Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Ardilla de doble cola
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Ardilla de doble cola

El Maestro Elonio

Pueblo de Gevas

Al joven Albius aún le temblaban las rodillas por lo ocurrido en el pueblo, y llevaba un largo tramo de colina recorrido sin que ese temblor terminara de abandonarlo…

pero ahora no le nacía únicamente del cuerpo agotado, sino de un lugar mucho más hondo…

y le subía por dentro hasta aflojarle las piernas con una insistencia que no sabía nombrar.

Dos Halos , pensó mientras se aferraba al tronco áspero de un árbol al borde del camino. En dos Halos me iré de aquí, lejos del Maestro, lejos de todo lo que conozco.

Se apretó contra la corteza con más fuerza, y la alforja le golpeó la cadera con un balanceo pesado… y sin aviso alguno, las inmundas palabras del guardia Salmón regresaron a zumbarle en los oídos, atrapadas dentro de su cráneo sin encontrar la salida.

¡Bestial!

La palabra le ardía en la boca del estómago.

¿Por qué su madre sería una Bestial?

¿Era realmente como el viejo Pauro?

Y entonces el recuerdo le volvió con una claridad casi cegadora desde adentro…

escuchando la voz grasienta, de aquel regordete bastardo hablando sobre su madre…

viendo la manera en que ella apretó los párpados hasta hacerle temblar las sienes, tal vez intentando así contener de golpe toda la vergüenza del mundo, o quizá intentando dominar algo mucho más antiguo que la propia vergüenza…

y por más que Albius retorciera esas imágenes, por más que intentaba anudarlas entre sí para arrancarles algún sentido oculto…

seguía sin comprender qué estaba ocurriendo realmente en el pueblo, y por qué de pronto todos parecían moverse dentro de un secreto enorme que a él le era negado.

De un momento a otro, el lugar entero comenzó a parecerle demasiado peligroso para su familia, y un vacío helado se le enroscó bajo las costillas… porque, hasta donde alcanzaba a comprender su mente todavía infantil… ¿qué había hecho su madre para merecer esas palabras escupidas con tanta saña?

Sus ojos descendieron casi sin querer hacia el broche de metal circular de la alforja, y permaneció observándolo fijamente, como si aquel pequeño disco frío que su madre le había entregado, pudiera convocarla de alguna manera, y traer consigo la tibieza callada del roce de sus manos deslizándose sobre su cabello…

ese cariño que siempre llegaba sin necesidad de palabras

Pero por supuesto que una hechicería así no podía existir, ¿o acaso sí?

… no, no era posible… y negando más con el cuerpo que con la cabeza, Albius terminó apartándose del árbol, llenándose los pulmones con el aire húmedo que aún arrastraba restos de tormenta, y siguió ascendiendo la colina por el camino adoquinado, que conducía hasta la solitaria cabaña del Maestro…

cargando los pensamientos como yunques colgados de los hombros.

No era un trayecto largo, aunque tampoco breve, y la pendiente obligaba a las piernas a tensarse en cada tramo, a sentir en los muslos el tirón constante del ascenso que no concedía descanso…

y el sendero trepaba entre la colina cubierta de flores multicolores, que se mecían por igual a ambos lados del empedrado…

obstinadas en sostener su belleza en pleno otoño, y cada pétalo se aferraba a su color ignorando la sentencia inevitable del frío, que ya venía bajando desde las alturas.

El sol comenzaba a abrirse paso entre las nubes, sin embargo no era el sol pleno del verano, sino ese resplandor tímido que apenas entibia la piel…

y aun así, se sentía como un gesto de misericordia después de la anterior jornada tormentosa…

con esos relámpagos que habían rajado el cielo de extremo a extremo, dejando un pegajoso barrial en el pueblo que se aferraba a los tobillos con hambre…

pero ahora la temperatura invitaba al descanso, y los árboles se balanceaban con una languidez casi somnolienta, bajo un viento armonioso que se colaba por la capucha de Albius y le enfriaba la frente húmeda.

Desde la distancia, el arroyo enviaba un susurro continuo al quebrarse contra las rocas, y a ese murmullo se sumaban los balidos lejanos de las ovejas, junto a algún chillido aislado que se filtraba entre los ladridos firmes de los perros pastores, componiendo esa melodía rural conocida, hecha de agua, de mullida lana y de dientes atentos…

que parecía sostener la quietud extendida sobre la pradera.

Albius intentaba concentrarse en eso.

En la tibieza que flotaba en el aire.

En los colores encendidos que todavía resistían.

En esos aromas dulzones suspendidos entre la hierba.

En cualquier cosa que no fuera la cara hinchada del guardia Salmón…

Pero no funcionaba.

El vacío seguía ahí…

Apretándole con una paciencia inmóvil que no mostraba intención alguna de ceder.

