Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) El nidal #3
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El nidal #3

El pajarero se volvió hacia un gran baúl abierto al fondo del Nidal, y apartó trapos y cuerdas enrolladas con movimientos rápidos, casi nerviosos…

y finalmente extrajo una pequeña botella alargada de vidrio, con una etiqueta algo gastada escrita con tinta ya corrida por la humedad, pero que aún dejaba leerse con claridad… «Castillo Gris».

Con un poco de fuerza, Jaleno descorchó la botella, y el sonido del corcho al desprenderse, pareció abrir un silencio extraño alrededor de ambos…

y después caminó hasta una jaula con uno de los tantos colibríes que revoloteaban en su gran Nidal…

y a pesar de toda una vida entregado a aquel oficio…

a pesar de haber atado incontables mensajes a patas diminutas, y haber soltado alas hacia destinos que jamás vería con sus propios ojos…

los dedos se le estremecieron cuando enrolló el pergamino…

incluso el nudo le quedó más torpe de lo habitual, algo más apretado, como si la tensión de este encargo se hubiera trasladado directamente a sus manos…

y después de comprobar dos veces que el mensaje permanecía firme alrededor de la frágil pata del ave…

le acercó la botella al fino pico que vibraba con una ansiedad eléctrica.

El colibrí introdujo la lengua dentro del cuello de vidrio, y un brillo súbito se encendió en sus ojos diminutos…

cuando el sabor del néctar encendió en su interior un sendero invisible, trazado no sobre la tierra…

sino en el aire mismo, produciendo un persistente rastro aromático que lo reclamaba desde lejos…

desde aquellas flores que crecían alrededor del Castillo de la Guardia del Heredero, y que lo guiaría hasta el Nidal levantado en ese lugar sin desvíos ni errores, en un solo frenético aleteo… porque así funcionaban estas criaturas

Y el pajarero se lo había explicado una vez a un cliente insoportable que preguntaba sin descanso…

incapaz de dejar morir una sola duda… mientras Jaleno barría plumas y maldecía el polvo entre escobazos impacientes…

contándole con la poca paciencia que le quedaba en el cuerpo, que el animal seguía el sabor hasta llegar al destino, y luego de que le recolectaran el mensaje, regresaba recorriendo un camino ya hundido en su memoria a fuerza de largas Fases de entrenamiento…

de recompensas repetidas hasta el agotamiento…

y de una obstinación casi enfermiza por parte de los entrenadores, que dedicaban Fases enteras a fijar ese sendero invisible dentro de criaturas, cuya inteligencia no llegaba más lejos que el siguiente grano.

Jaleno soltó finalmente al colibrí… que ya en el primer aleteo, salió disparado en una vibración furiosa de alas casi invisibles, y después se limpió las manos en un trapo gris que apenas conseguía trasladar la suciedad de un lado a otro…

y cuando Bledon cruzó el umbral para perderse en el exterior, sin siquiera una despedida de por medio…

el pajarero bajó la vista hacia la moneda que aún sostenía entre los dedos.

Ni más ni menos que un Trinál.

Más dinero del que reunía en veinte Halos completos de trabajo, contando las jornadas buenas y aquellas otras donde no enviaba ni una sola pluma… y apretó la moneda hasta que el canto metálico comenzó a marcarle la piel.

Perdóname, cazador , se dijo en silencio. Pero tengo tres hijos. Así que, un Trinál… es un Trinál. Así que, tal vez con esto pueda sacarlos de aquí si las cosas empeoran.

Tuvo que convencerse con esfuerzo.

Con verdadero esfuerzo.

Y aun así… cuando guardó finalmente la moneda en el bolsillo, sintió que el estómago se le encogía igual que si aquel mismo corcho recién arrancado… hubiera encontrado destino en sus entrañas.

Bledon ya estaba afuera del Nidal, y llenaba los pulmones con el aire limpio de la calle, después del hedor espeso de jaulas, plumas húmedas y asqueroso excremento acumulado.

Pero el aire le supo amargo.

Pues ni siquiera afuera, lograba desprenderse del olor a traición que se le había pegado en la ropa.

Aunque al menos… en el instante en que vio al colibrí elevarse hacia el techo abierto del Nidal, y atravesar uno de los ventanales como una flecha iridiscente perdida entre destellos de alas… algo cedió dentro de ese nudo que llevaba Pulsos enteros, apretándole las costillas.

¡Vuela rápido, pequeño! ¡Llega lo antes posible! , rogó en silencio, manteniendo la mirada elevada hacia las nubes blancas que avanzaban sobre el pueblo… mientras imaginaba esa esperanza enrollada dentro del pergamino, volando hacia alguien que podía salvarlos.

Las cosas en el pueblo comenzaban a pudrirse, y lo hacían con ese avance silencioso de lo que se pudre sin que nadie se atreva a arrojarlo, y Bledon sintió que pronto muchas puertas dejarían de proteger a quienes dormían detrás… y que la próxima vez, ya no existiría colibrí capaz de ayudar a nadie.

¡Mucho menos a ellos!

Pero Albius no estaría allí dentro de unos pocos Halos… y esta certeza frágil pero firme, era lo único que todavía lograba mantenerlo erguido.

