Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Ardilla de doble cola #3
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Ardilla de doble cola #3

La exaltación brotaba de Albius en cada gesto, en cada movimiento inquieto de sus manos abiertas, como si una parte de él ya estuviera recorriendo bibliotecas enteras dedicadas a criaturas imposibles… y hojeando volúmenes cargados de ilustraciones invisibles con la sola fuerza del deseo.

—No hay nada mejor que ir en búsqueda del conocimiento, Aprendiz —dijo Elonio, con una voz que se cargó de un peso que no estaba antes— Aunque todo a su tiempo, y recuerda esto siempre. El saber es la espada más poderosa. Pero antes de empuñarla…

El Maestro observó la desilusión de su alumno, con esa mirada serena que parecía atravesar capas invisibles bajo la piel, y una risa profunda le nació en el pecho… antes de continuar con calidez:

—Tranquilo, mi joven Aprendiz. Paciencia —explicó mientras le apoyaba una mano firme y cariñosa en el hombro—.

Yo te leeré cada palabra del libro. Te mostraré cada ilustración.

No te inquietes por lo que aún no sabes.

El conocimiento llegará a ti, cuando tu mente tenga espacio para sostenerlo sin que se desborde.

Había en sus ojos un brillo de reconocimiento, y aquella desesperación infantil de Albius por querer comprenderlo todo, lo divertía más de lo que admitía abiertamente…

ver en el chico ese apetito insaciable por llenar cada vacío de conocimiento, por hacer preguntas incluso cuando todavía no terminaba de entender la respuesta anterior… le resultaba demasiado familiar.

—Pero igual va a tener que enseñarme darinio, ¿eh? —insistió Albius, cruzándose de brazos con una determinación casi cómica—. No me voy a olvidar.

—No lo dudo ni por un instante, Aprendiz —señaló, y los ojos de Elonio centellearon con ese destello reservado solo a las cosas que le complacían—. Ni por un instante.

Y su risa amplia y resonante, fue a perderse entre los libros apilados hasta el techo, como si las hojas mismas absorbieran el eco de aquella promesa.

Nadie en Gevas sabía por qué el Maestro Elonio vivía exiliado en soledad, en lo alto de aquella colina.

Pero los rumores abundaban…

Claro que abundaban.

Y siempre aparecen alrededor de quienes cargan un pasado demasiado grande… para desaparecer por completo.

Eran rumores dichos a media voz, filtrándose bajo puertas cerradas o entre conversaciones que se interrumpían apenas alguien se acercaba demasiado…

y uno de ellos afirmaba, que en otro tiempo Elonio había sido uno de los grandes Maestros del Colegio de Todos los Oficios, la institución más prestigiosa para Nenders en todo el mundo de Albynia, y erigido en la zona más exclusiva de la Ciudad Capital de Dalassia…

pero por razones que casi nadie parecía conocer realmente, o mejor dicho…

por razones que solo algunos oídos privilegiados alcanzaron a escuchar…

había caído en una desgracia tan profunda, que su nombre terminó convirtiéndose en una especie de maldición dentro del propio Colegio…

en un eco incómodo, que aún parecía deslizarse por aquellos pasillos.

Y según contaban los murmullos más crueles, lo expulsaron como si fuera una enfermedad contagiosa…

sin ceremonia… sin palabras… y sin piedad lo arrastraron hasta las puertas mismas del Colegio, con su vieja túnica verdosa, esa coronada por la capucha bordó que siempre lo distinguía, colgando hecha jirones alrededor del cuerpo…

y mientras los demás Maestros observaban desde las ventanas envueltos en un silencio cómplice…

allí, frente a todos… lo despojaron de su título…

de aquello que había sido… y después lo arrojaron al exterior, igual que se desecha una manzana podrida antes de que infecte el resto del cajón.

Ya contaba con bastantes Llamas sobre los hombros, eso era evidente para cualquiera que lo mirara con atención…

pero nunca faltaban las lenguas chismosas que aseguraban, en susurros y con una mezcla entre la fascinación y el miedo, que el viejo llevaba vagando por estas tierras desde tiempos imposibles.

Desde cientos de Halos.

¡O más!

¡Muchos más!, según algunos.

Jurando además que durante todo ese tiempo había conservado exactamente el mismo aspecto, sin una arruga nueva surcándole el rostro…

sin un cabello menos sobre la cabeza… y pareciendo que el paso del tiempo hubiese decidido ignorar su figura, cubierta siempre por la túnica verdosa y la capucha bordó.

Lo cual, claro, no podía ser más que una exageración alimentada por la imaginación… o al menos eso repetían, quienes todavía necesitaban aferrarse a una explicación razonable, para no dejarse arrastrar por historias imposibles.

Porque así nacen esas leyendas pequeñas que terminan echando raíces en la memoria de la gente… se alimentan de rumores y se deforman con cada boca que las repite… hasta extenderse por los pueblos, con una obstinación silenciosa que las vuelve casi imposibles de arrancar.

