Ardilla de doble cola #5
Y aun sabiendo que no lo atacaría… y aun comprendiendo que para aquella criatura, él no era más importante que una piedra entre miles de piedras dispersas sobre la tierra…
la fascinación terminó quebrándose cuando la Banelaa volvió a rozar el aire sobre su cabeza, y el miedo regresó desde ese rincón al que había huido momentos antes…
cayéndole encima igual que un balde de agua helada en mitad del sueño.
Porque ya no era solamente miedo a la mordida.
Era miedo a todo.
A que algo más terminara rompiéndose.
A perder todavía más cosas.
Y el corazón comenzó a golpearle con tanta fuerza, que el pulso le retumbaba en las sienes.
¡Ya basta! , pensó apretando los puños temblorosos.
¡Por hoy ya fue suficiente! , se dijo en un grito que no llegó a salir.
Primero fue El Salmón Nartio.
Luego su madre.
Y ahora, una serpiente capaz de matarlo con una sola mordida.
En dos Halos me iré , se recordó, mientras cerraba aún más los puños. Tengo solo dos Halos para aprender todo.
Todo estaba ocurriendo demasiado rápido… y demasiado junto.
Y de pronto, lo único que deseó fue llegar cuanto antes a la casa del Maestro y refugiarse bajo un techo sólido… una estructura capaz de impedir que algo descendiera desde el cielo sobre él.
Sin más, apuró el paso colina arriba, sin mirar atrás… y después de recorrer varios cientos de pasos más sobre el camino adoquinado, la cabaña comenzó finalmente a definirse entre las ondulaciones del terreno.
Primero apareció el techo de madera oscurecida.
Luego la chimenea humeante recortándose contra el cielo.
Y por alguna razón, Albius sintió que todavía existían lugares donde el mundo seguía manteniéndose en pie.
Un refugio , pensó por un instante.
Pero en este Halo… que ya empezaba a rozar lo maldito… las sorpresas parecían multiplicarse con una crueldad incansable.
Porque cuando aún le faltaban unos cuantos trancos para alcanzar la puerta de la cabaña…
de pronto… ¡imposible de creer al primer vistazo!
… vio al Alcalde de Gevas salir del interior de la casa del Maestro con una expresión satisfecha, que el espeso mostacho negro no conseguía ocultar del todo…
y no andaba solo… se encontraba acompañado por una comitiva de dos Guardias Salmones cuyas capas liláceas ondeaban a la espalda, mientras las vainas de sus armas golpeaban con severidad, contra las piernas al descender la colina.
Pero no fue esto lo que inmovilizó a Albius.
Sino la mujer.
Esa mujer demasiado alta incluso para un Numian.
Pues tenía una presencia imponente, que superaba a la autoridad del pueblo por más de una cabeza…
y mientras caminaba con paso firme sobre los adoquines, daba la impresión de que su sombra se extendía más de lo que la luz del sol permitía…
y llevaba un sombrero de ala ancha coronado por una pluma bermellón, que se mecía con el viento igual que una lengua deshilachada de dragón olfateando el aire.
Y Albius se detuvo en seco.
Simplemente quedó allí.
Clavado en medio del camino… con las piedras atrapándole las botas y la boca repentinamente seca… y el pulso, que apenas había comenzado a serenarse después del encuentro con la Banelaa… volvió a golpearle el pecho con una insistencia dolorosa.
¿Qué hacía el Alcalde saliendo de la cabaña del Maestro?
Entonces el recuerdo de aquella bolsa abultada cambiando de manos regresó de golpe, y le apretó el estómago, con una sospecha que no quería terminar de formular.
¿También venía a vender al Maestro Elonio?
¿Pero por qué?
Y antes de que alcanzara a ordenar sus pensamientos, la voz del político lo arrancó bruscamente del trance…
—Vaya, vaya —dijo sin apurarse—. El hijo de Bledon llegando a una clase un Halo par —guiñó un ojo al decirlo, y sus dedos comenzaron a tamborilear sobre la barriga—. ¿Vienes por una clase, muchacho… o traes algún recado?
El espeso mostacho negro del Alcalde se agitó al hablar, y su barriga enorme, tensaba los botones del chaleco hasta hacerlos parecer peligrosamente cerca de salir despedidos…
sin duda, era la barriga más famosa de Gevas, la que casi por derecho propio funcionaba como un emblema de autoridad, tanto como el mismísimo Sello de Administración…
y la curiosidad en su tono no sonaba a cortesía, sino a algo más incisivo…
algo más cercano a un interrogatorio que fingía no serlo.
Albius intentó responder, pero la lengua se le había quedado pegada al paladar.
El Alcalde y su comitiva siguieron avanzando colina abajo, como si el chico no fuera más que otra piedra desperdigada sobre el camino…
algo que simplemente debía esquivarse para continuar la marcha…
y sus pasos resonaron sobre los adoquines, semejantes a pequeñas sentencias descendiendo hacia el pueblo…
y ninguno miró atrás una vez se alejaron.
