Ardilla de doble cola #6
El interior resultaba inagotable para alguien de la edad de Albius, en el que cada rincón parecía contener algo capaz de despertar preguntas nuevas…
y estaba repleto de libros apilados hasta el techo, en torres que amenazaban con derrumbarse al menor descuido…
con pergaminos enrollados brotando de los estantes, desbordándose sobre mesas y sillas, hasta conquistar casi cualquier superficie libre…
y las paredes se encontraban cubiertas de cuadros que representaban criaturas extintas, cuyos ojos pintados parecían seguirlo mientras caminaba, también con diagramas anatómicos clavados sin un orden visible, y mapas estelares suspendidos incluso del techo, atravesados por anotaciones en distintos idiomas, algunas escritas con tintas ya desvaídas por el tiempo…
y todo esto, convivía con repisas repletas de frascos que contenían polvos oscuros, líquidos turbios o fragmentos imposibles de identificar a simple vista, acomodados junto a instrumentos metálicos de formas extrañas, cuyo funcionamiento Albius jamás había visto realmente en acción…
aunque muchas noches imaginaba que cobraban vida, cuando el Maestro se quedaba trabajando solo.
Y el aire…
Cada respiración dentro de la cabaña estaba impregnada de aquel aroma familiar a pergamino envejecido, a tinta seca, y a hierbas silvestres que el Maestro colgaba en manojos junto a la chimenea crepitante, donde se balanceaban lentamente bajo el calor del fuego mientras se secaban…
era un olor denso y sobre todo cálido que siempre lograba envolverlo, con la certeza de que entre esas paredes abarrotadas de misterios… nada podía alcanzarlo.
De pronto, un maullido suave llegó desde algún rincón perdido entre los libros, y Albius alcanzó a distinguir a Tomo, el gato atigrado del Maestro, con su pelaje gris atravesado por rayas blancas sobre el lomo, escabulléndose entre las torres de pergaminos con bastante más vergüenza que agilidad…
a la vez que intentaba huir de Lerry… un ratón diminuto de orejas rosadas, que lo perseguía chillándole con una insistencia obstinada…
y normalmente… esta absurda inversión de roles le habría arrancado una sonrisa inmediata…
pero esta vez ni siquiera esto, consiguió apartarlo de lo que seguía perturbándole la mente.
Además, algo había cambiado dentro de esa intimidad.
Porque muchos de los libros que solían descansar en torres inestables, ahora se hallaban dispersos sobre la mesa.
Abiertos…
Y varios conservaban páginas marcadas apresuradamente entre los pliegues, igual que si hubieran sido consultados bajo una urgencia impropia…
incluso para el caos habitual que definía al Maestro…
y entre ellos, asomaban los lomos desgastados de Los Pedreros Heroicos y El Emperador Draconian …
un libro que Albius había hojeado tantas veces, que prácticamente conocía de memoria las ilustraciones de aquel tremendo dragón…
dispuestos de tal manera, que daba la sensación de que ambos hubieran sido consultados hacía poco…
y también junto al borde de la mesa, medio oculto entre un compás de latón y un pequeño montón de notas apresuradas, Albius alcanzó a distinguir apenas un grueso anillo plateado, con un grabado que parecía ser una hilera de diminutos escudos, encerrando un símbolo central que no llegó a distinguir…
porque justo en ese mismo instante, el Maestro Elonio desplegó unos pergaminos arrugados sobre la mesa, ocultándolo por completo.
Y todo esto resultaba extraño.
Demasiado extraño.
Y allí de pie en medio de la cabaña, el Maestro Elonio vestía una túnica verdosa con la capucha bordó echada sobre el rostro, ensombreciéndole sus ojos negros, que por momentos…
bajo esa penumbra irregular… parecían casi blancos…
y el aro del que pendía su colgante cuadrado de metal, se balanceaba con suavidad cada vez que movía la cabeza…
y aun con toda su legendaria erudición, seguía siendo desastrosamente torpe para los asuntos mundanos…
y apenas al girarse hacia Albius, tropezó con una pila inestable de libros, que se desplomó de inmediato contra el suelo de madera…
provocando un estruendo y arrancándole una maldición en darinio dicha entre dientes, mientras se apresuraba a recoger los tomos desperdigados.
