Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Cigarro de celentina
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Cigarro de celentina

El Maestro Elonio

Pueblo de Gevas

El sol caía pesado sobre las colinas, y Albius descendía hacia Gevas con la alforja golpeándole la cadera a cada paso, y la cabeza colmada de las Casas Mayores, de las Casas Menores, de sus provincias diseminadas en mapas que todavía veía desplegarse ante sus narices, de estandartes coloridos que ondeaban en sus ojos en un desfile que no encontraba final…

de nociones básicas que el Maestro repetía hasta incrustarlas en la carne, como Halos, continuando con los Pulsos y además algo sobre los Legados, capaces de marcar mejor el paso de la historia.

El Maestro Elonio le había vertido en la cabeza, exactamente el mismo caudal de saber que se derramaba en aquella clase del Monasterio dedicada a las Casas de Nordaar…

esa donde vimos que el solo nombre de una Casa, bastaba para que el salón se partiera en bandos…

y sobre todo esto, también se demoraron en las particularidades de los astros, quedando Albius prendado de las «Las Sempiternas», con esa noche que no era noche, sino la conjura de cinco lunas alzándose con persistencia para velar el sol…

y hacia el final, pasaron a los Dacrinos, las monedas del reino…

primero con el Ferrón, ese que distribuía el regordete Salmón con dedos siempre húmedos, luego el Velár que rara vez había tocado, y por último el Maestro sacó un Selitár, cuyo nombre hasta ahora no había sido más que un sonido desconocido…

y lo hizo girar entre los dedos con una seriedad que no necesitaba palabras, antes de guardarlo de nuevo, como si incluso sostenerlo demasiado tiempo fuera un riesgo…

pues ya era hora de que el chico empezara a conocer el mundo no a través de un murmullo lejano, sino igual que una estructura tangible que abría sus engranajes ante él… invitándolo a entrar.

Eran todos temas básicos que también se enseñaban en los Colegios Nenders, claro que sí, pero allí se rozaban apenas, con una versión superficial y sesgada que evitaba los silencios incómodos…

mientras que Elonio le desplegaba la trama entera, esa versión completa con sus nudos y sus sombras adheridas, que rara vez abandonaba los muros del Monasterio, y que de un modo u otro, reposaba en sus manos curtidas, con el peso sigiloso de algo peligroso.

Y aquella duda que surgió cuando aparecieron por primera los Bueyes de Fuego, resultó infundada…

Porque sí hubo una clase más… la impartida en este Halo… e incluso queda otra pendiente… la que tendrá lugar mañana, antes del viaje trascendente del muchacho hacia Dalassia… esa epopeya cuyo contorno empezaba a dibujarse, y que sin embargo, todavía no terminaba de enseñar los dientes.

Pero serán las últimas clases que el chico reciba del Maestro.

Las últimas.

Salvo que la fortuna, esa criatura caprichosa cuya inclinación por los juegos ya ha dado pruebas de sobra, decida entrelazar destinos una vez más, y arroje alguno de esos inesperados giros… capaces de desbaratar incluso aquello que parecía definitivamente sellado.

Elonio estaba de pie junto a la chimenea, con los ojos clavados en los manojos de hierbas silvestres que colgaban de ganchos a ambos lados, esas hojas secas y tallos quebradizos, que exhalaban un aroma amargo cuando el calor los alcanzaba…

y permanecía inmóvil, pero su mente giraba insistente alrededor de aquel instante maldito, en el que Albius terminó cruzándose sin quererlo con el Alcalde y su extraña «compañía»…

esa presencia cuyo tono aún se resistía a definirse como amenaza o cortesía…

pero que en el gesto de aquellas sonrisas, ya empezaba a insinuarse algo afilado.

No necesitaba añadir más preocupaciones al chico , pensó el viejo con una amargura que le endureció la mandíbula. Ya cargaba suficiente para nueve Llamas.

Por eso había intentado evitar a cualquier precio, el encuentro entre su aprendiz y aquella comitiva en particular…

demorando avisos hasta que la paciencia comenzara a resquebrajarse, y desviando pasos por corredores más largos…

porque no quería enturbiarle más las ideas a Albius, ni sumar otra sombra a las que ya lo roían desde dentro…

pero la siempre acechante fortuna los puso cara a cara…

dejando en claro que en esta historia, jugaba según un pulso propio…

sin atender a las reglas que otros se obstinaban en trazar.

Por supuesto que Elonio sabía muy bien de quién se trataba aquella «compañía»…

pero ella sigue siendo, al menos por ahora, la misteriosa Numian de sombrero de ala ancha, coronado por una pluma bermellón despeluchada, que se balanceaba inquieta sobre su cabeza, igual que una lengua de dragón tanteando el aire…

en busca de algo que aún permanecía oculto.