Pero lo más extraño fue la mujer.
Que al pasar junto a él, se detuvo apenas un instante.
Fue un instante mínimo.
Y sin embargo, Albius lo sintió interminable.
Sus ojos eran de un ámbar tan claro que rozaban lo pálido, y el chico bajó la mirada de inmediato, doblando la cintura en una reverencia automática, exactamente igual a como le habían enseñado en el colegio…
y el escalofrío que le recorrió el cuerpo, no provenía solamente del peso de la jerarquía que lo aplastaba…
sino de algo más oscuro que parecía envolver a esa mujer.
Ella se inclinó apenas hacia él, y unos mechones dorados escaparon bajo el ala ancha del sombrero, para derramarse sobre los hombros, y ese leve movimiento obligó a Albius a alzar la vista otra vez, atraído por una curiosidad que ya no lograba dominar…
y cuando la mujer le sonrió, los dientes eran tan perfectos…
tan blancos e inmóviles, dentro de aquella expresión serena…
que parecían tallados en mármol pulido, en lugar de pertenecer a una persona viva.
—Qué niño tan curioso —dijo, y una nueva sonrisa comenzó a dibujársele lentamente, una sonrisa que parecía reservada exclusivamente para él—. Los curiosos siempre descubren cosas interesantes.
Y al terminar la frase, volvió a dibujársele esa mueca sobre su rostro con una naturalidad impecable… porque para ella… ese breve intercambio, salió exactamente del modo en que esperaba.
Albius sintió que lo diseccionaban igual que a un insecto inmovilizado bajo una lupa, y no con admiración…
sino para ubicarlo dentro de algún mapa invisible…
para valorar lo que era, y medir con precisión el espacio exacto que le correspondía ocupar en el mundo…
y claro que lejos de esto tranquilizarlo, esa despeluchada pluma bermellón, que se mecía sobre el ala del sombrero igual a una lengua deshilachada de dragón olfateando el aire, le provocó un escalofrío tan profundo que le recorrió la espalda de arriba abajo, erizándole cada vello del cuerpo…
y ocurrió algo más… algo tan breve y tenue que incluso dudó haberlo imaginado…
porque durante un instante, le pareció que la mirada de la mujer descendía hacia el broche circular de su alforja.
No estuvo seguro.
Quizá había sido apenas un movimiento de sus ojos.
Quizá ni siquiera eso.
Pero su mano se movió sola hacia la solapa… aunque no para abrirla… sino para cubrirla.
Y entonces comprendió que estaba protegiendo algo sin saber siquiera de qué.
Además, no sabía qué era exactamente lo que le producía aquella Noble.
Pero el instinto le gritaba que algo en ella estaba mal.
Y para empeorar las cosas.
¿Qué hacía un Numian en Gevas?
¿Quién era realmente aquella mujer?
Entonces la voz del Maestro Elonio irrumpió desde la puerta de la cabaña, y desgarró de golpe aquella sensación opresiva:
—¡No demores, Albius! ¡Hay mucho por hacer! —gritó con urgencia, haciéndole amplias señas con ambas manos mientras permanecía de pie junto al umbral.
El chico echó a andar otra vez, aunque no supo si era el viento o la sombra de la mujer lo que le enfriaba la nuca, y mientras avanzaba con sus piernas temblando…
metió la mano en la alforja y sacó la pequeña estatua del ciervo con dedos temblorosos, pasando el pulgar una y otra vez sobre las astas talladas, intentando encontrar en aquella superficie gastada, la calma que normalmente conseguía transmitirle…
pero esta vez se le escurría entre los dedos igual que la arena…
y recordó que esa mañana lo había elegido sin saber por qué…
y que el ciervo miraba hacia abajo… y que quizás eso también significaba algo que todavía no estaba listo para entender.
Y ya cuando cruzó el umbral de la cabaña, guardó la figura con rapidez, casi igual que si al devolverla a la alforja pudiera encerrar también junto a ella, todas aquellas preocupaciones que seguían agitándose dentro suyo sin concederle descanso…
porque el ciervo siempre le había parecido un animal noble, una criatura hecha de prudencia y atención, que observa el mundo con los músculos tensos bajo la piel, con sus orejas alertas al más mínimo crujido del bosque…
y quizá precisamente por eso, conseguía escapar cuando otras criaturas terminaban atrapadas.
Albius no sabía por qué había elegido aquella figura en particular durante ese Halo…
simplemente al verla entre las demás, sintió que debía llevarla consigo…
y casi de manera automática, colgó la alforja en el gancho junto a la puerta…
aquel pedazo de hierro doblado, que el Maestro había colocado especialmente para los estudiantes…
y repitiendo el mismo gesto que realizaba desde el primer Halo en que llegó a este sitio…
cargando mucha más curiosidad que sentido común.