Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Ardilla de doble cola #4
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Ardilla de doble cola #4

Sembraba en él semillas de astronomía, los primeros principios de alquimia, nociones básicas de anatomía comparada entre razas…

y todas aquellas ciencias superiores, que normalmente solo se enseñaban detrás de las puertas talladas del Monasterio del Conocimiento, protegidas por juramentos, privilegios y Legados enteros de exclusión silenciosa…

y que la lengua del Maestro depositaba en la mente de un niño de nueve Llamas, con la esperanza de que echaran raíz con el paso de los Ciclos.

Aunque la tarea distaba mucho de ser sencilla.

Pues cada vez que la lección se desviaba demasiado hacia la astronomía o la alquimia, su atención comenzaba lentamente a dispersarse detrás de la ventana, detrás de algún ruido exterior o de cualquier pensamiento que oliera a plumas, colmillos o criaturas salvajes… y de la matemática… ¡mejor ni hablar!

Pero Elonio comprendía que lo esencial no consistía en que el muchacho entendiera todo en ese momento.

Ni siquiera esperaba eso.

Lo importante era que supiera que existía un mundo infinitamente más vasto de lo que el colegio Nender permitía entrever… un territorio de saberes ocultos, detrás de límites que casi nadie se atrevía siquiera a cuestionar.

Y eso era precisamente lo que los padres de Albius deseaban, aun comprendiendo el riesgo monstruoso que implicaba abrir aquella puerta.

Porque en un reino donde el conocimiento equivalía al poder, y donde ese poder debía circular únicamente por las venas de sangre Numian, que un Nender dominara las ciencias del Monasterio no resultaba solo inusual… era directamente una afrenta.

Y las afrentas en Nordaar se pagaban caras.

Por eso era trascendental que Albius estuviera lo más preparado posible, para aprender a moverse dentro de un reino que castigaba la curiosidad, cuando brillaba en los ojos de ese color oscuro que el mundo no autorizó a descubrirla…

y así, entre libros abiertos, mapas envejecidos y revelaciones pronunciadas en voz baja…

transcurrieron incontables tardes enteras.

Como aquella en que la voz rasposa del Maestro, desgranaba en darinio las palabras sobre las alimañas aladas de Nordaar, mientras el Aprendiz absorbía cada sílaba con una concentración absoluta…

inclinado hacia adelante sobre la silla, como si dentro de aquellos nombres extraños y de las descripciones de criaturas imposibles…

latiera un secreto vivo que apenas comenzaba a revelarse ante él…

algo prohibido… algo antiguo… algo que parecía respirar detrás de las palabras.

Pero eso ocurrió en otros Halos…

En este, el chico seguía avanzando hacia la cabaña del Maestro con la mirada clavada en el cielo, aunque para esa altura del trayecto, ya había reconocido a todas las serpientes voladoras que reptaban por encima de él…

y eran las mismas de siempre… esas que también surcaban por las tardes habituales en las que recorría el camino, solo que durante esos Pulsos parecían enroscarse en mayor número, ocupando el aire con una insistencia casi posesiva…

y justo cuando comenzaba a aceptar que no descubriría nada nuevo…

un destello blanco lo sorprendió en lo alto, ahuyentándole la resignación.

Y Albius alzó la vista con un sobresalto brusco, y allí sin más… recortada contra el inmenso manto azul… descubrió una longa Banelaa planeando en amplios círculos.

—¡Una Banelaa de verdad! —se dijo, preso de un asombro tan intenso que le aceleró hasta la punta de los dedos.

Siempre había escuchado que esas criaturas preferían las primeras horas de la mañana, y por eso jamás había conseguido ver una con sus propios ojos…

pero fiel a esa naturaleza mañanera que tantas veces le habían descrito, ahora estaba allí…

tan innegablemente real… y se deslizaba dibujando espirales lentas sobre la altura, con una elegancia tan serena…

que parecía convertir el aire en un océano construido solo para ella.

Para Albius, conocer las alimañas aladas en el libro le había resultado deslumbrante, pero en esas páginas las criaturas de tinta, no eran más que figuras inmóviles atrapadas sobre simples hojas amarillentas… en cambio esta…

Respiraba.

Se movía.

¡Existía!

Y justamente por esto, el chico soñaba con que algún Halo cada criatura dejara de ser una simple ilustración, para convertirse en una presencia palpitante…

¡quería poder verlas a todas en carne y hueso!

… ¡quería poder escucharlas a todas sin la mediación muda del papel!

… quería poder descubrir cómo olían, cómo cazaban, cómo dormían, cómo sobrevivían sobre las distintas tierras…

porque lo que Albius deseaba, en el fondo más profundo de sí mismo, era conocer cada ser vivo que respirara bajo aquel cielo…

o bajo cualquier otro… descubrir cada forma que la vida hubiera decidido adoptar en cualquier pequeño rincón del mundo…

y sin duda guardará aquel Halo, entre los recuerdos más memorables de toda su existencia.