Como la historia del dragón diminuto que habita dentro de una letrina vieja, una criatura del tamaño de una mosca, que según cuentan, puede chamuscarle el trasero a cualquiera que se siente sin prestar suficiente atención…

y lo peor es que aseguran que el animal no lo hace por malicia, sino por costumbre…

lo cual, pensándolo bien, resulta bastante más inquietante…

o aquella otra historia sobre la anciana panadera de la plaza, que supuestamente sería un demonio disfrazado, aguardando pacientemente el momento propicio para robarle todas y cada una de las uñas a algún desprevenido…

y nunca nadie ha logrado explicar jamás qué hace después con ellas…

ni por qué sonríe de oreja a oreja, cada mañana mientras amasa el pan.

Son historias inverosímiles sin duda, ¡pero provocan un escalofrío el tan solo pensarlo!… incluso entre quienes aseguran no creer ni una palabra de esas historias.

Pero casi siempre estos cuentos nacían en las tabernas, por supuesto, brotando desde las mesas del fondo, donde cada noche se reunían los personajes más excéntricos del pueblo…

hombres de voces gastadas y miradas turbias, que después de vaciar suficientes jarras de sidra de pera, compiten por ver quién era capaz de inventar la mentira más descomunal, o la historia más absurda, que algún desprevenido todavía estuviera dispuesto a creer.

Sin embargo también existían las historias que contaban los cuerdos.

Y esas eran las que realmente inquietaban.

Como la del mercader de telas que cada tarde atravesaba el camino frente a la cabaña del Maestro, avanzando hacia Gevas con la carreta cargada de alfombras enrolladas y el polvo levantándose lentamente detrás de las ruedas, mientras la capa color castaño de la Provincia Galeris flameaba a su espalda…

y que aseguraba haberlo visto a Elonio en más de una ocasión sentado sobre el escalón de su cabaña, con un libro descansando sobre las rodillas, y completamente ajeno al traqueteo de la carreta, e incluso al viento que le revolvía las páginas sin que él pareciera advertirlo…

y el mercader hablaba con la firmeza de quienes jamás prueban un sorbo de sidra mientras trabajan, diciendo que el Maestro Elonio estaba transitando la Séptima Edad.

Esa etapa en la que un Nender aún conserva fuerza suficiente en los brazos para cargar leña, pero comienza a sentir el peso de los recuerdos igual que piedras acumulándose sobre los hombros, hasta volver más lentos ciertos silencios y más largas ciertas miradas…

y si uno se guiaba únicamente por el aspecto del Maestro, resultaba difícil afirmar que el mercader estuviera equivocado.

Pues las arrugas que le surcaban el rostro en líneas profundas, enmarcando unos ojos negros que parecían absorber la luz en vez de reflejarla, igual que si hubieran contemplado cosas que nadie debería ver…

y aun así conservaran la cordura… y aquellas patillas largas y oscuras que le descendían a ambos lados de la cara, junto al cabello lacio y prolongado que sobrevivía abundante solamente en los costados, mientras una calva brillante devolvía los reflejos del sol…

daban la impresión de un tiempo considerable arrastrándose detrás de él, cargado de aciertos…

y quizá también de arrepentimientos, que las edades habían endurecido sin resolver

Pero nada de esto resultaba extraordinario en un Nender, que suele cómodamente atravesar la Décima Edad sin perder un solo diente ni la lucidez… si bien rara vez lograba hacerlo sin cargar alguna cicatriz adherida al alma.

Y también era evidente, al menos para quienes sabían mirar más allá de las apariencias, que Albius llenaba al viejo de una vitalidad que Elonio jamás habría admitido en voz alta…

porque en presencia del muchacho el Maestro reía, algo que según juraban varios vecinos de Gevas, jamás le habían escuchado hacer…

y también gesticulaba con un entusiasmo casi juvenil cuando explicaba las constelaciones o relataba historias sobre regiones lejanas, e incluso gracias al chico, durante algunos Pulsos parecía olvidar el peso oscuro que arrastraba desde el exilio…

comportándose de una forma que a Albius le resultaba cercana, casi familiar…

como si fuese un hijo… o quizá un nieto, si uno se dejaba convencer por la evidencia de las arrugas…

aunque según afirmaban los más indiscretos del pueblo, Elonio jamás había tenido descendencia alguna.

El Maestro aguardaba las tardes de Halos impares con una impaciencia apenas disimulada, observando cada tanto el camino polvoriento que ascendía la colina, hasta divisar por fin la pequeña silueta de Albius, que avanzaba con ese paso rápido de quien arde por aprender…

y cuando el primogénito de su vieja amiga Cilias cruzaba el umbral de la cabaña, penetrando en ese recinto igual que quien entra en un lugar secreto apartado del resto del mundo, algo en el viejo parecía desprenderse por un momento de todo lo que cargaba…

y sin demora, comenzaba a transmitirle todo el conocimiento que consideraba indispensable.