El chico se inclinó enseguida para ayudarlo y tomó un par de volúmenes abiertos, y al alcanzarle uno de ellos, rozó sin querer las manos quemadas del Maestro…
esa piel tirante, con el brillo arrugado de sus antiguas quemaduras, a las que Albius jamás conseguía mirar con completa naturalidad…
pero esta vez a pesar de no quitar la vista tan rápido…
ni siquiera esto, logró apartarlo de lo que seguía perturbándole…
porque su mente continuaba atrapada afuera…
Con la mujer.
Con el Alcalde.
Con aquella sensación incómoda que parecía haber entrado junto a él en la cabaña.
Entonces preguntó, todavía con la voz ligeramente temblorosa:
—Maestro… a qué… ¿a qué vino el Alcalde aquí? ¿Y quién era esa mujer…?
El viejo se incorporó despacio… y luego de limpiarse las manos en la túnica, clavó en el chico esa mirada oscura, que siempre daba la impresión de que atravesaba la piel:
—Nada de lo que debas preocuparte, Aprendiz —lo interrumpió en seco.
El tono de Elonio fue demasiado rápido, demasiado cortante, y Albius sintió que la respuesta era… como mínimo incompleta.
—¿Pero…? —insistió sin moverse.
—Hay cosas mucho más urgentes ahora —Elonio alzó una mano para silenciarlo.
—Y Maestro… ¿cómo sabía que iba a venir tan temprano? Ni siquiera yo lo sabía.
La pausa que siguió cayó entre ambos con un peso casi material… espesa igual que el humo de un cigarro de celentina suspendido bajo la luz del fuego.
—Tengo más ojos que los de mi rostro, Aprendiz —respondió Elonio al fin, utilizando ese tono críptico, al que recurría siempre que las respuestas directas comenzaban a volverse peligrosas.
Albius tragó saliva y extendió el pergamino.
—Esta nota es de mi padre para usted, Maestro.
El viejo tomó la nota con rapidez, y se tiró de la patilla izquierda, tal como hacía cada vez que algo lo inquietaba, y sin leerla guardó el rollo en el bolsillo interior de la túnica…
antes de volver a fijar en el chico esa mirada que parecía ver…
sí… más allá de la piel misma… y recién después de atravesarlo con los ojos, expresó con firmeza:
—Luego la leeré, Aprendiz. Hay poco tiempo. Muy poco. Y necesitas aprender mucho más de lo que jamás imaginaste necesitar.
La voz del Maestro sonó preocupada.
No.
Sonó más que preocupada…
Sonó tensada desde un lugar muchísimo más profundo.
Incluso hubo un leve quiebre al final de la frase… un matiz fatigado que Albius nunca le había oído antes, y de pronto el viejo pareció más encorvado… más agotado… como si los Ciclos enteros hubieran decidido condensarle la cuenta en un único Eco.
Ni siquiera cuando hablaba de las Guerras Antiguas… y aquellas historias le dejaban la mirada perdida en horizontes que el chico no alcanzaba a imaginar… le había sonado así.
Esto era peor.
Mucho peor.
Y Albius todavía no tenía manera de comprenderlo.
Pero el Maestro llevaba largas Fases sin concederse verdadero descanso, y solo lo sostenía la obstinación y el azúcar de decenas de caramelos de miel que devoraba cada noche…
esos con relleno jugoso que le compraba sin falta al mercader ambulante cada decimoctavo Halo…
donde muchas veces los desenvolvía distraídamente mientras revisaba mapas, informes o notas apresuradas bajo la luz de los faroles de aceite…
mientras buscaba con un empeño que rozaba lo absurdo, la manera de proteger a quienes se encontraban en peligro inminente.
Un empeño que comenzaba a acercarlo demasiado, a tener que sacrificar aquello que jamás debía ponerse en juego…
La lealtad.