En el cielo, la Banelaa se movía proyectando sobre la tierra una sombra viva que se deslizaba entre los árboles, igual que una presencia llegada desde otro mundo.

Y eso la volvía infinitamente más hermosa… y también, en la misma medida… infinitamente más peligrosa.

Tal vez Albius jamás habría admitido en voz alta, que el encuentro lo aterraba casi tanto como lo fascinaba…

sin embargo el cuerpo no sabía mentir, y un escalofrío le trepó despacio por la columna…

mientras continuaba avanzando colina arriba sin apartar la vista de ese destello blanco, que ahora comenzaba a trazar círculos cada vez más cerrados sobre él.

Porque había leído y también escuchado incontables veces, que la mordida de una Banelaa inoculaba un veneno tan fulminante…

tan devastador… que incluso podría pudrir el corazón mismo de un feroz dragón, antes de que esta bestia pudiera siquiera reaccionar…

y de solo imaginarlo, las tripas se le contrajeron.

Claro que también era cierto que los ataques de serpientes voladoras resultaban extraordinariamente raros en Nordaar, y nada indicaba que un animal semejante pudiera sentirse amenazado por un chico solitario caminando bajo su sombra…

pero eso no impidió que Albius elevara una plegaria muda hacia el cielo.

Pues el solo sentir aquellos colmillos rebosantes de veneno, planeando apenas unos cuerpos por encima de su cabeza…

no le ofrecía consuelo alguno… sino todo lo contrario, cada paso comenzó a parecerse al avance de alguien caminando bajo una guillotina suspendida, esperando en cualquier instante el sonido brutal de la caída.

Y entonces, como si la criatura hubiera decidido empeorar deliberadamente sus temores…

la Banelaa cambió de rumbo de repente… descendiendo igual que una flecha blanca atravesando el aire, y rozando apenas las copas de los árboles, cuyas hojas temblaron violentamente a su paso, mientras aquella larga silueta reptaba entre las corrientes con un planeo tan bajo…

tan insoportablemente lento, que el corazón del chico pareció quedarse suspendido en mitad de un latido.

Pero irónicamente fue su miedo el que huyó despavorido, y no él…

Porque Albius quedó clavado en el suelo con la boca entreabierta, al contemplar tan de cerca la hermosura letal de la serpiente, mientras esta planeaba sobre los árboles con una elegancia imposible de explicar…

y ahí comprendió por qué las ilustraciones fracasaban una y otra vez, al intentar capturarla…

porque no existía tinta capaz de reproducir en el papel aquel brillo vivo que corría bajo las escamas…

ni mano suficientemente precisa, para fijar sobre el papel esa presencia vibrante, que parecía alterar el aire mismo alrededor de su cuerpo.

Los dedos del chico se deslizaron por puro reflejo hacia la alforja, buscando el cuaderno de tapas gastadas, con ese movimiento urgente de su mano, que ya sabemos parecía entender por sí misma, que algo merecía ser atrapado…

porque sabía mejor que nadie que en cuestión de unos meros Pulsos, esa imagen perfecta se le volvería humo ante los ojos, y terminaría siendo solo la sensación vaga de algo blanco que alguna vez planeó sobre él…

aunque, bueno… tampoco es que el dibujo fuera a salvarlo…

porque cada animal que dibujaba siempre terminaba siendo una versión apenas reconocible de sí mismo, y nunca podía evitar que las serpientes le salieran como torpes salchichas con alas…

pero igualmente la mano se le detuvo a mitad del gesto, suspendida en una duda repentina.

¿De verdad iba a ponerse a dibujar con una Banelaa planeando sobre su cabeza?

El Maestro tenía razón cuando le advertía que la curiosidad acabaría matándolo algún día.

Pero el Maestro no estará en Dalassia , razonó de pronto… y allá no habrá nadie diciéndome cuándo detenerme antes de hacer una tontera. Excepto el tío Marnus… si es que realmente me quiere…

Y la duda le dolió más de lo que esperaba, más incluso que imaginar ese veneno entrando a sus venas… luego de desbordar los colmillos de esa serpiente.

De la nada, un nuevo destello blanco descendió desde las alturas y lo arrancó bruscamente de sus pensamientos, devolviéndole a la memoria la voz rasposa del Maestro leyendo aquel pasaje sobre las Banelaa…

«Su alargado cuerpo está cubierto de níveas escamas resplandecientes, que reflejan el sol como si la serpiente hubiese sido moldeada con luz. Posee un triple par de alas cubiertas de plumas amarillas y verdes, cuya velocidad resulta imposible de seguir con la mirada cuando acelera.»

Y sin duda alguna esto era cierto.

Pues allí estaba una sobre él… y parecía hecha de luz.