¡Grouto! ¡Le prometí a Cilias que lo advertiría! , recordó Bledon de golpe, y el pensamiento del herrero le atravesó la cabeza con una urgencia que le aceleró el paso.

Entonces se lanzó a andar con zancadas largas, esquivando cuerpos que se le interponían, hombros que lo empujaban al cruzarse con él… y miradas que preferían desviarse antes de encontrarse con la suya.

Así tras varios trancos, llegó finalmente a la herrería… y apenas vio el lugar, el pulso comenzó a golpearle con fuerza en las sienes.

Porque la puerta estaba abierta.

Pero no sonaban golpes de martillo.

Ni chispas saltando sobre el yunque…

Ni tampoco ese calor sofocante que solía derramarse hacia la entrada, igual que el aliento constante de una bestia adormecida.

Allí, el yunque estaba frío.

Y sobre este… reposaba un martillo envuelto en un trapo.

Bledon se acercó despacio… y desenvolvió con dedos que ya habían comprendido, aquello que su mente apenas se atrevía a pensar…

Y la nota que estaba dentro, doblada con una pulcritud ajena a la prisa, decía… «Gracias a ambos. Y dile al chico que no sobrecargue la repisa con esas estatuas de animales, que el herrero que se la reforzó dos veces, ya no va a estar cerca para volver a hacerlo.»

El cazador arrugó el papel dentro del puño y luego lo guardó en el bolsillo.

Al menos logró escapar , pensó mientras volvía a cubrir el martillo con el trapo… dejando el hierro oculto bajo aquella tela humilde… para que cualquiera que llegara buscando a Grouto, no encontrara más que herramientas frías y un silencio incapaz de responder preguntas.

Ya con el herrero a salvo, o al menos aferrándose desesperadamente a esa posibilidad…

Bledon emprendió el regreso a su cabaña con el ánimo comprimido, sintiendo cómo cada paso lo hundía un poco más, en un entorno que comenzaba a resultarle cada vez más extraño…

y al pasar por la esquina donde había encontrado al viejo vendedor con su carro roto…

este ya no estaba allí entre el ajetreo del mercado, ni tampoco se veían más camotes desparramados por el suelo…

y solo le quedó la esperanza de que aquella rueda que habían encajado juntos, siguiera firme en su sitio, compadeciéndose de la fragilidad de las arrugas que la guiaban.

Por suerte, todo estaba encaminado…

El colibrí ya volaba rumbo a Marnus.

Su hijo regresará de la clase del Maestro después del atardecer.

Y Cilias se quedó durmiendo en la cabaña.

Moría de deseos por abrazarla con toda la fuerza que le quedaba, y de besarla con esa urgencia que nace cuando el tiempo comienza a cerrarse alrededor… antes de desaparecer totalmente en la noche.

Pero apenas empujó la puerta de la cabaña, el silencio lo golpeó con la violencia de un puño, y echó a correr hacia la habitación, sintiéndose arrastrado hacia algo que no quería encontrar… aunque se detuvo en el umbral.

Y durante un instante que no debería haber durado tanto… mantuvo los ojos cerrados, pues mientras permanecieran así, podía demorar el choque con la realidad.

Porque cuando los abrió…

Allí, en esa penumbra…

En esa penumbra… la manta de lana se encontraba doblada con cuidado sobre la cama vacía.

En esa penumbra… el vestido rosado con la mancha del escupitajo yacía tirado en el suelo.

En esa penumbra… Bledon miró desesperado en busca de cualquier señal capaz de negar lo evidente.

Pero solo la ausencia ocupaba cada rincón, con una precisión insoportable.

Cruel.

Y tuvo que apoyar una mano en el marco de la puerta, porque el cuerpo no sabía muy bien cómo sostenerse solo en ese momento.

Sin embargo, en el comedor, sobre la mesa de bordes redondeados, donde dirigió su mirada con un impulso desesperado ya imaginando lo que encontraría…

descansaba un pañuelo azulado plegado con una delicadeza que dolía mirar…

y cuando lo tomó sintió la presencia de una nota escondida en su interior…

y olía a ese perfume floral que ella siempre llevaba prendido en la ropa…

y tenía en una esquina una mancha pequeña de algo oscuro, de esas que nunca terminan de salir del todo, y de esas que Cilias dejaba en todo lo que tocaba…

y aunque el cazador comprendió de inmediato que esta carta no era para él…

no pudo evitar llevarla contra el pecho un instante…

porque la suya era esa otra sobre la mesa…

esa que tenía su nombre rodeado por pequeños corazones.

Se había ido.

Pero no esa noche, tal como acordaron en ese abrazo.

Sino ahora.

Y sin siquiera poder volver a tocarla…

Bledon se dejó caer lentamente sobre la silla, todavía sosteniendo el pañuelo azulado entre unos dedos que no lograban dejar de temblar, y permaneció así.

Inmóvil.

Respirando apenas.

Parpadeando apenas.

Dispuesto a esperar en esa quietud aplastante el regreso de Albius desde la cabaña del Maestro, para colocar entre las manos de su hijo… aquello que su madre no se atrevió a darle en persona.