El Maestro volcó sobre el hijo de Cilias todo cuanto pudo acerca de las Casas de Nordaar, intentando comprimir Ciclos enteros de historia…

que hablaban de alianzas selladas con sangre espesa, de traiciones que aún susurraban en los corredores de los castillos, y de juramentos pronunciados bajo Halos ya extinguidos…

todo ello apretado en una sola tarde, que se deshacía con una rapidez casi cruel…

pues la verdad era que entender todo esto, exigía Ciclos y Ciclos de estudio paciente, y el tiempo del que disponían apenas alcanzaba para rozar la superficie…

como una mano que se desliza sobre el agua, sin llegar nunca a sumergirse.

Y aun con esa preocupación oprimiéndole el pecho, sus ojos vagaban por la cabaña de muros de madera que siempre había sido su refugio, recorriéndola sin detenerse en nada concreto…

porque simplemente estaba atrapado en una única pregunta, que le regresaba una y otra vez, con la obstinación de un perro que regresa al mismo hueso…

¿cómo impedir que la historia volviera a repetirse?

Sostenía un cigarro de celentina entre los dedos, de aquella tanda de tabaco que había compartido con el viejo Pauro unas Fases atrás, y cada bocanada le agitaba la nostalgia con un temblor persistente que parecía aflojarle los huesos…

pero por encima de todo, le hacía ascender una bronca impotente, que le abrasaba el pecho sin encontrar desahogo.

Su amigo el viejo se había ido para siempre, y es que nadie había regresado jamás de los barrotes de los Custodios de la Fe…

pues el Carromato del Juicio no era un simple trámite de traslado, sino un atroz veredicto montado sobre ruedas, avanzando con una lentitud deliberada para que todos comprendieran, sin necesidad de palabras, cuál era el precio exacto que se cobraba por desobedecer.

Y apenas unos Pulsos atrás, él mismo había ayudado a la familia de Pauro a huir en la madrugada, guiándolos por callejones oscuros donde el barro amortiguaba los pasos, junto a un aire que olía a madera podrida…

y así la amada hija de su gran amigo, el yerno fiel hasta las últimas consecuencias, y el adorado nieto, por quien el viejo pintó esa galería celeste cargada de un amor que no pudo proteger…

avanzaban encogidos, con el pequeño apretado contra el pecho de su madre…

y poco a poco comenzaron a disolverse en la oscuridad de los senderos, mientras él permanecía detrás de todos…

escuchando cómo el silencio volvía a cerrarse sobre el pueblo.

Un silencio que no lograba existir en su cabaña…

—¡Tomo, basta de huir! —señaló el Maestro, dejando escapar el humo entre las palabras que salían ásperas—. Es un maldito ratón, no un basilisco.

—Enojado. ¡Dolor! —respondió el gato, arrastrando una vergüenza que le tensaba los bigotes y le encogía el lomo.

—¡Llora! ¡Sufre! —chillaba a los cuatro vientos el ratón, erguido con insolencia sobre sus patas traseras.

—¡Lerry, déjalo en paz! —gruñó Elonio, arrojando el cigarro a las brasas—. Y tú, Tomo… eres un gato; algo de dignidad no te vendría mal.

Si el mercader de telas de la carreta cargada de alfombras, el mismo que cada tarde atravesaba ese camino rumbo a Gevas, con su capa color castaño de la Provincia Galeris ondeando por detrás, hubiera cruzado en ese instante frente a la ventana abierta, habría escuchado aquel miau, miaaau, miau, chit-chit-chit, chiiit-chiiit, y algo más, algo indefinible…

que por momentos se quebraba en un maullido y al instante siguiente se afinaba en un chirrido tenso…

y quizá habría alzado una ceja, preguntándose qué clase de criaturas compartían aquel techo ahumado.

Sin embargo, bajo ese mismo techo, el Maestro negó con la cabeza, incrédulo más allá de toda paciencia.

Ratones acosando gatos , se dijo, y el cansancio que le recorrió no pertenecía solo a ese instante, sino a muchos otros que se le habían ido acumulando como capas de polvo…

esta cabaña se ha convertido en un circo itinerante al revés , pensó, sintiendo que habitaba un lugar donde las presas persiguen…

y los cazadores huyen sin recordar qué papel les corresponde.

Y entonces su mirada se detuvo en el frasco de cerámica blanca sobre la repisa, que reposaba junto a otros recipientes cargados de polvos opacos y líquidos turbios, que parecían haber olvidado su propio color bajo la costra del tiempo.

Tuve un halconio que cazaba ratones desde tres mil pies de altura, durante casi treinta Ciclos , recordó con una amargura que le raspó la garganta, mientras mantenía los ojos fijos en ese recipiente blanco, que guardaba las cenizas de Voz en su interior oscuro…

su halconio Voz… el único compañero con el que hablaba sin reservas…

hasta que los Custodios de la Fe lo clavaron a un poste, y lo quemaron vivo frente a él…

y la memoria de aquel parlanchín incansable, volvió a revolverse bajo sus costillas como algo que nunca terminó de apagarse.

—Y ahora tengo un gato que le tiene miedo a un ratón —susurró con ironía, y apartó la mirada del frasco con un fatigado suspiro.