensa, con miles y miles de habitantes, colores por todos lados, y estructuras imponentes. ¡Hablaba de cosas que solo podían existir ahí! ¡Debe ser algo increíble! ¡Ya quisiera estar en Dalassia! ¡Con amá y…
Aquí se interrumpió bruscamente cuando la alforja le golpeó con fuerza el costado, después de un salto torpe con el que esquivó un pozo apenas a tiempo, aterrizando con tal brusquedad que los dientes le castañetearon en un chasquido seco…
pero ya venía sorteando varios en el camino de regreso, así que no fue el ardor punzante que le quedó latiendo entre las costillas, ni el temblor que le vibraba aún en la mandíbula, lo que le arrancó a Dalassia de la cabeza…
y se quedó quieto un respiro, con la mano apretándose el costado como si pudiera encerrar allí al menos ese dolor, mientras alzaba los ojos hacia el cielo que comenzaba a teñirse lentamente de naranja sobre las colinas…
y fue ahí cuando lo alcanzó ese otro dolor más hondo…
el verdadero… el que no venía del golpe…
sino de la ausencia, de no poder atravesar aquel momento junto a sus padres…
ese dolor que se iba acumulando uno tras otro, sin necesidad de heridas visibles… sin necesidad de golpes ni tropiezos.
Una brisa le revolvió el cabello, y se lo apartó de la frente con un manotazo impaciente, y entonces Gevas apareció abajo, extendido a lo largo del camino, con sus techos de tejas amarillas y las chimeneas humeantes, prometiendo una calidez de hogar que contrastaba con la sangre que no hacía tanto había corrido por esas mismas calles.
Ese recuerdo teñido de rojo, le devolvió a la mente las palabras del Maestro sobre las razas, aunque todavía era incapaz de comprender que esas frases que ahora flotaban dentro de su cabeza, como simples lecciones apenas aprendidas…
pronto terminarían afilándose hasta convertirse en reglas de supervivencia.
Albius jamás había visto un Numian.
De hecho, la Numian alta que se retiraba junto al Alcalde de mostacho negro… ¡fue el primer par de ojos ámbar que sostuvo su mirada!
¡El primero!
Unos ojos distintos a cualquier cosa que hubiera visto antes, con ese brillo denso que parecía absorber la luz en vez de reflejarla.
Y tal como ya sabemos… y como repetían los libros hasta el cansancio…
respetar a los Numians, y comprender las jerarquías sociales que se alzaban unas sobre otras, con la naturalidad de algo que existió siempre antes que ellos, no era simplemente algo que cada Nender debía aprender de los libros…
sino algo que tenía que grabarse en la memoria antes incluso que su propio nombre.
Esa era la base de la sociedad en el Mundo conocido, la estructura invisible que sostenía cada trato, cada saludo contenido, cada silencio demasiado prolongado, y cada mirada bajada en el momento correcto…
y no se trataba de una sugerencia ni de una costumbre flexible, que pudiera ignorarse según la ocasión…
sino de una regla inamovible incrustada en la vida cotidiana, con la firmeza de una piedra fundacional.
Era la Ley Primera de Albynia.
El principio sobre el que descansaba el orden completo del mundo, y una estructura presentada como perfecta… sin grietas… sin fisuras visibles… o al menos eso era lo único que el ojo común tenía permitido contemplar.
Pues cualquier Nender que olvidara su lugar, que sostuviera la mirada un latido más de lo debido, o que dejara escapar una palabra con el tono equivocado delante de las personas incorrectas…
podía atraer sobre sí castigos que no se resolvían con disculpas ni advertencias, sino con hierro candente presionado contra la carne…
con miembros desgarrados en plazas públicas…
con la cuerda de la horca tensándose bajo la primera luz del amanecer…
y en los casos más extremos, podía disolverse sin dejar rastro alguno…
sin que nadie volviera a pronunciar su nombre en voz alta, ni llegara jamás a saber dónde terminó abandonado su cuerpo inerte…
porque el mundo entero parecía construido para recordar constantemente que la vida de ciertos habitantes…
valía menos que una moneda falsa olvidada en el fondo de un bolsillo.
El chico ya se encontraba llegando al pueblo, mientras todas esas reglas comenzaban a asentársele en la cabeza con el peso de una verdad que no admite réplica, ni discusión posible…
y algo semejante, aunque infinitamente más hondo y más antiguo, también sostenía al Maestro Elonio dentro de la cabaña…
pero desde el ángulo de una carga demasiado antigua para seguir sangrando…
que había aprendido a llevar sobre los hombros, sin esperar ya alivio alguno.
Las sombras de los árboles estirándose sobre el suelo, y los ruidos del día cediendo paso a los de la noche, más la certeza de no contar con tiempo suficiente para preparar al muchacho, le oprimían el pecho con una insistencia sin tregua…
y solo le quedaba mirar por la ventana… porque el recuerdo de aquella historia trágica que perseguía a los suyos, seguía abriéndose cada vez que el pasado respiraba demasiado cerca, a pesar de los larguísimos Ciclos que ya separaban todo…
pues existen dolores que no desaparecen jamás…
sobre todo cuando demasiada vida inocente fue entregada al sacrificio bajo el peso de un horror…
que todavía parecía respirar entre las sombras.
Entonces la mirada del Maestro regresó a la mesa, a esa madera gris de vetas gastadas por el roce de innumerables libros, y donde dos notas lo aguardaban frente a sí… cargadas con el profundo silencio de las palabras.
Una era la que llegó con un colibrí el Halo anterior, esa diminuta y plegada con meticulosa precisión entre las patas frágiles del ave, atada con un hilo rojo con el que solían marcarse los mensajes que nadie más debía interceptar…
y en esa nota las palabras codificabas hablaban de un fruto caído…
en alusión al destino trágico del espíritu de Landion…
aquel muchacho al que había instruido desde niño…
el mismo que soñaba con emular al legendario Coole, y blandir su nombre como una antorcha alzada contra la perpetua oscuridad de la Tierra Muerta…
y el leer este escrito sombrío no solo lo entristeció, sino que le desgarró las entrañas con la violencia sorda de la impotencia…
al comprender que esos malditos habían llegado hasta el joven antes del oscuro desenlace, y que lo cercaron con promesas envenenadas…
intentando reclutarlo con una paciencia insidiosa, como si ese fervor juvenil, pudiera moldearse en una herramienta al servicio de la misma mano que había infligido tanto daño a los suyos sin piedad.
Primero se fue el aprendiz.
Luego el abuelo.
Y ahora el resto de la familia huyendo a la deriva, avanzando por caminos que no garantizaban refugio alguno… sino apenas una continuidad incierta, que se abría paso entre la oscuridad implacable.
La desgracia jamás les concedió respiro… pareciendo perseguidos por una voluntad obstinada, que se empeñaba en borrar cada rastro de su linaje… y también el de tantos otros marcados por la misma marca que parecía maldita.
Y la otra nota era la que Bledon escribió para él, y que Albius le entregó esa mañana…
Esa que al igual que la otra, estaba redactada siguiendo aquella gramática codificada y forjada durante larguísimos Ciclos de ocultamiento…
una lengua deformada por el miedo y la necesidad, nacida para sobrevivir entre espías, delatores y verdugos desde que la purga comenzó…
o tal vez desde que terminó… según el ángulo desde el cual se contemplara, aquel tiempo infame que no solo reordenó el mundo…
sino que masacró destinos enteros y obligó a los vivos a esconder incluso el sonido de sus propias palabras.
Ya la había leído.