Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Ardilla de doble cola #2
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Ardilla de doble cola #2

—Tranquila, ardillita —susurró, y la frase apenas consiguió sostenerse en el aire, mientras retiraba la mano de la alforja con una lentitud cuidadosamente medida, y ya con varias semillas descansando dentro de la palma cerrada.

Y entonces falló de la manera más torpe posible…

Porque justo cuando terminó de sacar la mano y la extendió abierta ofreciendo las semillas, el broche tintineó contra el metal de la hebilla… en un sonido breve, pero lo bastante afilado para destrozar de inmediato toda la calma frágil que había conseguido construir.

Lo que siempre me pasa , se dijo con una amargura que le apretó los dientes… sintiendo que el más mínimo ruido bastaba para quebrar la tenue confianza del mundo.

Al parecer, el sigilo no era una de sus virtudes, porque apenas avanzó un paso de más…

la ardilla huyó dando saltos frenéticos, y su cuerpo se convirtió en una chispa naranja, que atravesó el sendero buscando la protección espesa de los matorrales…

mientras lanzaba chillidos agudos que se abrían paso por encima del murmullo del bosque, y que por un instante a Albius le sonaron extrañamente articulados… casi comprensibles…

«¡Miedo! ¡Miedo!»

El corazón le golpeó las costillas con violencia, y la palabra le atravesó la mente como un relámpago que no iluminaba, sino que llenaba de sombras incluso lo que ya estaba oscuro.

La ardilla gritó… ¿miedo?, se preguntó atónito, quedándose paralizado con la mano extendida y las semillas temblándole en la palma…

y de golpe, sin transición ni aviso, vio al viejo Pauro de rodillas en el barro…

también sintió las manos de su madre aferrándolo de los hombros…

y volvió a verla lanzarse contra Nartio con un grito que nunca antes le había escuchado, y a su padre sujetándola por la cintura, y a esa palabra horrible flotando todavía en el aire de la calle.

Luego oyó la voz de ella, con ese tono que no admitía réplica… «¡No vuelvas a repetirlo!»

Y cerró los dedos sobre las semillas con fuerza, hasta sentir cómo se le clavaban en la piel.

Claro que no dijo miedo, se reprendió, sacudiendo la cabeza con una urgencia que no nacía de la duda… sino del temor a que pudiera ser cierto.

«¡Crrri! ¡Crrri!», chilló la Ardilla de Doble Cola otra vez desde la oscuridad compacta de los matorrales… invisible ya… pero presente en ese sonido que vibraba entre las hojas.

Ahí estaba la ardilla.

Y solo decía crrri… como siempre lo hacía.

Nada más…

Yo también tengo miedo igual que esa ardilla , admitió Albius sin querer, y el pensamiento se le quedó atrapado en la garganta, lleno de una incomodidad difícil de apartar…

Miedo de irme. Miedo de que vengan por amá, de que yo pueda…

y allí se detuvo, dejando la frase suspendida dentro suyo…

porque ese miedo que acababa de nacer en medio de ese camino, todavía no encontraba una forma clara, ni palabras que lo contuvieran…

incluso por un instante, mientras observaba el lugar donde la ardilla había desaparecido entre los matorrales, se le cruzó la idea incómoda de que tal vez no era solo su imaginación…

sino el mundo entero ya mostrándole en voz baja, aquello que él apenas comenzaba a atreverse a pensar.

Por suerte, un chillido distinto rasgó el aire desde lo alto, y apenas alzó los ojos hacia ese manto de cielo celeste… se quedó maravillado ante las serpientes voladoras que aleteaban por decenas, dueñas del viento sin haberlo pedido.

¡Nunca había visto tantas juntas! , pensó, y la sorpresa le abrió la mente con una claridad casi alegre. ¡Cierto! Salen de cacería por la mañana , se respondió de inmediato, enlazando la explicación con el hábito… Yo siempre recorro este camino por la tarde. ¡Por eso nunca las encuentro así!

En efecto, el cielo estaba sembrado de serpientes voladoras de todos los tamaños imaginables…

criaturas de cuerpos ondulantes y alas translúcidas que se cruzaban unas sobre otras en espirales veloces, con distintas cantidades de alas y colores completamente diferentes…

algunas eran esbeltas y verdosas, tan finas y delicadas, que recordaban hojas recién brotadas…

Salenas, pensó Albius de inmediato, casi con orgullo…

otras exhibían manchas ocres y pardas que las volvían parecidas a piedras en movimiento…

y había unas más gruesas, de vientres anchos y escamas rojizas, semejantes a lava enfriándose lentamente bajo la lluvia…

¿Esa sería una Faurina? , se preguntó el chico entrecerrando los ojos, mientras intentaba seguirla entre los reflejos del cielo…

y la mayoría permanecía entregada con una concentración implacable, a la cacería de libélulas suspendidas en vuelos casi inmóviles, de mariposas desprevenidas avanzando con la fragilidad temblorosa de sus alas, de escarabajos que batían el aire con esa torpeza obstinada, que parecía condenarlos de antemano…

y las más grandes… esas de fauces amplias que imponían respeto apenas abrían la boca, y aquellas que Albius reconoció con un pequeño estremecimiento naciendo bajo las costillas…

no perseguían insectos… sino que se abalanzaban directamente sobre cualquier pájaro que atravesara demasiado confiado aquel territorio invisible…

donde el cielo mismo parecía convertirse en una trampa mortal.

