Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) El nidal #2
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El nidal #2

Una vez sus ojos se acostumbraron a la penumbra espesa del ambiente, fue distinguiendo las jaulas y más jaulas que colgaban de las paredes y las vigas…

eran tantas que terminaban componiendo una suerte de ciudad flotante, y desde las más cercanas, unos cuervos de plumaje azulado lo seguían con ojos desconfiados, que no le perdían el mínimo movimiento…

más allá, unas palomas blancas destinadas a los trayectos largos, se acicalaban como si nada en el mundo pudiera perturbarlas…

y en las jaulas más altas, casi tragadas por la media luz del techo, los pequeños halcones utilizados para mensajes urgentes permanecían inmóviles sobre las perchas de sus jaulas, con esa quietud contenida de los que pueden lanzarse a matar en cualquier instante…

y en los rincones más oscuros… algunas lechuzas pardas dormitaban con los ojos apenas entrecerrados, mientras aguardaban la caída definitiva de la noche para desplegar las alas, y dentro de unas jaulas atravesadas por maderos cruzados, ciertas criaturas azabache colgaban boca abajo, recortadas contra la penumbra igual que figuras nacidas de un mal sueño…

y por supuesto, también estaban por allí las inevitables serpientes voladoras, encerradas en jaulas amplias y enroscadas sobre vigas de madera, llenas de aquella tensión nerviosa que siempre parecían contener, en cada mínimo movimiento de sus cuerpos…

casi como un resorte comprimido, esperando cualquier excusa para liberarse.

Todos los ojos lo miraban.

Todos y cada uno de los ojos abiertos.

Y Bledon sentía cada uno de ellos clavado en su cuerpo, gritándole con obstinación que no era bienvenido allí… pues al parecer su presencia alteraba un equilibrio precario, sostenido apenas por las propias reglas pestilentes del Nidal.

Porque los animales solo querían descansar en sus perchas, entregándose a sus placeres precisos de manjares de gusanos hinchados, de trozos de carne sangrienta, de frutas abiertas que rezumaban dulzor…

Y de pronto irrumpía él…

Un intruso más… de aquellos que siempre llegaban a quebrar ese reposo pacífico, para enviarlos con encargos que los arrancaban de sus rutinas, y los arrojaban a distancias inciertas… a veces muy lejos de ese refugio si bien áspero, pero que a su manera salvaje y nauseabunda… también era un hogar.

Caminó algunos pasos más hasta alcanzar el centro del Nidal, donde un pequeño escritorio con su superficie tan rayada y manchada, que parecía haber sobrevivido más discusiones que el propio pajarero, y con una vela apagada que había escurrido cera hasta el borde…

resistía a duras penas… cercado por decenas de barriles desbordados de granos y semillas, que al quedar abiertos, despedían un tufo fermentado que se sumaba sin piedad a la pestilencia dominante…

hasta penetrarle en la garganta y asentarse allí, con una firmeza que no solo le arrancó una tos seca al padre de Albius…

sino que durante unos parpadeos breves, tuvo que cubrirse la nariz con el dorso de la mano, buscando rescatar algo de aire limpio entre respiraciones cortadas y ojos irritados…

hasta que finalmente consiguió empujar la voz hacia afuera.

—Hola, Jaleno —dijo Bledon, y la tensión le endurecía cada sílaba—. Necesito enviar urgente una nota. Quiero lo más veloz y pequeño que tengas.

El pajarero era un Nender, y reconoció enseguida la voz del cazador, pero no interrumpió el barrido paciente del montículo apestoso de excrementos resecos, que se acumulaba junto al escritorio…

y su figura baja y encorvada continuó moviéndose con esa obstinación silenciosa, que no pretendía admitir interrupciones.

Estos malditos pájaros no callan nunca , pensó Bledon, y volvió a intentarlo… pero esta vez alzando la voz para imponerse al estruendo del Nidal:

—¡Jaleno! Necesito enviar urgente una nota. ¡Quiero…

—No grites. Así que, baja la voz, te he escuchado la primera vez —respondió el pajarero sin levantar la vista, y con una molestia que ni intentaba disimular.

—Lo siento —Bledon señaló las jaulas con un movimiento breve—. Pensé que no me habías oído por los…

—Llevo toda una vida aquí dentro, ¿sabes? —lo interrumpió Jaleno—. Así que, he aprendido a separar las voces de mis críos de las demás, Bledon.

—Sí, seguro que sí. Por supuesto —aclaró el esposo de Cilias, incómodo frente a aquel trato hosco, mientras Jaleno seguía removiendo la escoba sin dignarse todavía a mirarlo.

Luego el pajarero se detuvo.

Muy despacio.

Y apoyó ambas manos sobre el mango de la escoba antes de hablar otra vez, midiendo las palabras con una lentitud desagradable.

—Así que, puedo ofrecerte un colibrí de plumas largas para enviar el mensaje.

Es lo más rápido que tengo. No queda ninguna serpiente voladora —evitó deliberadamente mirar hacia las vigas donde estas criaturas seguían enroscadas—.

Así que, el colibrí. Tómalo o déjalo. Me pones en un aprieto, cazador.

Las últimas noticias no te ayudan demasiado.