Entonces la brisa aumentó de golpe, inclinando las flores al unísono, igual que si una mano invisible hubiera atravesado la pradera a toda prisa, y en medio de ese súbito vaivén, apareció una Ardilla de Doble Cola justo delante del camino…

deteniéndose sobre el empedrado y olfateando el aire con sus bigotes inquietos, mientras las dos colas anaranjadas se alzaron detrás de ella, como pequeñas antorchas encendidas contra el gris apagado de la piedra…

y la aparición resultó tan precisa, tan perfectamente colocada en ese instante exacto…

que por un momento, Albius tuvo la impresión de que el propio viento la había depositado allí…

como una interrupción deliberada… para interponerse entre él y todo aquello que todavía no conseguía soltar.

Era casi idéntica a la estatua que dejó descansando sobre su repisa…

o más bien, comprendió con una breve punzada de orgullo, que su estatua era una réplica fiel de ese animal real que ahora tenía delante…

porque los artesanos no solo capturaron a la perfección la forma estilizada de ese cuerpo, sino también tallaron con precisión la curva alerta del lomo, la particular disposición de esas orejas erizadas escuchando más de lo que el mundo ofrecía…

y hasta esa tensión diminuta en las patas, muy lista para desatarse en una huida salvadora.

¡Tendría que haber elegido esa! , se dijo con entusiasmo, y el pensamiento le encendió una chispa de alegría… ¡tal vez en Dalassia haya ardillas también! , pensó intentando imaginarlo… ¡tal vez en el castillo pueda ver animales que nunca vi!

Aunque casi de inmediato lo alcanzó la certeza de que iría sin sus padres, y la emoción se apagó como una vela expuesta al viento.

Pero igualmente se detuvo y contuvo el aliento… inflando los cachetes con una seriedad casi ritual, convencido de que así se volvía menos ruidoso, menos amenazante…

Porque esto era lo que más le gustaba del mundo.

Le fascinaba la naturaleza y el encuentro súbito con animales y criaturas de las formas más variadas, desde los más gráciles hasta los más difíciles de querer… y entonces le surgía una paciencia distinta de cualquier otra, que solo aparecía cuando observaba.

Le atraían incluso los seres más desagradables, los que otros apartaban con gestos de asco, y muchas veces recogía animales heridos para cuidarlos con una dedicación que rozaba la terquedad…

a veces con la ayuda de su madre… otras luchando él solo contra la dolencia del animal, hasta que lograba que volvieran a moverse por su cuenta…

que apoyaran la pata temblorosa o que desplegaran el ala entumecida…

y cuando los animalitos se recuperaban, los devolvía a su sitio…

al bosque… a los tejados… a los matorrales donde los había encontrado…

aunque no sin sentir esa mezcla punzante de alegría y pérdida, que le apretaba el pecho cuando los veía marcharse…

y una parte de él deseaba absurdamente que regresaran algún día…

rogando que de algún modo lo reconocieran entre la multitud del mundo, y que se detuvieran apenas un instante, para concederle una mirada distinta de todas las demás…

aunque fuera mínima… aunque apenas durara un parpadeo…

pero suficiente para confirmar que algo suyo había permanecido dentro de ellos.

Esto sí era algo que él podía arreglar.

Un ala rota se curaba si se la entablillaba con cuidado.

Una pata herida sanaba si se la dejaba en reposo.

Pero lo que ocurría ahora en el pueblo no sabía cómo componerlo, porque no había tablillas ni vendas que alcanzaran para contener esa grieta que se abría amenazante cerca de su familia.

Albius nunca había visto una Ardilla de Doble Cola desde tan cerca, tan…

extrañamente quieta… y mientras contemplaba el vaivén hipnótico de las colas anaranjadas, balanceándose al mismo compás como si obedecieran a un pulso secreto…

comenzó a acercarse despacio, recordando cada una de las enseñanzas del Maestro Elonio…

y aun así, sentía el corazón golpearle con una fuerza tan intensa que temía delatarlo.

Los animales sienten el miedo antes de que lo digas , solía repetirle el viejo, y esa advertencia le cruzó la mente con el tono grave y cansado de esa voz, que parecía conocer demasiado bien el mundo.

Entonces dio un paso…

Luego otro…

Y poco a poco deslizó la mano dentro de la alforja sin apartar la vista de la ardilla…

tanteando entre los pliegues de tela, en busca de la bolsita de semillas que siempre cargaba consigo precisamente para encuentros como este…

procurando que cada movimiento naciera sin esa brusquedad que pudiera asustar.

Sin embargo, las orejas de la ardilla se irguieron de golpe…

y sus ojos de un intenso naranja se clavaron de inmediato en ese Nender, que avanzaba con un sigilo demasiado tenso para resultar convincente, y el animalito erizó su pelaje anaranjado hasta volverlo una superficie punzante, cargada de una electricidad nerviosa, lista para estallar en movimiento al menor indicio de peligro.

El chico sentía el pulso subirle por la garganta, golpeándole adentro igual a un tambor traicionero…