Entonces se propuso identificar la mayor cantidad posible, apelando una por una a las lecciones del Maestro Elonio, y como siempre ocurría cuando los animales lograban capturar su atención…

el resto del mundo comenzó a desdibujarse lentamente alrededor de él, retirándose hacia los márgenes de su conciencia, igual que una marea oscura perdiendo fuerza contra la costa…

la cara regordeta del guardia Salmón… los gritos dirigidos primero hacia él y luego hacia su madre…

la tensión amarga que seguía oprimiéndole el pecho…

todo fue quedando relegado a un fondo distante y borroso, bajo la creciente pasión que siempre terminaba absorbiéndolo por completo.

Así que entrecerró los ojos contra el resplandor y comenzó a escudriñar las alturas con una concentración casi feroz… mientras continuaba avanzando colina arriba, con el paso acompasado a ese nuevo impulso que lo sostenía desde adentro.

—Vamos a ver si hoy descubro una nueva —murmuró, aunque la frase sonó menos a entusiasmo verdadero, que a un esfuerzo desesperado por convencerse de que todavía había cosas capaces de importarle.

Pues lo necesitaba.

Necesitaba que algo le importara con esa intensidad sin grietas.

Necesitaba sentir cualquier cosa que no fuera el vacío espeso que lo perseguía desde ayer, pegado a sus talones como una sombra paciente que nunca terminaba de cansarse.

Y siguió recorriendo el cielo con la mirada, aferrándose a esa pasión, como quien se aferra a la única rama suspendida sobre el abismo.

Allí hay una Galiia de escamas topacio, más allá una Daruaa con la cola bifurcada, un grupo de Caaseas por allá, una Piala lanzándose en picada… oh, pobre pajarillo desplumado por sus colmillos… bueno, allí una Dadeenia planeando…

Y seguía contándolas una tras otra en su mente, arrastrado por ese entusiasmo inagotable que únicamente los animales conseguían despertarle, mientras repasaba mentalmente todo lo aprendido en las hojas amarillentas de aquel libro grueso escrito en darinio…

un volumen pesado… cubierto de manchas antiguas…

y cuyo título se extendía sobre la cubierta en letras extrañas y elegantes, trazadas con una precisión tan delicada y artística…

que antes incluso de comprenderlas… Albius ya sentía que pertenecían a algo importante.

«Ënïmïü pläüëtë Lömär», se leía, en el idioma del norteño y quesero Reino de Darinia.

Albius jamás había visto palabras así, hasta el Halo en que el Maestro Elonio dejó caer aquel pesado volumen sobre la mesa frente a él, y una vez disipada la nube de polvo que levantó, le reveló con paciencia que el título significaba precisamente «Alimañas aladas de Nordaar» en nordaaro…

y la llegada de ese libro, dio pie a una conversación entre Maestro y Aprendiz unas Fases atrás, que el chico aún recordaba con una incomodidad persistente ante su propia ignorancia…

porque hasta entonces, jamás había pensado realmente en la existencia de idiomas capaces de volver incomprensible el mundo ante sus ojos…

y junto a esa incomodidad también crecía otra cosa…

ese hambre voraz por aprenderlo todo sobre los seres vivos…

y cuanto más ignoraba sobre ellos… más parecía aumentarle ese deseo por dentro.

—¿Por qué está en darinio, Maestro? —preguntó Albius, con los ojos clavados en esas letras extrañas que parecían retorcerse sobre la página—. ¡Si es sobre animales nordaaros!

—Ah, mi curioso aprendiz —Elonio se acomodó en su silla y una sonrisa paciente le suavizó el rostro—. Verás, el investigador Alon Astalien, un Nender darinio, es la mayor eminencia sobre serpientes voladoras que este mundo ha conocido.

Hizo una pausa deliberada, deteniéndose apenas para observar cómo los ojos de Albius se encendían, con esa luz ávida que siempre le nacía cuando un conocimiento nuevo se abría delante de él.

—Alon ha recorrido, seguramente con un trozo de queso a mano, cada rincón de Albynia durante Ciclos enteros, rastreando toda serpiente voladora que alguna vez haya surcado los cielos, anotando medidas, colores, hábitos, incluso los sonidos que emiten antes de cada acción.

El hombre no dejó escapar ni una escama.

—¡Pero yo no sé darinio! —el chico pegó un salto, inclinándose sobre la mesa hasta casi treparla—.

¡Entonces debe enseñarme Darinio! ¡Y también cualquier idioma que me ayude a aprender sobre los animales!

—se irguió sobre la silla, gesticulando con tal vehemencia que parecía dispuesto a atrapar las palabras en el aire—.

¡Quiero saberlo todo sobre ellos, Maestro! ¡Todo!