Entonces se abrió un silencio entre ambos.

No un silencio verdadero, claro.

Porque las aves seguían llenando el Nidal con su estruendo interminable de graznidos, de insufribles chillidos y de aleteos incansables.

Y en medio de ese caos, Jaleno alzó la vista y le clavó los ojos a Bledon…

«así que»… no, perdón, se mantuvo callado por unos respiros…

es que resulta muy contagioso su latiguillo…

y durante aquel cruce de miradas, el pajarero pareció con intensidad sopesar algo más que el precio del envío…

parecía… sí… parecía que estaba midiendo hasta dónde le convenía empujar…

hasta qué punto podía aprovechar el miedo que flotaba alrededor del cazador y de su familia…

y tras tragar saliva… resolvió el trato con una sequedad calculada:

—Así que, lo haré —dijo, dejando caer la decisión como una piedra— Y te cobro un Trinál.

De la boca del pajarero no surgió otra cosa que puro descaro frío y sucia mentira…

porque solo bastaba recordar las vigas de aquellas jaulas amplias, donde las serpientes aladas enroscaban sus cuerpos, para saber que seguían allí…

y por supuesto que el cazador lo tenía presente…

y aun así, Jaleno no solo sin inmutarse negaba la existencia de aquellas criaturas, sino que además pretendía imponerle un precio que rozaba el insulto.

Bledon apretó la mandíbula.

Porque si bien el ultraje le quemó la lengua, comprendía que la situación seguía siendo frágil… y que la puerta todavía permanecía apenas entreabierta frente a él… con Jaleno pudiendo cerrársela de golpe en las narices, si decidía empujarlo un poco más.

Pero el número seguía ardiéndole dentro de la boca.

Y contenerse comenzó a costarle demasiado.

—¡Un Dacrino Trinál, es una locura! —estalló al fin—. ¡El precio siempre fue un Incríta y cinco Ferrónes!

Bledon parpadeó varias veces, y por un instante la misma rabia le enturbió la vista.

—Escucha bien —replicó Jaleno, apoyando ambas manos sobre la mesa, con los dedos abiertos iguales a las garras de sus propias rapaces—.

Agradece que te estoy atendiendo y que no te haya echado ya mismo.

Así que, o aceptas la oferta, ¡o te largas de aquí!

No quiero problemas, ni tener nada más con ustedes.

Hizo una pausa breve.

Una de esas pausas incómodas.

—Así que, considéralo un último favor personal. Por nuestra larga relación de cliente y proveedor.

—¿Esto es por haber ayudado al viejo Pauro? —preguntó el padre de Albius, clavando los ojos en el pajarero con una furia que ya no intentaba esconder—. ¿Es eso?

Jaleno apretó la escoba entre los dedos.

Y el mango crujió bajo la tensión de sus manos.

Luego giró la cabeza hacia la puerta.

No una vez…

Sino dos.

Asegurándose de que ninguna sombra se hubiera detenido del otro lado… antes de responder.

—¡Es un pueblo pequeño, maldición! ¡Todos hablan, todos escuchan tras las paredes!

¿Así que, qué quieres que haga? ¡Dime! —la voz se le quebró apenas, y tuvo que tragar saliva antes de continuar—.

Me prenderán fuego el Nidal si descubren que te sigo atendiendo —escupió hacia un rincón, pero no era desprecio lo que salía de su boca…

sino un miedo que le empañaba los ojos—.

Ya es un riesgo hacerlo esta vez. Así que, ¡dame la maldita nota y no me obligues a arrepentirme de ayudarte!

El pajarero no dejó resquicio alguno para que Bledon pudiera replicar, y el cazador…

comprendiendo que cualquier palabra adicional podía echarlo todo a perder…

terminó asintiendo apenas, con un movimiento rígido que le tensó la nuca, y luego llevó la mano al monedero de cuero que colgaba de su cinturón…

por fortuna, y pocas veces aquella palabra había caído con tanta literalidad dentro de su vida…

había cobrado las pieles de la jornada anterior, y el tintineo metálico del Trinál mezclado entre las demás monedas, le devolvió una sensación amarga de alivio, porque si bien tenía suficiente para cubrir la exigencia obscena…

desprenderse de un Trinál equivalía a perder muchos Halos de trabajo…

extendidos en amaneceres helados y de jornadas de dedos entumecidos, despellejando animales bajo la escarcha.

Pero la vida de Albius dependía de las veloces alas de ese colibrí…

Y frente a eso… incluso el peso entero de un reino parecía polvo.

—Toma el Trinál… —dijo Bledon al fin, dejando caer la moneda sobre la mesa, donde rebotó con un chasquido que tenía algo de vidrio y algo de hierro, y el sonido pareció quedarse suspendido entre ambos durante un instante incómodo, y luego extendió el pergamino…

cuidando de no arrugarlo—. Y aquí está la nota.

Debe llegar cuanto antes al Castillo Gris.

—Al Castillo Gris irá —respondió Jaleno, arrebatándole el pergamino con un gesto ansioso, como si cuanto antes apartara el mensaje de su vista… más redujera el riesgo que esto traía consigo—. Así que, terminemos esto y no regreses jamás.